Cuando la enfermedad se convierte en sospecha
Hay ocasiones en las que un dirigente político necesita horas para explicar cuál es su modelo de país. Y hay otras en las que bastan unas pocas frases para retratarse por completo. Alberto Núñez Feijóo pertenece a este segundo grupo.
Cada vez que habla de las bajas laborales acaba enseñando mucho más de lo que probablemente pretendía. No solo pone bajo sospecha a los trabajadores enfermos. También cuestiona implícitamente el criterio de los médicos que diagnostican esas enfermedades y conceden las incapacidades temporales. En una sola intervención consigue señalar a quienes cuidan de nuestra salud y a quienes tienen la desgracia de enfermar.
Porque eso es lo que parece incapaz de comprender una parte de la derecha española: que nadie elige enfermar. Nadie pide un cáncer. Nadie desea una depresión. Nadie quiere una hernia discal, una lesión incapacitante o una enfermedad que le impida levantarse de la cama. La baja laboral no es un privilegio ni unas vacaciones. Es un derecho que protege a las personas cuando su salud les impide trabajar.
Resulta especialmente llamativo que quien justificó su ausencia a un debate electoral alegando un problema físico pretenda transmitir la idea de que un albañil con la espalda destrozada, un trabajador del campo, una cajera o un repartidor deben seguir trabajando aunque su cuerpo ya no pueda más. Para unos, un dolor parece suficiente para parar. Para otros, ni tres hernias bastan.
Ese doble rasero define mucho mejor una forma de entender la política que cualquier programa electoral.
Lo más grave fue escuchar cómo se utilizaba la palabra “cáncer” para referirse al problema de las bajas laborales. No. Los trabajadores no son ningún cáncer. Hay trabajadores que sufren cáncer. Hay trabajadores con enfermedades graves, con lesiones, con problemas de salud mental, con accidentes laborales o con patologías crónicas. Ellos no son el problema.
El verdadero problema es una forma de pensar que solo contempla a las personas en función de su productividad. Una ideología que entiende el Estado como si fuera una empresa cuyo único objetivo fuera mejorar la cuenta de resultados. Una forma de hacer política donde los derechos laborales, la sanidad pública, la protección social o la igualdad dejan de ser conquistas colectivas para convertirse en gastos molestos.
En ese modelo, las personas dejan de ser ciudadanos con derechos para convertirse únicamente en mano de obra. En piezas reemplazables. En los bueyes que tiran del carro mientras otros viajan cómodamente sentados encima.
Y si alguien tenía alguna duda sobre cuál es el proyecto que hay detrás de esas palabras, la respuesta llegó enseguida. La primera dirigente que salió a defender a Feijóo fue Isabel Díaz Ayuso. No sorprende. Al contrario: confirma que no se trata de un desliz aislado, sino de una visión compartida.
Cuando se habla de derechos laborales, de bajas médicas o de protección social, las diferencias entre Feijóo, Ayuso y Abascal son cada vez más difíciles de encontrar. Los tres coinciden en señalar a los trabajadores antes que a quienes deterioran los servicios públicos, precarizan el empleo o convierten la sanidad en un negocio.
En Galicia ese modelo tiene una traducción muy concreta. El Gobierno de Alfonso Rueda, sucesor de Feijóo al frente de la Xunta, ha impulsado incentivos económicos vinculados, entre otros objetivos, a la gestión de las incapacidades temporales y a la reducción de su duración. Sus defensores sostienen que buscan mejorar la eficiencia del sistema. Sus críticos consideran que esos incentivos pueden generar presión sobre los profesionales sanitarios para priorizar la reducción de las bajas frente a las necesidades clínicas de cada paciente.
Y ahí aparece la gran hipocresía. Mientras algunos dirigentes culpan a los trabajadores por las bajas largas, apenas hablan de las listas de espera que sufren miles de personas. Una baja no se prolonga únicamente por la voluntad del paciente. Muchas veces se alarga porque una prueba diagnóstica tarda meses, porque la consulta con el especialista se retrasa, porque una operación no llega cuando debería o porque la rehabilitación comienza demasiado tarde.
Cuando un trabajador espera durante meses para ser operado, no permanece de baja porque quiera. Permanece de baja porque el sistema no le ofrece una solución antes.
Y resulta profundamente contradictorio señalar después a esos mismos trabajadores como si fueran responsables del problema.
La realidad es que una sanidad pública con menos recursos, menos profesionales y mayores listas de espera termina provocando más sufrimiento, más enfermedades cronificadas y, en muchos casos, bajas laborales más largas. Combatir esa realidad culpando a los enfermos no solo es injusto: también evita afrontar las verdaderas causas del problema.
Todos acabaremos enfermando algún día. Es una certeza. Envejeceremos. Nuestros padres enfermarán. Nuestros hijos podrán necesitar atención médica. Nosotros mismos podremos necesitar una baja laboral para recuperarnos.
Ese día nadie querrá encontrarse con un político dispuesto a señalarle con el dedo y a insinuar que está fingiendo.
La empatía no consiste en comprender únicamente el dolor propio. Consiste en entender el dolor ajeno antes de que nos toque vivirlo.
Y cuando un dirigente político convierte a los enfermos en sospechosos, a los médicos en posibles cómplices y a los derechos sociales en un problema presupuestario, deja claro cuáles son sus prioridades.
La cuestión ya no es qué piensa Feijóo de las bajas laborales. La cuestión es qué concepto tiene de la dignidad de quienes sostienen este país con su trabajo. Porque una sociedad se define por cómo trata a quienes enferman, no por cómo los sospecha.
André Abeledo Fernández

