Juan Manuel Olarieta.— Lenin escribió su obra “El imperialismo fase superior del capitalismo” para ser difundida legalmente dentro del Imperio zarista. Para ello tuvo que mutilar los aspectos políticos de la fase superior del capitalismo, centrándose en los económicos que, como bien dijo, son la parte crucial del problema.
Ahora bien, como es obvio, los aspectos políticos se derivan de los económicos. A diferencia de la etapa anterior, los monopolios se caracterizan por su capacidad para dominar un mercado en lugar de ser dominados por él.
Lo mismo ocurre con el capital financiero, en que unos piden dinero y otros prestan. Los primeros acaban sometidos a los segundos, a tal punto de que, hasta tiempos recientes, quien no pagaba sus deudas acababa en la esclavitud o en la cárcel.
El reparto del mundo es como un banquete en el que unos son comensales y los otros, comida. Estos últimos tienen poco que decir ni siquiera sobre su propio destino. Los países del mundo se reparten entre ellos los beneficios lo mismo que hacen los dueños de una sociedad anónima.
Si en una sociedad las personas no son iguales entre sí, lo mismo ocurre con los diferentes países del mundo. Los fuertes se imponen a los débiles y la vinculación de unos con otros es la hegemonía, que divide al mundo en países dominantes y dominados. Por ejemplo, unos sancionan y los otros son sancionados. Es algo que no tiene relación con la dicotomía entre el “norte” y el “sur”. En una evidente exhibición de fuerza, recientemente Estados Unidos ha llegado a sancionar a Thierry Bretón, un antiguo comisario de la Unión Europea, demostrando que las presiones del imperialismo no se dirigen sólo contra los países del “sur”.
La hegemonía no deriva de la diferencia entre un modo de producción y otro. Del mismo modo que una pequeña empresa es tan capitalista como un monopolio, del así mismo un país oprimido es tan capitalista como un país opresor.
Lo que convierte a los países en hegemónicos es la fuerza militar, que está amparada por la fuerza económica. Así, desde 1945, el dólar ha financiado la instalación de bases militares de Estados Unidos por todo el mundo, no sólo en los países del “sur”. A su vez el dólar es una de las expresiones del capital financiero contemporáneo.
Pero tan importantes como la fuerza militar son las amenazas y las presiones, la mayor parte de las veces son subterráneas, lo cual es una gran ventaja para los imperialistas porque les permite camuflar su verdadera naturaleza política. Lo propuso el presidente Theodore Roosevelt a comienzos del siglo pasado: “Habla suavemente, lleva un gran garrote y llegarás lejos”.
Los países no se dejan someter
Al igual que las clases sociales subalternas en cualquier país, los países también quieren escapar del destino que las grandes potencias imperialistas les tienen reservado. Unos lo hicieron por la vía revolucionaria, como Rusia o China, y fueron los primeros; otros buscaron vías diferentes.
Es el caso de India; en la posguerra ni siquiera era un país independiente y en la actualidad tiene un protagonismo creciente en los asuntos internacionales. En 1955 fue uno de los impulsores del movimiento de países no alineados y hoy sigue hablando con voz propia.
El concepto mismo de hegemonía, que es consustancial al imperialismo, muestra el absurdo de quienes equiparan a unos países con otros por el mero hecho de ser capitalistas, y hablan de que se ha entablado un “pulso” entre Rusia y China y las grandes potencias imperialistas. No hay tal “pulso” ni ningún “reparto del mundo” ni “esferas de influencia”.
Rusia y China no están en el mismo plano que las grandes potencias imperialistas. Ni uno ni otro son países imperialistas. No se reparten el mundo con ninguna potencia imperialista, más bien al contrario, son ellos el objeto de dicho reparto. No están a la ofensiva ni aspiran a sustituir a Estados Unidos o a Reino Unido o a Francia. Es más, junto con otros países están haciendo frente al imperialismo porque históricamente han sido son dos de sus víctimas propiciatorias, una circunstancia que no ha cambiado en absoluto desde 1917 y 1949 respectivamente.
En varias ocasiones Gorbachov y Yeltsin trataron de que Rusia fuera aceptada en los clubes más selectos de las grandes potencias y fueron rechazados: en 1990 la OTAN negó el ingreso de la URSS y lo mismo sucedió luego con Rusia.
En los escenarios internacionales unos países se agrupan para ejercer su dominación, y otros hacen lo propio, intentando resistir a las presiones. Los unos forman bloques como la OTAN, los otros crearon el movimiento de países no alineados, o en la actualidad los BRICS.

La expansión militar
Ni Rusia ni China tienen bases militares repartidas por cada uno de los rincones del orbe, como hace Estados Unidos. Ambos países han creado grandes ejércitos porque si no lo hubieran hecho, hace ya tiempo que habrían desaparecido; y han demostrado que son invulnerables, pero ni siquiera tienen capacidad para controlar los estrechos marítimos más próximos, como el del Bósforo o el de Taiwán.
Rusia no se ha expandido, todo lo contrario: hoy hay 17 países donde antes sólo había uno. La OTAN, por el contrario, se ha infiltrado en los antiguos países del Pacto de Varsovia y de los que se independizaron de la URSS, hasta el punto de instalarse en las mismas fronteras que, por la propia configuración histórica del país, siempre fueron un punto débil tanto para la URSS como para Rusia.
Cualquier plano militar de la guerra civil rusa de los años veinte muestra a los ejércitos imperialistas avanzando desde la periferia hacia un centro asediado. El imperialismo trató de acabar con la URSS y luego con Rusia “desde fuera hacia dentro”.
