El Mundial de la vergüenza
Hay mundiales que se recuerdan por el fútbol. Otros por las grandes gestas deportivas. Y luego está este, que pasará a la historia por una razón muy distinta: por haber convertido la competición más importante del planeta en un espectáculo donde demasiadas decisiones parecen responder más a intereses políticos y económicos que al mérito deportivo.
A falta de los últimos partidos, permanecen con vida seis selecciones europeas —España, Francia, Inglaterra, Bélgica, Suiza y Noruega—, una africana, Marruecos, y una americana, Argentina. Pero muchos aficionados tienen la sensación de que el cuadro podría ser muy diferente. Sin determinadas decisiones arbitrales y sin una sucesión de circunstancias difícilmente explicables, hoy probablemente habría dos representantes africanos en lugar de uno. Cabo Verde o Egipto tendrían argumentos para sentirse injustamente eliminados.
El problema no es que Argentina siga en competición. El problema es la sospecha, cada vez más extendida, de que no todos compiten bajo las mismas reglas.
Cuando un campeonato empieza a generar más debate por los árbitros que por el fútbol, cuando las decisiones polémicas siempre parecen inclinarse hacia los mismos equipos, cuando las rectificaciones y los privilegios se acumulan en una única dirección, la credibilidad del torneo se desmorona. Sin confianza en la imparcialidad, el deporte deja de ser deporte para convertirse en una representación.
Gianni Infantino prometió un fútbol más transparente y más justo. Sin embargo, la sensación que deja este Mundial es exactamente la contraria. La organización parece cada vez más alejada de los valores que dice defender y más cercana a los intereses del negocio, del marketing y de la geopolítica.
Celebrar un Mundial en los Estados Unidos de Donald Trump ya suponía un enorme escaparate político. Si además las decisiones arbitrales alimentan la percepción de que determinadas selecciones reciben un trato de favor, el daño para la imagen de la competición es inmenso. Porque no basta con ser imparcial; también hay que parecerlo.
La FIFA lleva décadas acumulando escándalos de corrupción, privilegios e intereses cruzados. Su credibilidad ya estaba seriamente dañada. Pero este campeonato amenaza con cruzar una línea todavía más peligrosa: la de que millones de aficionados dejen de creer que los partidos se deciden únicamente sobre el césped.
Y cuando un aficionado pierde esa confianza, pierde también la ilusión.
Sería profundamente injusto para todas las selecciones que han competido con honestidad que este Mundial acabara coronando a un campeón bajo la sombra permanente de la sospecha. Ningún título merece valer menos que la confianza del aficionado.
Porque el fútbol pertenece a quienes lo juegan y a quienes lo sienten, no a los despachos, ni a los patrocinadores, ni a quienes creen que pueden moldear el resultado de una competición desde fuera del terreno de juego.
El Mundial debería ser la fiesta del deporte. Hoy, para demasiada gente, se ha convertido en el Mundial de la vergüenza.
André Abeledo Fernández

