La desigualdad no es accidental, es el motor del sistema
Por: André Abeledo Fernández
Vivimos en un sistema que nos vende la «igualdad de oportunidades» como un mantra religioso, mientras las cifras reales nos gritan una verdad mucho más cruda: la desigualdad no es un fallo del capitalismo, es su consecuencia necesaria. No es un accidente de tráfico en la economía; es el combustible que hace que el motor siga girando a favor de unos pocos.
En nuestra tierra, Galicia, vemos cómo el discurso oficial de la Xunta de Alfonso Rueda, heredero del «feijooismo» más cínico, intenta camuflar la precariedad con estadísticas cocinadas. Nos hablan de crecimiento mientras nuestras vecinas y vecinos hacen malabares para pagar el alquiler o llenar la cesta de la compra. La desigualdad hoy tiene rostro de joven que emigra, de trabajadora del sector servicios con contrato de horas que nunca bastan y de pensionista que debe elegir entre calefacción o medicinas.
El mito de la meritocracia:
El sistema nos quiere culpables. Nos dice que si no prosperamos es por falta de esfuerzo, ignorando deliberadamente que no todos partimos de la misma línea de salida. La desigualdad de clase es el muro invisible que determina el futuro de una hija de obrera frente al hijo de un gran empresario. Mientras los beneficios de la banca y las eléctricas baten récords históricos, los salarios reales se estancan bajo el peso de una inflación que siempre castiga a los mismos.
Una cuestión de soberanía y justicia
Combatir la desigualdad no es una cuestión de caridad, es una cuestión de justicia social y de dignidad nacional. No podemos aceptar que el gasto público se gestione como si fuera la cuenta de resultados de una empresa privada. Necesitamos servicios públicos blindados, una fiscalidad donde los que más tienen paguen de verdad y un control social de los sectores estratégicos.
La desigualdad se combate con organización, con lucha en la calle y con políticas valientes que pongan la vida y los derechos de la mayoría social por delante de los privilegios de la minoría explotadora. Porque, como siempre decimos, no queremos las migajas del pastel; queremos la panadería entera.
André Abeledo Fernández

