La Bolsa en máximos históricos: una paradoja capitalista

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Kike Parra (Unidad y Lucha).— Comprender los mercados bursátiles debería llevarnos a reconocer, como ha ocurrido hasta ahora, que los mercados odian la incertidumbre. Un evento geopolítico (una guerra, unas elecciones polarizadas, un ataque terrorista) genera incertidumbre sobre el futuro. Esto lleva a los inversores a vender activos de riesgo (como acciones) y refugiarse en activos «seguros» como el oro, el bono gubernamental de EE.UU. o el franco suizo. Esto causa caídas generalizadas.

Sin embargo, actualmente los índices bursátiles están en alza y superan records históricos. También el oro y las materias primas suben sin parar. Todo se compra. Esta aparente desconexión entre la convulsión geopolítica global y los índices bursátiles no es exactamente una paradoja, sino la manifestación perfecta de las contradicciones terminales del capitalismo en su fase imperialista. Lejos de ser un signo de salud del sistema, este fenómeno revela su putrefacción interna, la hipertrofia del capital financiero y la intensificación del caos geopolítico propiciado por el imperialismo.

La concentración del capital y la dictadura de los monopolios

El primer pilar para entender esta situación es la ley, enunciada por Marx de la concentración y centralización del capital.

La principal razón técnica de los máximos bursátiles es la desproporcionada influencia de un puñado de megacorporaciones tecnológicas (las «Siete Magníficas»: Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla), que tienen una proporción dominante en el mercado bursátil, representando aproximadamente un tercio del índice S&P 500 (alrededor del 30-37%) y más de la mitad del Nasdaq.

La tecnología con su tendencia a la transversalidad, alimenta sectores como la energía, el armamento, la ciberseguridad… favorecidos por la locura belicista del imperialismo.

Estos consorcios, con su poder de fijar precios, acaparar mercados y exprimir plusvalía a una escala global, son los únicos que, en esta fase, pueden generar los beneficios masivos que el capital financiero exige. Su valorización bursátil no refleja un paralelismo en la «economía real productiva». Mucho menos un progreso social o una prosperidad compartida, solo el éxito en la explotación intensiva de la fuerza de trabajo mundial, el control de datos (la nueva materia prima) y la extracción de rentas monopolistas.

El capital ficticio y la desconexión de la base material

Marx distinguía entre el capital real (invertido en la producción de bienes y servicios) y el capital ficticio: títulos (acciones y derivados, bonos) que representan un derecho sobre plusvalía futura (beneficios), pero que se negocian como mercancías en sí mismas, desarrollando una dinámica especulativa autónoma. El ejemplo más claro actualmente es

la euforia por la Inteligencia Artificial que infla el precio de esos títulos muy por encima del valor que representan en la producción material. Se fundamenta en expectativas de lo que se ganará, no en lo que ya se gana.

Los máximos históricos, por tanto, son el triunfo momentáneo del capital ficticio sobre el real. El dinero no fluye hacia una expansión industrial que genere empleo y bienestar, sino hacia la circulación autoreferencial de papeles en la Bolsa, buscando ganancias rápidas mediante la pura especulación. Esta burbuja es un síntoma de la crisis de sobreacumulación: el capital productivo no encuentra suficientes oportunidades rentables de inversión real, por lo que inunda los mercados financieros, creando burbujas que inevitablemente estallarán.

Sin embargo, esta posibilidad está siendo pospuesta gracias a la intervención de los bancos centrales a través de rescates masivos de capital financiero: bajadas de tipos de interés e inyecciones de liquidez (como los de la era post-2008 y post-pandemia) y resto de trucos de política monetaria que evitan la desvalorización catastrófica del capital ficticio (una caída bursátil brutal) socializando las pérdidas potenciales a través de la deuda pública y la inflación.

Por si fuera poco que el Estado actúe, como «un comité de administración de los negocios de la burguesía monopolista», los propios monopolios recompran acciones, que sostienen artificialmente los precios, actuando además como un mecanismo por el cual la plusvalía extraída de los trabajadores se fuga del sistema productivo para enriquecer a los grandes accionistas y directivos.

La manipulación de mercados «libres»

La realidad obvia es que estamos ante mercados manipulados y que la bolsa está condicionada por las consecuencias de la concentración y centralización de capital. Los monopolios tienen el poder de influir masivamente en los precios y en la marcha del mercado. Para ello, no es neceario una conspiración secreta tipo Club Bilderberg; sino que simplemente su poder estructural les permite actuar con conciencia de clase, utilizando su masa de capital para defender sus intereses colectivos frente a caídas que amenacen el sistema en su conjunto. La contraparte no es solo una clase obrera cada vez más pauperizada, sino pequeños propietarios «estafados» por el juego de la bolsa.

He aquí la verdadera paradoja: la clase trabajadora, generadora de toda la riqueza real, es la misma que dota de poder efímero y ficticio a las élites capitalistas. Y son precisamente esas élites, gracias a la apropiación de esa riqueza, las que nos explotan y empobrecen aún más. Romper este círculo vicioso es un desafío sencillo en teoría y complejo en la práctica, pero el primer paso, indispensable y liberador, es la toma de conciencia colectiva sobre el verdadero mecanismo que rige el funcionamiento del sistema.

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