Artículo de advertencia: la solidaridad que no es solidaridad

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Artículo de advertencia: la solidaridad que no es solidaridad

Conviene decir las cosas con claridad, sin eufemismos ni maquillajes diplomáticos. Porque cuando hablamos de ayuda humanitaria, hablamos de vidas humanas, de pueblos enteros que han quedado en la ruina tras catástrofes naturales o crisis profundas. Y sin embargo, demasiadas veces esa “ayuda” no es más que otra forma de intervención, control o negocio geopolítico.

El caso de Haití es un ejemplo que debería servir de advertencia permanente. Tras el devastador terremoto, el país quedó destruido. Llegaron tropas extranjeras, llegaron organismos internacionales, llegaron promesas de reconstrucción. Pero Haití, años después, sigue atrapado en la pobreza estructural, en la inestabilidad y en la dependencia. La presencia prolongada de fuerzas extranjeras y de estructuras de la ONU no se tradujo en soberanía ni en reconstrucción real, sino en una gestión que, en la práctica, no devolvió al pueblo haitiano el control de su propio destino. Y eso obliga a una pregunta incómoda: si la ayuda era para reconstruir, ¿por qué el resultado ha sido otro?

Por eso hay que mirar con extrema cautela cualquier anuncio de “ayuda humanitaria” cuando viene acompañado de los mismos actores que han contribuido, directa o indirectamente, a debilitar económicamente a otros países mediante sanciones, bloqueos o presiones constantes.

Cuando Estados Unidos anuncia partidas de 150 millones de dólares, conviene poner las cifras en contexto. No porque la ayuda no tenga valor simbólico o puntual, sino porque resulta insignificante frente al impacto económico que generan años de sanciones, restricciones financieras y asfixia comercial. Hablar de ayuda mientras se mantiene un sistema que impide la normal recuperación económica es, como mínimo, una contradicción difícil de justificar. Y en términos políticos, para muchos pueblos, se percibe como una forma de cinismo estructural.

Lo mismo ocurre cuando otros actores internacionales se presentan como benefactores humanitarios mientras sostienen políticas que bloquean o dificultan la llegada de ayuda real a terceros pueblos en conflicto. No se puede hablar de solidaridad en un lugar mientras en otro se contribuye al sufrimiento mediante el bloqueo de suministros básicos, medicinas o asistencia humanitaria. Esa doble vara de medir erosiona cualquier credibilidad moral.

El problema de fondo es que la ayuda humanitaria, en demasiadas ocasiones, deja de ser un acto de solidaridad para convertirse en una herramienta de influencia. Y cuando eso ocurre, deja de ser neutral. Deja de ser ayuda en sentido estricto.

La historia reciente está llena de ejemplos donde la intervención externa, bajo la bandera de la cooperación, no ha significado reconstrucción real, sino reconfiguración política y económica en función de intereses ajenos. Haití es uno de ellos, pero no el único.

Por eso es necesario levantar la voz cuando se anuncian nuevas “misiones humanitarias” que vienen acompañadas de sanciones, bloqueos o dobles estándares. No se trata de rechazar la ayuda en sí, sino de exigir coherencia. Porque la solidaridad no puede ser selectiva, ni puede usarse como herramienta de presión geopolítica.

Los pueblos no necesitan salvadores externos que llegan y se marchan dejando las estructuras intactas de dependencia. Necesitan respeto, soberanía y la posibilidad real de reconstruirse sin condicionamientos ni tutelas disfrazadas de altruismo.

Y sobre todo, necesitan que no se les tome el pelo una y otra vez con discursos humanitarios que, cuando se miran de cerca, demasiado a menudo esconden intereses muy distintos.

 

André Abeledo Fernández

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