El verdadero problema no son las bajas laborales, sino quienes han dejado enfermar a la sanidad por
Cada vez que la derecha habla del absentismo laboral, el mensaje es el mismo: el problema nunca es la enfermedad, sino el enfermo. Nunca son las listas de espera, nunca es el deterioro de la sanidad pública, nunca son las condiciones de trabajo, nunca es la falta de prevención. El culpable siempre acaba siendo el trabajador.
Las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo y las de otros dirigentes del Partido Popular sobre la duración de las bajas laborales vuelven a demostrar una preocupante falta de empatía con la realidad que vive la mayoría social. Porque resulta muy fácil opinar sobre el sufrimiento ajeno cuando nunca se ha tenido que elegir entre ir a trabajar con dolor o perder parte del salario.
En Galicia conocemos bien cuál es el verdadero problema. Tenemos listas de espera interminables. Personas que esperan meses e incluso años para ser atendidas por un especialista. Pacientes que llegan demasiado tarde a una operación porque el sistema sanitario no ha sido capaz de atenderlos cuando aún estaban a tiempo. Enfermedades que podrían haberse tratado antes y que terminan convirtiéndose en crónicas precisamente por la demora asistencial.
Ese sí es un factor que alarga las bajas laborales.
Cuando un trabajador tarda meses o años en recibir un diagnóstico o un tratamiento adecuado, su recuperación también se retrasa. No porque quiera permanecer de baja, sino porque nadie puede curarse sin atención médica.
Pero de eso el Partido Popular habla muy poco.
Es mucho más sencillo señalar al trabajador que reconocer el deterioro de unos servicios públicos cuya gestión también ha dependido durante años de quienes hoy reparten lecciones sobre productividad.
Hay además una enorme desconexión con la realidad del trabajo. Quienes sostienen que las bajas son excesivas parecen olvidar que España y Galicia cuentan con una población cada vez más envejecida. Recuperarse a los treinta años no es lo mismo que hacerlo a los sesenta. Las enfermedades musculares, articulares o crónicas no desaparecen porque un político haga una declaración desafortunada.
El cuerpo tiene límites.
Y quienes han pasado décadas trabajando en la construcción, en una fábrica, en un supermercado, en el transporte o en la limpieza saben perfectamente que llega un momento en el que el dolor deja de ser una molestia para convertirse en un obstáculo insalvable.
Lo verdaderamente preocupante es escuchar propuestas que insinúan que quien está de baja debería cobrar menos, cuando cualquier trabajador sabe que una incapacidad temporal ya supone, en la mayoría de los casos, una pérdida de ingresos. Parece evidente que algunos hablan de la vida laboral sin haber tenido apenas contacto con ella.
Mientras tanto, la salud mental continúa siendo la gran olvidada. Las bajas por ansiedad o depresión no aparecen por generación espontánea. Son también el resultado de jornadas interminables, precariedad, presión constante, miedo al despido, plantillas insuficientes y una atención psicológica pública claramente insuficiente. Conseguir cita con un psicólogo o un psiquiatra puede llevar meses. Los seguimientos son escasos y muchos pacientes empeoran esperando una atención que llega demasiado tarde.
¿De verdad el problema son los trabajadores?
No. El problema es un sistema que tarda demasiado en curarlos y unas condiciones laborales que, en demasiadas ocasiones, terminan enfermándolos.
Quienes presentan al trabajador enfermo como una carga olvidan una verdad muy sencilla: la riqueza no la crean los consejos de administración ni los grandes fondos de inversión. La crean millones de personas que cada mañana levantan la persiana de un comercio, conducen un autobús, atienden a un paciente, recogen basura, trabajan en una cadena de montaje o descargan un camión.
Sin esos trabajadores no hay empresas.
Sin esos trabajadores no hay beneficios.
Y sin esos trabajadores tampoco existirían los impuestos que sostienen el Estado.
Por eso resulta profundamente injusto convertir a quien enferma en sospechoso. Enfermar no es un privilegio. Es una desgracia. Nadie elige una depresión, una hernia, un cáncer o una lesión incapacitante para cobrar menos dinero y ver cómo su vida queda en suspenso.
Si de verdad quieren reducir las bajas laborales, empiecen por donde corresponde: refuercen la sanidad pública, reduzcan las listas de espera, mejoren la prevención de riesgos laborales, inviertan en salud mental y dignifiquen las condiciones de trabajo.
Todo lo demás no deja de ser una forma de culpar a quienes menos responsabilidad tienen y de proteger a quienes llevan demasiado tiempo sin asumir la suya.
André Abeledo Fernández

