La pelota no se mancha, pero el negocio del fútbol sí
Hubo un tiempo en que el fútbol pertenecía al pueblo.
Era el deporte de la clase trabajadora. El juego de los barrios obreros, de las aldeas, de los pueblos, de los cerros latinoamericanos y de las favelas brasileñas. Bastaban una pelota, dos piedras haciendo de portería y un grupo de niños con ganas de jugar para que apareciera la magia.
Porque el fútbol nunca fue únicamente un deporte.
Fue identidad, cultura popular, memoria colectiva, ascensor social y esperanza para millones de personas nacidas donde parecía imposible soñar.
De aquellos campos de tierra salieron leyendas como Diego Armando Maradona o Garrincha. Hijos de la pobreza, de familias humildes, de barrios olvidados por el poder. Hombres llenos de contradicciones, con errores y debilidades, pero capaces de hacer del balón una obra de arte.
Eduardo Galeano definió a Maradona con una frase inolvidable: «Un villero con mucha guita pero con conciencia de clase. Un Dios errante, sucio y pecador. El más humano de los dioses.»
Y probablemente nadie haya resumido mejor quién fue.
Maradona nunca dejó de sentirse hijo del pueblo. Nunca olvidó de dónde venía. Y dejó otra sentencia que hoy cobra más sentido que nunca: «La pelota no se mancha.»
Tenía razón.
La pelota no se mancha.
Lo que se ha manchado es todo lo que la rodea.
Porque el fútbol profesional hace tiempo que dejó de estar dirigido pensando en la afición y comenzó a organizarse pensando exclusivamente en el negocio. Los aficionados ya no son el centro del deporte; son consumidores. Los clubes se transforman en marcas globales, las competiciones en productos televisivos y los futbolistas en activos financieros que se compran y venden por cifras obscenas mientras millones de personas apenas llegan a fin de mes.
El problema ya no es solo el dinero. El problema es quién manda.
Los grandes organismos del fútbol parecen haber renunciado a cualquier referencia ética cuando adjudican competiciones internacionales o trasladan torneos históricos allí donde existen mayores beneficios económicos, aunque ello implique ignorar graves denuncias sobre derechos humanos o utilizar el deporte como herramienta de prestigio para gobiernos con un historial ampliamente cuestionado por organizaciones internacionales.
Da igual si hablamos del Mundial de Qatar, del próximo Mundial organizado en gran parte por Estados Unidos o de competiciones oficiales disputadas en Arabia Saudí.
El criterio ya no parece ser el deporte.
El criterio es el dinero.
El fútbol se pone al servicio de fondos de inversión, jeques, magnates y grandes intereses económicos mientras quienes llenan los estadios, quienes compran las entradas, quienes sienten los colores y quienes transmiten esa pasión de generación en generación son tratados como simples clientes.
Nos quieren convencer de que todo tiene un precio.
Que la tradición puede venderse.
Que la historia puede alquilarse.
Que los sentimientos también cotizan en bolsa.
Pero hay algo que nunca podrán comprar.
No podrán comprar el fútbol que sigue vivo en los campos de tierra, en los barrios obreros, en las plazas de los pueblos, en las ligas de aficionados y en los niños que siguen jugando hasta que anochece sin pensar en contratos millonarios ni en campañas de marketing.
Ese sigue siendo el verdadero fútbol.
El que pertenece al pueblo.
El que convirtió a un muchacho de Villa Fiorito en el mejor futbolista de todos los tiempos.
Maradona confesó una vez: «Me arrepiento del 99 % de las cosas que hice en la vida. Sin embargo, el otro 1 % —que es el fútbol— compensa todo lo demás.»
Quizá porque comprendía que el fútbol era mucho más que un negocio.
Era una forma de rebelarse contra el destino.
Una oportunidad para que un niño pobre pudiera desafiar al mundo con un balón en los pies.
Los dirigentes podrán seguir vendiendo competiciones al mejor postor. Podrán seguir subordinando el deporte a los intereses económicos y geopolíticos de quienes más dinero ofrecen. Podrán seguir convirtiendo el fútbol en una industria multimillonaria.
Pero jamás conseguirán apropiarse de su esencia.
Porque la pelota, como dijo Maradona, no se mancha.
Los que sí se están manchando son quienes han decidido convertir el deporte más popular del planeta en un mercado donde la dignidad, la ética y los valores siempre acaban perdiendo frente al poder del dinero.
André Abeledo Fernández

