Rubén Darío, el derecho a la permanencia

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A 110 años de la muerte del poeta nicaragüense, su obra sigue emocionando a las actuales generaciones

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Madeleine Sautié (Granma).— Acaban de cumplirse, este 6 de febrero, 110 años de la muerte de Félix Rubén García Sarmiento, más conocido como Rubén Darío, ícono de la poesía continental; y tal como ocurriera al conmemorarse el centenario de su deceso –ocasión en que fue designado Héroe Nacional de Nicaragua–, se le ha recordado en diversos espacios de la geografía de la región, para avivar en las actuales generaciones la huella de esta figura esencial del modernimo hispano.

El Departamento de Matagalpa (Nicaragua) desarrolló, desde enero (el poeta nació el 18 de ese mes, hace 159 años) y hasta este 6 de febrero, la jornada Dariana, que contempló festivales, lecturas poéticas, exposiciones de artes plásticas, actividades deportivas, académicas y artísticas, extendidas hacia comunidades y centros educacionales.

De justos es defender el legado de aquellos que enriquecen, con su obra, la trayectoria cultural de la humanidad. Más que un acto de justicia, es una responsabilidad ineludible, para que a las nuevas generaciones no les sean desconocidas las proezas espirituales de sus antepasados. Honran la herencia humana los grandes héroes que batallan por la vida feliz de los pueblos; los sabios que ponen su talento al servicio de la salud y la paz; y la honran los poetas, hacedores de versos pletóricos de fuerza expresiva, capaces de incidir en la conciencia, e inspirar los mejores sentimientos.

Rubén Darío se ganó con creces el derecho a la permanencia. Seducido desde pequeño por la sonoridad de la palabra y las emociones bellas, es sabido que con tres años sabía leer, podía dibujar y mostraba su prodigioso oído musical, que le valdría, en lo futuro, para sus innovaciones líricas. Con Víctor Hugo como brújula, se formó, además, bajo la influencia de los románticos españoles e hispanoamericanos.

Grande fue el ingenio de quien ha merecido el sobrenombre de Príncipe de las Letras Castellanas. La lírica no fue la misma después de que Darío la escribiera, derribando estatismos, agitando en el verso inéditos ritmos, otorgándole al vocablo distinción y desenvoltura.

Mucho escribió Darío. Mucho, y en una buena cantidad de parajes de la región y del mundo, hacia donde lo condujo su vida inquieta, de bohemio en busca de saciedades. Escribió sin parar, por placer y para ganarse la vida. Hizo prolífero periodismo, fue notable prosista, y mayúsculo poeta. Suelen citarse como sus obras principales sus poemarios Azul, Prosas profanas y otros poemas y Cantos de vida y esperanza, y Los raros, un compendio de ensayos en los que desplegó su admiración por figuras descollantes de las artes, y entre los que cuenta uno dedicado a José Martí.

Al Apóstol lo conoció personalmente. Hospedado en el hotel América de Nueva York, Darío fue visitado por Gonzalo de Quesada, quien le comunicó que Martí lo esperaría en Harmand Hall, donde se habría de dirigir, en la noche, a un grupo de cubanos. Darío fue testigo ese día de la oratoria martiana. «Cuando concluyó, los aplausos eran una tempestad», dijo.

En Los raros, escribió de Martí, refiriéndose a su verbo y su espiritualidad que «vaciaba su riqueza a cada instante y como por la magia del cuento, siempre quedaba rico». Lo describió como «el hombre de corazón suave e inmenso; (…) que aborreció el mal y el dolor; aquel amable león de pecho columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar, fue siempre seda y miel hasta con sus enemigos».

Mucho podría decirse de Rubén Darío para resaltar su grandeza. Vienen a la memoria sus sonetos Walt Whitman y Caupolicán, con sus atrevidas métricas; o su evocación A Roosevelt… Y llegan, con cálida presencia, aquellos versos que quien los leyó, al menos una vez, jamás dejará de sentir en la piel, ante el paso del tiempo: Juventud, divino tesoro / ¡ya te vas para no volver! (…). O aquellos otros que interrogan, ante el rostro perturbado: La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Son estos los modos en que se eternizan los poetas: lanzan al papel su alma y nosotros los preservamos para siempre.

Fuente: granma.cu

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