El judaísmo no es sionismo, ni criticar a Israel es odiar a nadie

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El judaísmo no es sionismo, ni criticar a Israel es odiar a nadie.

 Una confusión interesada.

Confundir el judaísmo con el sionismo, y la crítica al Gobierno de Israel con el antisemitismo, no es un error: es una maniobra. Sirve para blindar a un Estado frente a cualquier denuncia y para dejar sin palabras a quien se atreve a señalar un crimen. Ser antisionista no es ser antisemita. Más aún: quien de verdad combate el antisemitismo, una lacra real y criminal, debería ser el primero en denunciar que se utilice como escudo para tapar una ocupación, un apartheid y un genocidio.

El judaísmo es una religión y una cultura milenaria. El sionismo es una ideología política nacida a finales del siglo XIX, con corrientes muy distintas entre sí: laborista, liberal, religiosa y revisionista. Lo que hoy gobierna Israel es el sionismo de extrema derecha, aliado con los colonos, el aparato militar y los partidos ultranacionalistas. Eso tiene nombre y apellidos, y se puede criticar sin odiar a nadie.

Judíos contra el Gobierno de Israel.

Millones de judíos en el mundo, también dentro de Israel, rechazan las políticas de su Gobierno, y no por eso son todos antisionistas. Hay, además, judíos ortodoxos, fieles a sus creencias, como los de Neturei Karta o una parte del movimiento jasídico de Satmar, que sostienen que un Estado de Israel creado antes de la llegada del Mesías contradice su religión. Para ellos, ser judío y ser sionista no es lo mismo, y conviene recordarlo cada vez que alguien quiera hacernos creer lo contrario.

Ni siquiera el apoyo político al nuevo Estado fue unánime ni permanente. La Unión Soviética votó a favor de la partición de Palestina en 1947 y fue el primer país en reconocer de iure a Israel, en 1948. Posteriormente, se fue distanciando hasta romper relaciones diplomáticas en 1967.

Einstein: una advertencia.

Albert Einstein apoyó el proyecto cultural judío y la creación de la Universidad Hebrea, pero siempre desconfió del nacionalismo. Defendía la convivencia con los árabes y soñaba con un Estado sin fronteras exclusivas ni ejército propio. Ya en 1929 advertía de que, si no se lograba una cooperación honesta con los árabes, no se habría aprendido nada de dos mil años de sufrimiento.

En diciembre de 1948 firmó, junto a Hannah Arendt y otros intelectuales judíos, una carta publicada en el New York Times. En ella denunciaban que el partido Herut, de Menachem Begin, se parecía, por su organización, sus métodos y su filosofía, a los partidos nazi y fascistas. También recordaban la matanza de Deir Yassin, en la que la carta cifraba en 240 las víctimas civiles, aunque las estimaciones históricas actuales rondan el centenar. De aquel Herut nació el Likud, el partido de Netanyahu.

Meses antes, el 10 de abril de 1948, un día después de aquella matanza, Einstein había respondido a Shepard Rifkin, representante en Nueva York de un grupo de apoyo a la milicia Lehi, que le había solicitado su respaldo:

«Cuando una catástrofe real y final se abata sobre nosotros en Palestina, los primeros responsables serán los británicos y los segundos, las organizaciones terroristas surgidas de nuestras propias filas. No estoy dispuesto a ver a nadie asociado con esa gente engañada y criminal».

Einstein murió en 1955 y no llegó a ver lo que vino después. Pero, teniendo en cuenta sus posiciones, sus advertencias contra el militarismo y el ultranacionalismo, y su defensa de los derechos de los palestinos, difícilmente habría apoyado hoy un Estado militarizado y colonial que niega esos derechos y masacra a un pueblo. Todo apunta a que lo habría rechazado.

Lo que dicen las organizaciones de derechos humanos.

No lo decimos solo nosotros. Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la organización israelí B’Tselem han documentado un sistema de apartheid contra la población palestina. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU concluyó, en septiembre de 2025, que Israel ha cometido genocidio en Gaza. Amnistía Internacional sostiene, además, que el genocidio continuó durante 2025, pese a los altos el fuego. Israel rechaza estas conclusiones, pero la pregunta que importa es otra: ¿qué hacemos quienes lo sabemos?

Nadie en nuestro nombre.

Defender al pueblo palestino no es atacar al pueblo judío. Es defender a todos los pueblos frente al abuso, la ocupación y la limpieza étnica, vengan de donde vengan. También significa plantarse ante la ultraderecha de aquí, que presume de combatir el antisemitismo mientras se alía con quienes arrasan Gaza.

Camaradas, la solidaridad no tiene fronteras: ni de religión, ni de bandera, ni de lengua.

 

¡Até á vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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