La pobreza no es un fracaso individual, es un fracaso del sistema
Cada vez que una familia no llega a fin de mes, cada vez que un trabajador tiene que elegir entre llenar la nevera o pagar el alquiler, cada vez que un pensionista cuenta las monedas antes de entrar en el supermercado, el sistema busca un culpable. Pero rara vez señala a los verdaderos responsables.
La ultraderecha culpa a los pobres de su propia pobreza. Habla de la «cultura del subsidio», del «esfuerzo individual» y de la «meritocracia», como si millones de personas hubiesen decidido libremente vivir en la precariedad. Para ellos, el desempleado es un vago, quien recibe una ayuda pública es un aprovechado y quien duerme en la calle es responsable de su propia desgracia. Es la vieja estrategia de enfrentar a quienes menos tienen para que nunca miren hacia quienes más acumulan.
La derecha tradicional ni siquiera necesita culpabilizar. Le basta con mirar hacia otro lado. Considera que el mercado resolverá por sí solo las desigualdades mientras reduce impuestos a las grandes fortunas, privatiza servicios públicos y debilita los derechos laborales. Cuando la pobreza aumenta, ofrecen caridad; cuando crece la desigualdad, hablan de crecimiento económico. Pero el crecimiento de unos pocos nunca ha significado justicia para la mayoría.
Y la socialdemocracia, aunque con un discurso mucho más amable, ha terminado demasiadas veces administrando la pobreza en lugar de combatir sus causas. Gestiona ayudas, subsidios y prestaciones que son imprescindibles para evitar situaciones dramáticas, pero renuncia a transformar un modelo económico que necesita trabajadores cada vez más precarios para que unos pocos sean cada vez más ricos. Se alivian los síntomas, pero la enfermedad continúa.
La pobreza no es una catástrofe natural. No cae del cielo como la lluvia. Es la consecuencia directa de decisiones políticas y económicas. Es el resultado de permitir que una minoría concentre una riqueza obscena mientras millones de personas producen esa riqueza sin participar de ella en condiciones de justicia.
Por eso la solución nunca vendrá de quienes consideran intocable el actual reparto del poder económico. Solo una izquierda transformadora, que no se conforme con gestionar las consecuencias del capitalismo sino que se atreva a cuestionar sus privilegios, puede aspirar a erradicar la pobreza de verdad.
Hablar de justicia social no es hablar de limosnas. Es hablar de salarios dignos, de vivienda accesible, de una fiscalidad verdaderamente progresiva, de servicios públicos fuertes, de derechos laborales efectivos y de poner límites democráticos a la acumulación obscena de riqueza. Porque ninguna fortuna multimillonaria nace únicamente del esfuerzo individual: toda riqueza se genera gracias al trabajo colectivo de la sociedad.
Mientras unos pocos acumulan patrimonios imposibles de gastar en varias vidas, millones de trabajadores apenas sobreviven con aquello que producen con su esfuerzo diario. Esa contradicción no es inevitable; es política. Y lo que la política ha construido, la política también puede cambiarlo.
La miseria y la pobreza no desaparecerán apelando a la buena voluntad de los mercados ni con discursos de odio contra quienes menos tienen. Tampoco resignándonos a gestionarlas indefinidamente. Desaparecerán cuando exista voluntad para repartir mejor la riqueza, democratizar la economía y situar la dignidad humana por encima del beneficio privado.
Porque una sociedad verdaderamente democrática no se mide por el número de millonarios que produce, sino por la capacidad de garantizar que nadie quede condenado a la pobreza. Y esa sigue siendo la tarea pendiente de nuestro tiempo.
André Abeledo Fernández

