Brasil, ante el cuarto asalto: Lula contra la herencia del odio.
Brasil ha votado y el resultado no admite complacencias. Con prácticamente el 100 % de las urnas escrutadas, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente ultraderechista, encabeza la primera vuelta con el 47,03 % de los votos, frente al 45,16 % de Lula. Ninguno supera el 50 %, así que el próximo 25 de octubre habrá balotaje. Tres semanas para decidir si el país más grande de América Latina sigue el camino de la justicia social o vuelve a manos de quienes siempre lo quisieron vender por piezas.
Un aviso que no se puede ignorar.
Las encuestas daban a Lula una ventaja de varios puntos y la realidad ha sido otra. Conviene decirlo con claridad: la derecha brasileña no es un fantasma del pasado; está viva, organizada y tiene dinero, medios y púlpitos. El voto del sur y del centro-oeste, el de los grandes hacendados, el agronegocio y buena parte de las iglesias evangélicas ha llegado a las urnas con una disciplina que la izquierda no puede permitirse subestimar.
Y los nombres que nos deja la noche electoral lo dicen todo. Tarcísio de Freitas, aliado de Bolsonaro, arrasa en São Paulo. Y Sergio Moro, el juez que encarceló a Lula en un proceso que terminó anulado, es elegido gobernador de Paraná. El mismo que sirvió de ariete judicial contra el PT recibe ahora su premio. Quien quiera entender cómo funciona la guerra jurídica y mediática contra los gobiernos populares de América Latina no necesita más manuales.
Los de siempre, con los mismos métodos.
Ya lo vivimos en 2016, cuando Dilma Rousseff, reelegida con 54 millones de votos, fue apartada por un Congreso dominado por banqueros, hacendados y pastores, muchos de ellos con causas pendientes por corrupción. Lo que muchos vivimos entonces como un golpe vestido de legalidad abrió la puerta a Temer, que prometió privatizarlo todo y se puso manos a la obra con los recortes y las entregas.
Esa derecha no ha cambiado. Ha cambiado de cara y de apellido. Jair Bolsonaro fue condenado por intentar un golpe de Estado, con un plan para subvertir el orden institucional, y aun así su familia sigue ocupando el centro del tablero. Mientras tanto, Washington no ha disimulado su preferencia: los aranceles de Trump contra Brasil y su presión pública en defensa de Jair mostraron quién quiere un Brasil de rodillas y quién se beneficia de ello.
Lo que está en juego.
Hablemos de lo que importa, que es la vida de la gente. Con los gobiernos de Lula y Dilma, millones de brasileños salieron de la miseria con programas como Hambre Cero y Bolsa Familia. Llegaron las universidades federales y las becas para estudiantes pobres y negros que jamás habían pisado un aula universitaria, con programas como Prouni. Llegaron las viviendas de Mi Casa Mi Vida y la Farmacia Popular, con medicamentos gratuitos para quien no podía pagarlos. Llegó una política exterior propia, con Mercosur, Unasur y Celac, con los BRICS y un mundo multipolar, con una voz firme de Brasil contra el genocidio en Gaza en lugar de la sumisión al imperio.
Cada una de esas conquistas está en el punto de mira. Quien llegue al poder con el apoyo del mercado y de Washington sabe lo que le toca hacer: recortar, privatizar, entregar el petróleo y los recursos y volver a someter al país a los dictados del capital extranjero. No hace falta adivinarlo: está escrito en su programa y en sus amigos.
Soberanía o patio trasero.
En la segunda vuelta de las elecciones de Brasil se juega mucho más que la victoria de la ultraderecha de Bolsonaro o de la socialdemocracia de Lula: se juega la soberanía de Brasil y que la primera potencia de América del Sur pase a formar parte del patio trasero de EE. UU. Sería la claudicación absoluta ante el trumpismo y el imperialismo yanqui, para volver a convertir a Brasil, como al resto de América, en repúblicas bananeras al servicio y a las órdenes de Estados Unidos.
Brasil se juega ser la Argentina de Milei o un referente en América que puede llegar a ser una potencia mundial, algo que Estados Unidos, con su injerencia, trata de evitar a toda costa.
Sin idealizar, pero sin dudar.
No voy a decir que los gobiernos del PT lo hicieron todo bien. Hubo errores, hubo corrupción y promesas históricas como la reforma agraria quedaron a medias. La izquierda que no se critica a sí misma deja de ser útil. Pero tampoco voy a participar en el juego de poner en el mismo plano a quien alimentó a los hambrientos y a quien los quiere devolver a la cola de la miseria. Esa falsa equidistancia es la coartada favorita de los que ya han elegido bando.
Lo he dicho muchas veces: lo que pasa en Brasil me toca de cerca. Conocí allí el hambre y la desigualdad, y también la dignidad de las madres solteras que consiguieron una casa y una escuela para sus hijos gracias a esas políticas. Ese Brasil trabajador, negro, mestizo, del Nordeste y de las favelas es el que decide el 25 de octubre. Y es el que más tiene que perder.
Tres semanas para organizarse.
No hay tiempo para lamentos. Hay que movilizar el voto de los que se quedaron en casa, tender puentes con quienes votaron a terceros candidatos y desmontar la mentira que repiten a todas horas los medios de las familias que controlan la comunicación. La clase trabajadora brasileña ha demostrado que sabe resistir. Ahora toca ganar.
Y desde Galicia, desde la solidaridad internacionalista, lo tenemos claro: la derrota de Lula no sería solo la derrota del PT; sería un golpe a todos los pueblos que luchan por su soberanía. Un Brasil en manos de la ultraderecha es un Brasil alineado con Trump, con Israel y con los fondos buitre.
Que nadie se engañe: en Brasil se decide mucho más que una presidencia.
¡Até a vitória, sempre!
André Abeledo Fernández

