La propaganda como arma de guerra: cuando Washington acusa, el mundo debería exigir pruebas

Publicado:

Noticias populares

La propaganda como arma de guerra: cuando Washington acusa, el mundo debería exigir pruebas

Donald Trump ha vuelto a acusar públicamente a Venezuela de haber interferido en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Una acusación de enorme gravedad que, hasta la fecha, no ha venido acompañada de pruebas públicas concluyentes capaces de demostrar semejante afirmación.

No es la primera vez. Y, probablemente, tampoco será la última.

El problema no es Donald Trump. El problema es una forma de hacer política exterior que Estados Unidos lleva utilizando desde hace décadas, gobiernen republicanos o demócratas. Cambian los presidentes, cambian los discursos y cambian los enemigos, pero el método suele ser el mismo: señalar a un adversario, lanzar una acusación de enorme impacto mediático y exigir al resto del mundo que la acepte como una verdad antes incluso de que existan pruebas suficientes para sostenerla.

La historia está llena de ejemplos.

En 1964, el llamado incidente del Golfo de Tonkín sirvió para justificar la escalada de la guerra de Vietnam. Años después se supo que la versión oficial estaba profundamente cuestionada.

En 2003, George W. Bush aseguró que Irak poseía armas de destrucción masiva capaces de amenazar al mundo. Aquella afirmación fue utilizada para justificar una invasión que dejó cientos de miles de muertos y un país devastado. Las armas nunca aparecieron.

Después llegaron nuevas acusaciones contra gobiernos considerados hostiles a los intereses de Washington: Irán y su supuesto programa militar nuclear; Venezuela, convertida una y otra vez en una amenaza para la seguridad estadounidense; Cuba, sometida durante décadas a un bloqueo económico basado en un relato político que cambia con cada administración; China, señalada en distintas ocasiones como responsable deliberada de la pandemia de la COVID-19; o las constantes acusaciones contra dirigentes latinoamericanos vinculándolos al narcotráfico o al crimen organizado.

Cada uno de estos casos tiene sus propias circunstancias y no son idénticos. Pero existe un patrón que se repite: acusaciones extraordinarias que generan grandes titulares y enormes consecuencias políticas antes de que exista una demostración pública suficientemente sólida.

Ahora Trump pretende convencer al mundo de que Venezuela fue capaz de interferir en las elecciones estadounidenses. Resulta legítimo preguntarse dónde están las pruebas. Porque en un Estado de derecho no basta con señalar a un culpable. Las acusaciones deben demostrarse.

Lo preocupante no es únicamente que un presidente lance afirmaciones de semejante calibre. Lo verdaderamente preocupante es que una parte de la opinión pública y numerosos medios de comunicación las reproduzcan con escaso espíritu crítico simplemente porque proceden de la Casa Blanca.

La propaganda funciona precisamente así. No necesita demostrar. Solo necesita repetirse. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de la Alemania nazi, convirtió la repetición sistemática de un relato en una herramienta política. Evidentemente, los contextos históricos son radicalmente distintos y no son comparables en su conjunto, pero el mecanismo propagandístico de repetir un mensaje hasta convertirlo en una verdad asumida ha sido utilizado por gobiernos de muy diferentes ideologías y épocas.

Ningún Estado debería quedar exento del deber de aportar pruebas cuando formula acusaciones de enorme gravedad. Ni Estados Unidos, ni Rusia, ni China, ni Irán, ni Venezuela, ni ningún otro. La credibilidad de un gobierno no puede sustituir a la evidencia.

El precedente de Irak debería haber enseñado una lección al mundo: cuando una gran potencia presenta una acusación que puede justificar sanciones, bloqueos, intervenciones o un aumento de la tensión internacional, la obligación de cualquier sociedad democrática no es creerla por defecto, sino exigir pruebas.

Porque la verdad no depende del poder de quien habla.

Y cuando las pruebas dejan de importar y basta con señalar a un enemigo para que millones de personas den por cierta cualquier acusación, la propaganda deja de ser un instrumento de comunicación para convertirse en un arma política. Una de las armas más poderosas que existen, porque prepara a la opinión pública para aceptar decisiones que, de otro modo, nunca serían toleradas.

La primera víctima de todas las guerras suele ser la verdad. Y mientras los ciudadanos no aprendamos a desconfiar de los relatos oficiales, especialmente cuando sirven para señalar a un enemigo geopolítico, seguiremos siendo espectadores de un mundo donde las acusaciones pesan más que las pruebas y donde la propaganda continúa siendo una de las principales herramientas del poder.

 

André Abeledo Fernández 

DEJA UN COMENTARIO (si eres fascista, oportunista, revisionista, liberal, maleducado, trol o extraterrestre, no pierdas tiempo; tu mensaje no se publicará)

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas noticias

El golpe de Estado de 1936: la verdad frente al blanqueamiento del franquismo.

El golpe de Estado de 1936: la verdad frente al blanqueamiento del franquismo. El fascismo no volvió: nunca se fue Hay...

Le puede interesar: