Fascismo, capitalismo y crisis de la democracia burguesa.

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Fascismo, capitalismo y crisis de la democracia burguesa.

El ascenso de fuerzas de extrema derecha en numerosos países ha reabierto un viejo debate político e historiográfico: ¿por qué resurgen los movimientos autoritarios en sociedades democráticas? La pregunta no es nueva. Intelectuales de tradiciones muy distintas llevan más de un siglo intentando responderla, y sus conclusiones continúan siendo objeto de discusión.

Desde el marxismo clásico, autores como Vladimir Ilich Lenin entendieron que las crisis del capitalismo generaban profundas tensiones sociales que podían desembocar en formas cada vez más autoritarias de ejercicio del poder. Aunque Lenin murió antes del auge del fascismo europeo de los años treinta, su análisis sobre el imperialismo, la concentración del capital y las contradicciones del sistema influyó decisivamente en las interpretaciones posteriores desarrolladas por la Internacional Comunista.

El fascismo constituye una respuesta de las élites económicas ante situaciones de fuerte conflicto social, una herramienta destinada a preservar el orden establecido cuando las fórmulas tradicionales de dominación resultaban insuficientes. 

El fascismo histórico combinó ultranacionalismo, autoritarismo, culto al líder, negación del pluralismo político y utilización sistemática de la propaganda para construir un relato capaz de movilizar emocionalmente a amplios sectores de la población.

Precisamente el estudio de la propaganda política constituye una de las cuestiones más relevantes para entender tanto el siglo XX como el XXI. El régimen nazi convirtió la comunicación de masas en un instrumento de control político sin precedentes. Simplificación de mensajes, repetición constante de consignas, creación de enemigos internos y externos, manipulación emocional y apelación permanente al miedo fueron elementos ampliamente estudiados por la ciencia política y la comunicación. Algo que hoy usa el Trumpismo de Estados Unidos, el sionismo de Israel, y la ultraderecha lacaya y servil de América y Europa.

Eso no significa que cualquier actor político contemporáneo reproduzca automáticamente aquellos mecanismos ni que toda estrategia de comunicación pueda equipararse al nazismo. La historia exige prudencia en las comparaciones. Sin embargo, sí resulta legítimo analizar críticamente cómo determinadas técnicas propagandísticas continúan presentes, con nuevas formas y nuevas tecnologías, en democracias consolidadas y en regímenes autoritarios.

Las redes sociales, la polarización política, la difusión masiva de desinformación y la fragmentación del espacio informativo han multiplicado la capacidad de construir relatos simplificados donde la complejidad desaparece y los adversarios pasan a convertirse en enemigos absolutos.

En paralelo, Europa vive un contexto marcado por profundas incertidumbres económicas y sociales. La precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda, el aumento de las desigualdades, el envejecimiento demográfico y la percepción de pérdida de seguridad económica generan un terreno fértil para discursos que ofrecen respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos.

La historia demuestra que las crisis prolongadas suelen favorecer el crecimiento de opciones políticas que prometen soluciones rápidas, identidades fuertes y culpables fácilmente identificables.

Pero el auge de la extrema derecha tampoco puede analizarse únicamente desde quienes la apoyan. Numerosos autores sostienen que parte de la explicación reside también en las dificultades de las fuerzas progresistas para construir proyectos políticos capaces de generar ilusión, confianza y representación efectiva de amplios sectores populares.

En distintos países europeos se observa un debate recurrente dentro de la izquierda sobre la relación entre moderación política, capacidad institucional y mantenimiento de una identidad transformadora. Mientras unos consideran imprescindible ampliar consensos para gobernar sociedades diversas, otros advierten del riesgo de diluir el proyecto político hasta perder aquello que lo diferenciaba.

Ninguna democracia puede darse por definitivamente consolidada. Los derechos civiles, sociales y laborales nunca han sido conquistas irreversibles. Han sido el resultado de largos procesos de movilización, negociación y conflicto político.

Quizá una de las advertencias más conocidas siga siendo la formulada por Bertolt Brecht tras la derrota del nazismo. Su reflexión no pretendía anunciar un regreso inevitable del fascismo, sino recordar que las condiciones económicas, sociales y culturales que favorecieron su aparición podían reproducirse si las democracias no eran capaces de responder a las desigualdades, al miedo y a la exclusión.

En ese sentido, el principal desafío de nuestro tiempo probablemente no consista únicamente en combatir determinadas opciones políticas, sino en fortalecer las instituciones democráticas, reducir las desigualdades, garantizar derechos sociales efectivos y reconstruir la confianza ciudadana en la política.

Porque cuando amplios sectores de la población sienten que las instituciones ya no mejoran sus condiciones de vida, el espacio para el desencanto crece.

Y cuando crece el desencanto, también aumenta la tentación de buscar soluciones simples para problemas que nunca lo han sido.

La historia del siglo XX constituye un recordatorio permanente de los costes humanos que pueden derivarse de la degradación de la convivencia democrática. Estudiarla con rigor, sin simplificaciones y sin renunciar al debate crítico sigue siendo una de las mejores herramientas para afrontar los desafíos del presente.

 

André Abeledo Fernández

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