EEUU no quiere aliados, quiere siervos.
Por André Abeledo Fernández
Aznar vuelve a las andadas. El mismo que vendió a este país a los intereses norteamericanos, el mismo que mintió descaradamente sobre las armas de destrucción masiva para justificar una guerra criminal en Iraq, ahora nos da lecciones de geopolítica y nos dice que España «debería estar al lado de sus aliados». Sus aliados. Los de él y los de su clase. Porque de los trabajadores,@ este señor nunca se ha ocupado.
Pero vayamos al fondo de la cuestión: ¿qué aliado es ese que amenaza con invadir Groenlandia, que declara guerras económicas a sus socios europeos, que bloquea, sanciona y asfixia a quien se atreve a decirle que no? Un aliado no hace eso. Un amo, sí.
La arquitectura de dominación que Washington ha construido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la OTAN, las alianzas bilaterales con Japón, Corea del Sur o Filipinas, no tiene como objetivo la seguridad compartida ni la defensa mutua. Tiene un único propósito: mantener la hegemonía estadounidense sobre el planeta y aplastar cualquier alternativa que cuestione el orden imperial. Lo que llaman «orden internacional basado en reglas» es, traducido al castellano de toda la vida, la ley del más fuerte.
Henry Kissinger, arquitecto de algunas de las mayores masacres del siglo XX, lo dejó dicho con una claridad que pocas veces se ve en la diplomacia: «Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal». Y la historia le da la razón una y otra vez.
¿Qué fue de los vietnamitas que confiaron en el paraguas americano cuando en 1975 cayó Saigón? Los expulsaron de los helicópteros. ¿Qué pasó con los afganos que colaboraron con las tropas de ocupación durante veinte años? Los dejaron corriendo detrás de los aviones en el aeropuerto de Kabul. Los imperios no tienen amigos, tienen instrumentos. Y cuando el instrumento deja de ser útil, se tira a la basura.
El ex oficial de inteligencia de los Marines Scott Ritter lo dijo sin rodeos refiriéndose a Ucrania: «Los amigos no dejan que sus amigos mueran en esas cantidades». Cientos de miles de muertos en una guerra que Washington alimenta con armas y propaganda, mientras los ucranianos ponen los cuerpos. Ese es el modelo de amistad yanqui.
La coerción económica es otra de sus armas predilectas. Trump lo ha demostrado con la Unión Europea: aranceles, amenazas, presiones para hundir economías que no se dobleguen. Y Blinken lo resumió con una frase que merece grabarse en piedra: «Si no estás en la mesa, estarás en el menú». Esa es la filosofía del imperialismo: o te sometes o te destruyo.
Venezuela lo sabe. Cuba lo sabe. Irán lo sabe. Y los pueblos que han osado defender su soberanía, su dignidad y sus recursos naturales también lo saben: la respuesta de Washington es siempre la misma, bloqueos, sanciones, golpes de Estado, guerras o intentos de secuestro de mandatarios electos como el que se ha intentado contra el presidente Nicolás Maduro.
Lo que EEUU construye no es un mundo de naciones soberanas que cooperan en igualdad. Construye un mundo unipolar donde impera su voluntad, donde las grandes corporaciones hacen negocio con la guerra y el expolio, y donde la soberanía de los pueblos es un estorbo que hay que eliminar.
Aznar y los suyos lo saben perfectamente. Por eso sirven tan bien a esos intereses. Los vendepatrias siempre han encontrado acomodo bajo la bota del más fuerte.
La comunidad internacional, y en especial los pueblos trabajadores, tienen la obligación de conocer la verdadera naturaleza de este monstruo imperial. No hay aliados en Washington. Hay siervos que aún no han comprendido su condición, y pueblos que luchan por no serlo.
André Abeledo Fernández

