Feijóo, Ayuso, Abascal; hablando de las bajas laborales y revelando lo que piensan de los trabajadores
Hay ocasiones en las que un dirigente político necesita cientos de páginas para explicar cuál es su modelo de sociedad. Y hay otras en las que bastan unas pocas frases para retratarse por completo. Alberto Núñez Feijóo pertenece a este segundo grupo.
Cada vez que habla de las bajas laborales acaba enseñando mucho más de lo que probablemente pretendía. No solo ataca a los trabajadores enfermos. Ataca también a los médicos que diagnostican esas enfermedades, cuestionando implícitamente su profesionalidad y sugiriendo que existe un abuso generalizado del sistema.
Porque si un trabajador está de baja es porque un médico la ha concedido. Y cuando se pone bajo sospecha a millones de personas que están enfermas, también se está poniendo bajo sospecha a los profesionales sanitarios que han considerado que esas personas no están en condiciones de trabajar.
En una sola intervención consigue señalar a quienes cuidan de nuestra salud y a quienes tienen la desgracia de perderla.
Lo más grave es que parece incapaz de comprender algo tan simple como que nadie elige enfermar. Nadie pide una depresión. Nadie desea una hernia discal. Nadie quiere sufrir una enfermedad incapacitante, un accidente laboral o un cáncer.
La baja laboral no es un privilegio. No es un premio. No son unas vacaciones pagadas. Es un derecho conquistado para proteger a las personas cuando su estado de salud les impide trabajar.
Por eso resulta especialmente llamativo que quien justificó su ausencia a un debate electoral alegando problemas físicos pretenda transmitir ahora la idea de que un albañil con la espalda destrozada, un trabajador del campo, una cajera o un repartidor deben seguir trabajando aunque su cuerpo ya no pueda más.
Para algunos políticos parece que un dolor es motivo suficiente para ausentarse de sus obligaciones. Para otros, ni tres hernias, ni una depresión, ni una enfermedad grave justifican dejar de trabajar.
Ese doble rasero define mucho mejor una ideología que cualquier programa electoral.
Pero si las palabras de Feijóo fueron graves, la reacción posterior dejó todavía más claro que no se trataba de un error aislado. La primera dirigente que salió a defenderlo fue Isabel Díaz Ayuso.
No sorprendió a nadie.
Cuando se trata de cuestionar derechos laborales, servicios públicos o mecanismos de protección social, las diferencias entre Feijóo, Ayuso y Abascal son cada vez más difíciles de encontrar. Podrán discrepar en cuestiones secundarias, pero coinciden en algo esencial: cuando hay que elegir entre proteger a los trabajadores o proteger determinados intereses económicos, casi siempre eligen lo segundo.
Por eso no es casualidad que los trabajadores enfermos aparezcan constantemente como sospechosos en sus discursos. No es casualidad que se hable más del supuesto fraude de las bajas que de las condiciones laborales que enferman a miles de personas. No es casualidad que se critique más a quien está de baja que a quienes generan estrés, ansiedad, lesiones musculares, accidentes laborales o enfermedades profesionales.
Lo que verdaderamente revelan estas declaraciones es una forma de entender la sociedad en la que las personas solo tienen valor mientras producen.
En ese modelo, el trabajador sano sirve. El trabajador enfermo molesta.
En ese modelo, los derechos sociales son un gasto.
En ese modelo, la sanidad pública es un coste.
En ese modelo, las personas dejan de ser ciudadanos con derechos para convertirse en simples recursos humanos.
Y Galicia es un ejemplo perfecto de las consecuencias de esa forma de gobernar.
El sucesor de Feijóo al frente de la Xunta, Alfonso Rueda, ha impulsado políticas destinadas a reducir la duración de las bajas laborales mediante incentivos económicos. Sus defensores hablan de eficiencia. Sus críticos denuncian que se introduce presión sobre los profesionales sanitarios para que prioricen la reducción de las bajas antes que las necesidades reales de los pacientes.
Pero el problema de fondo es mucho más profundo.
Porque quienes hoy señalan a los trabajadores enfermos guardan silencio sobre las interminables listas de espera que sufren miles de gallegos.
Guardan silencio sobre las consultas que tardan meses.
Sobre las pruebas diagnósticas que se retrasan.
Sobre las operaciones que no llegan cuando deberían.
Sobre especialistas que acumulan listas imposibles.
Sobre enfermedades que podrían haberse tratado a tiempo y que terminan agravándose por la demora en la atención.
Una baja laboral no se prolonga porque sí. Muchas veces se prolonga porque el paciente sigue esperando una prueba, una operación o un tratamiento.
Y resulta profundamente hipócrita señalar después a ese mismo trabajador como responsable del problema.
Porque la realidad es que una sanidad pública debilitada genera más sufrimiento, más enfermedades cronificadas y también bajas laborales más largas.
Sin embargo, es más fácil culpar al enfermo que asumir responsabilidades políticas.
Lo más ofensivo de todo fue escuchar cómo se utilizaba la palabra «cáncer» para referirse al problema de las bajas laborales.
Los trabajadores no son ningún cáncer.
Hay trabajadores que padecen cáncer.
Hay trabajadores que luchan cada día contra enfermedades graves.
Hay trabajadores que sufren dolor crónico, ansiedad, depresión o secuelas de accidentes laborales.
Ellos no son el problema.
El problema es una forma de pensar que contempla a las personas únicamente en función de su rentabilidad.
Una ideología que entiende el Estado como si fuera una empresa cuya única misión fuera reducir costes y aumentar beneficios.
Una ideología para la que la igualdad, la justicia social, la protección de los más vulnerables o la dignidad del trabajo son obstáculos y no objetivos.
Por eso conviene escuchar atentamente cuando hablan.
Porque detrás de cada ataque a las bajas laborales aparece una visión del mundo muy concreta.
Una visión donde el trabajador enfermo es sospechoso.
Donde el médico parece un obstáculo.
Donde los derechos sociales son considerados privilegios.
Y donde el Estado del bienestar deja de ser una conquista colectiva para convertirse en una carga que hay que reducir.
Todos acabaremos enfermando algún día.
Nuestros padres enfermarán.
Nuestros hijos enfermarán.
Nosotros mismos necesitaremos atención médica tarde o temprano.
Y cuando llegue ese momento, nadie querrá encontrarse con un político dispuesto a señalarle con el dedo y acusarle de fingir.
La empatía consiste precisamente en entender el dolor ajeno antes de sufrirlo en carne propia.
Por eso estas declaraciones son tan graves.
Porque no hablan únicamente de bajas laborales.
Hablan de cómo se ve a los trabajadores.
Hablan de qué valor tienen las personas para quienes gobiernan.
Hablan de qué tipo de sociedad quieren construir.
Y cuando un dirigente político convierte a los enfermos en sospechosos y a los derechos sociales en un problema, deja perfectamente claro cuáles son sus prioridades.
La cuestión ya no es qué piensa Feijóo sobre las bajas laborales.
La cuestión es qué piensa sobre la dignidad de quienes levantan cada día este país con su trabajo.
André Abeledo Fernández