En 1940 la “guerra de invierno” contra Finlandia fue consecuencia de un problema fronterizo. La victoria soviética permitió que, poco después, Leningrado resistiera el cerco nazi durante 900 días. El tratado de posguerra firmado con Finlandia volvió a mover de nuevo la frontera aun más hacia el oeste.
Se pueden poner tantos ejemplos como sea necesario de que, en contra de lo que ha dicho Kaja Kallas, tanto la URSS como Rusia han sido colocados siempre contras las cuerdas, tanto en el Cáucaso como en Asia central o en Ucrania ahora mismo. Por lo demás, la situación se remonta como mínimo a 1979, cuando el ejército soviético intervino en Afganistán.
Una potencia hegemónica, como Estados Unidos, va siempre por delante. No sólo marca la pauta, sino que es capaz de hacerlo en distintas regiones del mundo. En los cinco continentes sus acólitos se prestan a ello, colaboran y asumen funciones subalternas.
El dinero tiene pasaporte
La exportación de capital, decía Lenin, es uno de los rasgos característicos de los países imperialistas. No obstante, en los últimos años ciertos economistas han transmitido la ilusión infantil de un capital financiero, que se podría mover de un país a otro a un golpe de ordenador. El dinero sí tiene pasaporte.
Los flujos internacionales de capital están tan controlados por los imperialistas como las aduanas o los estrechos marítimos. Recientemente las sanciones económicas han puesto de manifiesto que Swift no era un canal neutral ni técnico por el que cualquiera podía desplazar el capital libremente. Es un mecanismo estrechamente controlado por Estados Unidos. Nada menos que 7 bancos rusos fueron expulsados de Swift en 2022, además de otros que “sólo” fueron sancionados.
Ni Rusia ni China tienen un mercado a la altura de la bolsa de Wall Street, que mueve grandes masas de capitales a precios sin competencia y en dólares. Para comprar un par de lubinas es posible acudir a la pescadería de la esquina, que las venderá a 9 euros el kilo. Para comprar cien hay que ir a un mayorista, que las vende a 9 céntimos. Pues bien, Wall Street es el mayorista del dinero y está sometido a las leyes y tribunales de Estados Unidos.
Lo mismo se puede decir del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Desde 2014 este último ha roto vínculos con Rusia y no aprueba nuevos préstamos ni inversiones en Rusia. Tras el inicio de la Guerra de Ucrania, detuvo todos sus programas en Rusia y Bielorrusia con efecto inmediato.
Rusia y China son, sobre todo, grandes potencias industriales que incluso han sido capaces de superar en numerosos terrenos a los países capitalistas más desarrollados. Al tratarse de un país esencialmente exportador, a diferencia de Rusia, China trata de zafarse del dominio del capital financiero occidental empezando por el dólar. Es proceso que aún tardará años.
En China operan grandes bancos, la mayor parte de los cuales son públicos. Desde 2015 se permite la entrada de bancos privados, pero su cuota de mercado es insignificante. Por lo demás, no hay más que recorrer cualquier calle para comprobar que la presencia de bancos chinos en cualquier país occidental también es insignificante, muy inferior desde luego a la de los bancos occidentales en China.
El país asiático exporta grandes masas de capital en términos cuantitativos, que es donde aparece su naturaleza pública. No son fondos buitre. Los bancos chinos están
Ligados a algún tipo de actividad productiva, industrial, comercial o de infraestructura. No compran para especular con acciones ni financian déficits ni imponen una determinada política económica al país de acogida.

El imperialismo es intrusivo
Para ejercer su dominación las potencias imperialistas no siempre necesitan intervenir de manera directa y abierta en terceros países. En el interior de éstos disponen de tentáculos que hacen la tarea de mantener la sumisión como si fuera cosa propia. Desde 1945 en Europa, y especialmente en Alemania, el imperialismo creó redes de influencia política y mediática que siguen operativas desde entonces.
En la posguerra la penetración de la ideología y la cultura estadounidenses en el mundo ha sido abrumadora. Las estrellas de Hollywood se han exportado aún más intensamente que las mercancías, el dólar o las armas. Lo mismo ocurre con la música, otro ejemplo de que el dominio de Estados Unidos no tiene paragón con ningún otro país del mundo. Ni siquiera ha existido un precedente similar a lo largo de la historia.
Para que no quepan dudas de ninguna clase, Estados Unidos corona así su hegemonía, ha sido capaz de generar una industria del entretenimiento que, también por primera vez, desborda a las élites intelectuales y alcanza a grandes masas de consumidores. La subcultura de origen estadounidense no es local, ni nacional; se ha impuesto en todo el mundo.
En fin, la información también es de origen estadounidense; los medios de comunicación de otros países no hacen más que reproducirla, amplificarla y comentarla. Con el tiempo, gracias a las campañas publicitarias y de imagen, los medios y las redes sociales asumen funciones decisivas en las elecciones fabricando candidatos, hombres de paja e incluso partidos políticos de nuevo cuño, como fue el caso de Macron en Francia.
Lo mismo cabe decir de las ONG, uno de los últimos brazos de injerencia del imperialismo en terceros países que sirven de cobertura para la presión y la desestabilización. Para cerrar el paso a esta injerencia, cada vez más países del mundo han cerrado el grifo a la financiación extranjera de las ONG.
Hay ONGs especializadas en fabricar elecciones y otras en criticarlas, como en julio de 2024 en Venezuela. Son las potencias imperialistas las que validan las elecciones que se convocan en el mundo, para lo cual disponen de organismos aparentemente “independientes”, como universidades, centros de investigación, organismos internacionales y también ONG.
En un mundo donde los países necesitan celebrar elecciones periódicamente para lograr un aval de legitimidad, los imperialistas catalogan como “limpias” a las que convocan sus asociados, mientras denuncian las demás como pucherazos.

