El fútbol sigue siendo del pueblo

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El fútbol sigue siendo del pueblo

Hay derrotas que valen más que muchas victorias. La selección de Cabo Verde cayó por 3-2 ante la vigente campeona del mundo, pero salió del campo con algo que no siempre concede el marcador: el respeto de millones de personas que aman el fútbol como un deporte y no como una simple industria.

Mis respetos para Cabo Verde. También para el Congo, Costa de Marfil, Ghana, Irán y para todas esas selecciones que, con muchos menos recursos, recuerdan al mundo que el fútbol nació en los barrios, en las calles de tierra, en las plazas y en los descampados, no en las oficinas de los fondos de inversión ni en los consejos de administración de las multinacionales.

Argentina ganó, sí. Pero no fue superior durante buena parte del encuentro a un grupo de trabajadores del fútbol que compitieron de tú a tú, sin complejos y sin rendirse jamás. Cabo Verde se despide sin haber perdido un solo partido en el tiempo reglamentario de este Mundial. Eso dice mucho de un equipo que ha convertido el esfuerzo colectivo en su mayor virtud.

Marcelo Bielsa lo resumió con una reflexión que merece ser escuchada: el fútbol era popular porque pertenecía a los pobres, porque bastaba una pelota para ser feliz. Cuando el negocio descubrió el inmenso dinero que podía generar esa pasión popular, comenzaron a apropiarse de ella quienes nunca habían construido ese deporte desde abajo.

Hoy vemos cómo los grandes clubes y las grandes ligas convierten a adolescentes de 16 o 17 años en activos financieros. Se compran y se venden promesas antes incluso de que hayan terminado de crecer. Se arranca el talento de sus barrios, de sus pueblos y de sus países para alimentar un mercado que mueve miles de millones mientras las comunidades que los vieron nacer apenas disfrutan de ellos unos meses.

Eduardo Galeano también comprendió esa contradicción. Nunca aceptó la idea de que el fútbol fuera el opio del pueblo. Al contrario. Para él era una de las mayores fiestas populares de la humanidad, un lenguaje universal capaz de unir culturas, pueblos y generaciones enteras. El problema nunca fue que el pueblo amara el fútbol; el problema fue convertir esa pasión colectiva en una mercancía.

Porque cuando rueda la pelota todavía ocurre algo extraordinario. Durante noventa minutos desaparecen muchas fronteras sociales. El obrero, la estudiante, el desempleado, el jubilado o el inmigrante sienten la misma emoción. El gol sigue teniendo la capacidad de abrazar a quienes el sistema económico intenta dividir todos los días.

Por eso emociona tanto ver competir a selecciones como Cabo Verde. Porque representan algo mucho más grande que un resultado. Representan la dignidad de quienes saben que parten con menos medios, menos presupuesto y menos estrellas, pero nunca con menos orgullo. Son la demostración de que el trabajo colectivo puede desafiar al dinero y que el corazón todavía puede plantar cara al mercado.

El capitalismo intenta convertirlo todo en mercancía. También el fútbol. Intenta que olvidemos que antes de los contratos multimillonarios existían niños jugando descalzos, porterías hechas con piedras y balones remendados una y otra vez. Intenta convencernos de que el espectáculo pertenece a quienes lo financian y no a quienes lo sienten.

Pero cada vez que una selección humilde mira de frente a una potencia mundial, cada vez que un equipo sin grandes nombres hace temblar a los gigantes, el pueblo recupera un pedazo de ese deporte que nunca debió dejar de pertenecerle.

Porque el fútbol nació siendo del pueblo. Y, por mucho dinero que muevan las élites económicas, seguirá siendo del pueblo mientras haya un niño pateando una pelota en cualquier rincón del mundo soñando con hacer posible lo imposible.

Cabo Verde no solo ha competido. Ha recordado que la épica sigue viva. Y mientras exista esa épica, el fútbol conservará una parte de su alma.

 

André Abeledo Fernández 

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