Clase trabajadora consciente
Soy, simplemente, clase trabajadora consciente.
Soy hijo, nieto y bisnieto de trabajadores. En mi familia nunca hubo una tradición de militancia política o sindical. Mi padre, ya en democracia, formó parte de una candidatura independiente en el Ayuntamiento de Neda y ejerció como concejal de Cultura y Deportes. Pero yo no crecí en un ambiente de militancia ni de debate político organizado. Lo que sí heredé fue algo que considero mucho más importante: la conciencia de pertenecer a una misma clase social y la dignidad de ganarse la vida con el propio trabajo.
Mi padre trabajó en el astillero. Mi madre sacó adelante la familia desde casa. Uno de mis abuelos fue cantero; el otro, zapatero. Como tantas familias gallegas de aquella época, también trabajaban la tierra, cuidaban animales y sobrevivían como podían. Conocieron la Guerra Civil, la posguerra, el hambre y las privaciones. Vivieron en una Galicia donde emigrar fue, para miles de personas, la única oportunidad de construir un futuro mejor.
De ellos no heredé dinero ni propiedades. Heredé algo mucho más valioso: el orgullo de pertenecer a la clase trabajadora y la convicción de que nadie debe avergonzarse de vivir de su esfuerzo.
Nunca he querido ser otra cosa. Ser clase trabajadora no significa resignarse a la precariedad; significa defender el derecho a una vida digna: un salario suficiente, tiempo para la familia, tiempo para descansar y la tranquilidad de saber que una enfermedad o un despido no te condenarán a la pobreza.
Nunca he sentido envidia de los yates, las mansiones o los grandes lujos. No es la vida que deseo. Para mí, el dinero nunca ha sido un símbolo de éxito, sino una herramienta para vivir con seguridad y sin miedo al día de mañana. Me gusta viajar, sí, pero con una mochila a la espalda. No necesito el lujo para sentirme libre.
En mi familia nadie me enseñó a militar en un partido ni a afiliarme a un sindicato. Mi conciencia política no fue una herencia; fue una construcción. Nació trabajando, leyendo, observando y preguntándome por qué hay personas que, aun esforzándose cada día, nunca consiguen salir adelante.
Con el tiempo participé en la vida sindical y tuve el honor de servir durante cuatro años como concejal. Pero eso fue una consecuencia de mis convicciones, no su origen.
La vida, además, me obligó a mirar la realidad desde otro lugar. Una enfermedad me apartó de mi profesión habitual y una incapacidad permanente total redujo mis ingresos hasta situarme por debajo del umbral de la pobreza. Pasé de llegar a fin de mes con dificultades a no llegar, sencillamente.
Esa experiencia no me da la razón por sí misma, pero sí me permite conocer de primera mano una realidad que con demasiada frecuencia se analiza desde despachos, estadísticas o ruedas de prensa.
Por eso, cuando critico determinadas políticas públicas, no espero soluciones milagrosas. Lo que exijo es que sirvan para mejorar de verdad la vida de la gente. Quien vive con angustia económica aprende muy pronto a distinguir entre una medida útil y un simple titular.
Escribo desde esa experiencia. No hablo en nombre de toda la clase trabajadora, porque nadie puede hacerlo. Hablo desde mi lugar dentro de ella, convencido de que la política solo tiene sentido cuando mejora, de forma tangible, la vida cotidiana de la mayoría social.
No soy un intelectual ni pretendo serlo. Tampoco escribo para dar lecciones. Escribo como un trabajador que ha leído, que siente curiosidad por comprender el mundo y que sabe perfectamente a qué clase pertenece.
Soy, simplemente, clase trabajadora consciente.
André Abeledo Fernández

