Galiza no es tierra de fascistas

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Galiza no es tierra de fascistas

«Es necesario darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella…»

— Julio Cortázar, Corrección de pruebas, 1973

La juventud gallega nos da una lección

Vox no tiene en Galicia ni un solo concejal. Ni uno. Aun así, el primer acto preelectoral de Santiago Abascal en nuestra tierra, en la plaza de María Pita de A Coruña, se encontró con lo que merecía: una multitud. Mientras el líder ultra hablaba desde un atril, en una esquina de la plaza y rodeado de un grupito de seguidores, al otro lado, tras una barrera formada por una docena de furgones policiales y agentes antidisturbios, se concentraban unas 5.000 personas, según las cifras del propio Ayuntamiento. Las convocaban Galiza Nova, el Sindicato da Vivenda y la Coordenadora da Mocidade Socialista. Gritaban «No pasarán», «Galicia será la tumba del fascismo» y «Ninguna persona es ilegal». Y siguieron gritándolo cuando Abascal ya se había ido.

La ignorancia fascista necesita un odio irracional para sembrar sus mentiras y cosechar sus frutos podridos. En Galiza, ninguna de esas semillas ha germinado. La juventud gallega es un orgullo y un ejemplo de lucha antifascista.

Las cargas llegaron cuando el fascista ya no estaba

Y entonces llegó la policía. Las cargas empezaron cuando Abascal y sus seguidores ya habían abandonado la plaza: pelotas de goma, gases lacrimógenos y porrazos. Galiza Nova denuncia una «represión desmedida» y habla de «múltiples personas gravemente heridas», de agresiones a militantes que no mostraban ningún comportamiento violento y de un afiliado detenido. Las personas asistentes y las organizaciones convocantes hablan de una actuación desproporcionada e indiscriminada. Hubo quien respondió a los golpes con lo que tenía a mano: piedras, sillas y botellas. Se defendían.

Esa misma tarde, unas 2.000 personas se concentraron ante la Subdelegación del Gobierno para rechazar la represión del derecho de protesta. En la concentración participaron dirigentes del BNG y de la CIG, el sindicato mayoritario de Galiza, al que me honro en pertenecer. Allí estuvimos y allí tenemos que seguir estando: del lado de quienes salen a la calle contra el fascismo, y no del lado de quienes los reciben a porrazos.

Un país que no ha roto con el franquismo

Se habla mucho de la llegada del fascismo al poder en Europa, y con razón. Pero en el Estado español no hablamos de una amenaza: hablamos de una realidad. El fascismo nunca se fue. Sigue vivo dentro de las estructuras del poder.

Por eso existe una «Fundación Francisco Franco» que exalta al dictador genocida y gestiona la apertura al público del Pazo de Meirás, el mismo pazo que los fascistas obligaron al pueblo a «regalarle». Por eso hay jueces que paralizan la retirada de las placas que dan a nuestras calles los nombres de genocidas. Por eso se ofician misas en memoria del golpista. Por eso los restos de los fascistas siguen en el Valle de los Caídos, tumba colectiva también de sus víctimas, mientras se toleran homenajes a los verdugos, para escarnio de los republicanos obligados a levantar aquel mausoleo y de las familias que aún buscan a los suyos. Por eso miles de personas asesinadas siguen en fosas comunes. Y por eso la Real Academia de la Historia llama «régimen autoritario» a la dictadura de Franco y presenta a Negrín, jefe de un Gobierno legítimo, como un dictador: el relato de los vencedores, repetido con sello académico.

Golpe de Estado, no guerra civil

Y por eso seguimos diciendo «Guerra Civil». Fue un golpe de Estado militar, con la ayuda de la Alemania nazi y de la Italia fascista, contra un Gobierno democrático. A ese golpe siguieron una guerra y una posguerra de exterminio contra la izquierda y contra cuantos pensaban de manera diferente. Lo lideraron militares que traicionaron su juramento de lealtad a la República.

Quién es fascista y quién no

Conviene no confundirse. Quien piensa de manera diferente y defiende su postura con argumentos, los compartamos o no, no es fascista. El fascismo no usa argumentos porque no los tiene: sus argumentos son la mentira, la fuerza y la violencia. Por eso con el fascismo no se discute. Al fascismo se le combate en la calle, en las urnas y en los centros de trabajo.

Comunismo y fascismo: dos mundos irreconciliables

Comunismo y fascismo son antagónicos. Fue el comunismo, fue la URSS, quien venció al fascismo y salvó al mundo en la Segunda Guerra Mundial.

El comunismo consiste en recuperar los medios de producción, la energía y los sectores estratégicos para ponerlos en manos de la clase trabajadora y al servicio de esta, y evitar así la explotación y la acumulación de riqueza por parte de una oligarquía minoritaria. Un comunista piensa que cualquier persona, por el mero hecho de haber nacido, tiene derecho a una vida digna y a tener cubiertas sus necesidades básicas; que la economía debe estar al servicio del ser humano y no al revés; que trabajamos para vivir y no vivimos para trabajar. Para un comunista, la patria es la clase obrera, y la solidaridad, la igualdad, la fraternidad y la justicia social son los cimientos del futuro socialista.

El genocida más respetado de la historia

El capitalismo mata de hambre, asesina en guerras de expolio, tortura y masacra a pueblos enteros y a los pobres del mundo, y esclaviza a millones de hombres, mujeres y niños. Y, curiosamente, sigue siendo el genocida más respetado de la historia. En el capitalismo, la vida no vale nada.

Cortázar lo dijo con una claridad que duele: hay que comprender quién pone en práctica la violencia, si quienes provocan la miseria o quienes luchan contra ella. Hoy la ultraderecha nos ofrece una mezcla venenosa de liberalismo económico y fascismo que pretende devolver a la clase trabajadora a las condiciones de vida y a la falta de derechos del siglo XIX, mientras una élite minoritaria sigue acumulando riqueza.

Frente a eso, memoria, organización y lucha.

 

¡Hasta la victoria siempre!

 

André Abeledo Fernández

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