La distorsión de la historia denota los delirios de grandeza de nuestros chovinistas

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«Gustavo Bueno, en su alto grado de patetismo, llegó a declarar, por orgullo chovinista, que el Imperio Carolingio (768-843) fue simplemente, y en palabras suyas, una «fantasmada»:
«España es el primer imperio que se constituyó después de Roma. (…) El imperio de Carlomagno fue una fantasmada. (…) Como lo fue el Imperio Sacro Germánico. (…) No rebasaron ni Francia, ni Inglaterra, ni nada». (Gustavo Bueno; España, 14 de abril de 1998)

Estamos hablando de uno de los imperios más grandes de su época –justamente en un momento de extremo fraccionalismo territorial en Europa–, con un sistema fiscal notable para su época y una eficiente red de funcionarios reales. La conquista militar, incorporación al imperio y la progresiva transformación religiosa de los sajones y de otros pueblos es una muestra palpable de su ambicioso proyecto político. Su recuperación del derecho romano y todo su bagaje cultural bajo el llamado «renacimiento carolingio» son otra muestra más de su notable capacidad de desarrollo cultural. Si dicho imperio no tuvo trascendencia ni poder, ¿cómo explica la conquista de las tropas carolingias de ciudades como Barcelona o Gerona frente a las tropas musulmanas y la creación de sendos condados en lo que sería luego conocido como la «Marca Hispánica»? ¿Olvida acaso los lazos de dependencia ya existentes entre el Reino de Pamplona con los carolingios, aunque estos lazos se forjaran con la anterior dinastía, la de los merovingios? ¿Cómo explica la misma sumisión del condado de Aragón, sino como muestra ineludible de la dependencia prolongada de estas zonas hacia los francos? Fue él solo el que se retrató con su ínfimo conocimiento de la historia.

Uno de sus sucesores, el Sacro Imperio Romano Germánico (962-1806), también es calificado de mera «fantasmada» sin relevancia. Aunque acabase derrotado, lo cierto es que fue durante mucho tiempo una formación política clave en la pugna imperio-iglesia en Occidente, albergó un fuerte control en las florecientes ciudades del Norte de Italia y parte Oriental de Francia, así como más allá del río Elba; de hecho, este imperio fue el impulsor, junto a la Orden Teutónica, de las mayores expediciones colonizadoras y evangelizadoras hacia los territorios eslavos y bálticos del Este –iniciadas por Carlomagno–. Este imperio sería la cuna de grandes y prósperas ciudades, como Lübeck o, poco después, Hamburgo. ¿Qué rigor como historiador podemos atribuirle a este hombre tras estos comentarios que rezuman total ignorancia? ¿Acaso la extensión territorial define si es un imperio en la antigüedad? ¿Acaso su duración? ¿Acaso que tuviese una estructura más descentralizada? Cualquier historiador contestaría que no son preguntas serias, pero aquí de lo que se trata, siguiendo la estrategia de Bueno, es simplemente de desprestigiar y hacer de menos el protagonismo hegemónico, que quiérase o no, tuvieron también otros pueblos en determinadas etapas y zonas de Europa.

En otra conferencia se desdice de sus conceptos utilizados. Buscando los orígenes de la «nación española» se retrotrae a Roma y, después, al Reino Visigodo. Allí defiende que el Reino de Asturias (718-924), un reino mucho más efímero y mucho más pequeño, sí debe de ser tenido en cuenta en la historia:

«Una identidad que se creó, precisamente a partir de los reyes asturianos, esta identidad se mantuvo mucho más, y por encima de esa fractura de la unidad, en eso que llamamos reconquista. (…) Nada de minúsculo, ya quisieran muchos Estados actuales europeos tener la magnitud que alcanzó el reino de Alfonso II o III. (…) En absoluto era pequeño, era un reino imperialista desde el principio». (Gustavo Bueno; España como nación, 2015)

Primero. Durante 710-1492 las alianzas de los musulmanes con los cristianos, y viceversa, para derrocar a una dinastía o facción rebelde no serían tampoco una extrañeza, sino un fenómeno extendido y que debe ser tomado en consideración. Veamos algunos ejemplos. El apoyo del Rey musulmán Zafadola en favor de Alfonso VII contra el rey musulmán Texufín–. Los servicios del Cid Campeador al Rey de Zaragoza o el musulmán al-Muqtadir son también un hecho indicativo de las relaciones pragmáticas de este tipo. La alianza entre los vascos y los musulmanes –la familia Banu Qasi– para derrotar a los ejércitos de Carlomagno en la segunda Batalla de Roncesvalles. Las luchas entre el Rey Lobo de la Taifa de Murcia frente al imperio almohade –con apoyo de Alfonso VII hacia el primero–. Las constantes guerras entre Castilla y Aragón en los siglos medievales. De hecho, ¿cómo es posible que el fin tan tardío de la presencia del poder musulmán se diese con la conquista del Reino de Granada en 1492, frente a unos reinos cristianos claramente superiores económica y militarmente? La respuesta está en que la tendencia de los reinos cristianos a partir del siglo XIII no fue acabar de expulsar a los reinos musulmanes, sino cobrarles tributos mientras se trataba de hacer la guerra y debilitar a los reinos cristianos competidores. Todo ello da a entender sobradamente que hay que huir de reducir los conflictos político-militares a cuestiones de «cristianos contra musulmanes», fruto de conceptos identitarios que no existían en aquella época.

Estas alianzas solo le pueden parecer extrañas a quienes desconozcan la historia. –véase las peticiones de los príncipes protestantes al imperio otomano para derrotar a los reinos católicos o la alianza católico-protestante para aniquilar a los anabaptistas, otra rama del protestantismo–. Incluso si el lector quiere más ejemplos, podemos remontarnos más atrás en la historia: la rivalidad y guerras de las ciudades sumerias del 2.500 a.C. no son producto de «la lucha eterna entre los dioses tutelares de cada ciudad» como ellos creían, sino que, como reconocen los historiadores materialistas de hoy, fueron conflictos motivados por cuestiones socio-económicas muy sencillas de explicar.