Cuando el poder político entra en el vestuario del fútbol
Si el propio Donald Trump presume públicamente de haber llamado al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para conseguir que un futbolista estadounidense pudiera disputar el siguiente partido pese a haber sido expulsado, el problema ya no es únicamente deportivo. El problema es institucional.
Durante décadas, el fútbol ha construido su legitimidad sobre una idea básica: las reglas son iguales para todos. Podemos discutir si un árbitro se equivoca, si el VAR funciona mejor o peor o si un comité sancionador interpreta correctamente el reglamento. Pero siempre ha existido un principio esencial: las decisiones deben adoptarse conforme a las normas, no por la llamada telefónica del dirigente político más poderoso.
Sin embargo, cuando Trump se jacta de haber intervenido personalmente y, además, lo presenta como un logro del que sentirse orgulloso, está trasladando un mensaje demoledor: que el poder político puede imponerse sobre las instituciones deportivas cuando le conviene.
La respuesta de Gianni Infantino ha sido sostener que la decisión correspondió a un supuesto comité independiente de expertos. Pero si esa independencia existe realmente, las palabras de Trump dejan en muy mal lugar a la FIFA. Porque solo caben dos posibilidades: o Trump exagera para alimentar su imagen de hombre capaz de doblegar cualquier institución, o la FIFA ha permitido que la política interfiera donde jamás debería hacerlo.
Y ninguna de las dos opciones resulta tranquilizadora.
Infantino ha convertido la FIFA en una organización cada vez más cercana a los grandes centros de poder económico y político. Da la sensación de que el fútbol ha dejado de pertenecer a la gente para convertirse en un escaparate donde mandatarios, multimillonarios y dirigentes compiten por exhibir influencia.
Quizá Infantino pensó que Trump nunca haría públicas esas conversaciones. Quizá creyó que podía mantener esa cercanía lejos de los focos. Si fue así, ha demostrado no comprender cómo actúa Trump.
Trump no entiende las relaciones personales desde la amistad. Entiende el poder desde la subordinación. Necesita exhibir constantemente que él manda, que los demás obedecen y que ninguna institución está por encima de su voluntad. Alimenta una imagen de líder capaz de influir en cualquier decisión y encuentra satisfacción política en proyectar esa sensación de dominio.
Por eso, si un presidente de la FIFA permite siquiera que exista la sospecha de que una sanción deportiva puede modificarse tras la llamada de un jefe de Estado, el daño ya está hecho. Porque la confianza en una competición no solo depende de que sea limpia; depende también de que los aficionados crean que lo es.
El fútbol pertenece a millones de personas que sienten unos colores, no a los despachos donde se cruzan intereses políticos y económicos. Ningún presidente, por poderoso que sea, debería tener la capacidad de alterar el desarrollo de una competición. Y ningún presidente de la FIFA debería aceptar que exista la más mínima duda sobre su independencia.
Porque cuando las reglas dejan de ser iguales para todos, el fútbol deja de ser deporte. Se convierte en otra herramienta al servicio del poder. Y entonces ya no gana el mejor equipo: gana quien tiene el teléfono más influyente.
Cuando el presidente de Estados Unidos presume de haber conseguido que se levante una sanción y la FIFA responde diciendo que todo fue independiente, el problema ya no es solo quién dice la verdad. El problema es que la credibilidad del Mundial ha quedado gravemente dañada. Si millones de aficionados creen que el poder político puede modificar una decisión disciplinaria, la confianza en la igualdad de las reglas queda hecha añicos.
No puedo afirmar judicialmente que la FIFA mienta. Pero, políticamente y como aficionado al fútbol, me resulta imposible creer que la llamada del presidente de Estados Unidos al presidente de la FIFA no haya tenido ninguna influencia cuando, por primera vez en la historia de los Mundiales con tarjetas rojas, un futbolista expulsado puede disputar el siguiente partido. Cada cual es libre de sacar sus conclusiones; yo ya he sacado la mía.
André Abeledo Fernández

