La hipocresía de quien pretende castigar a los trabajadores por enfermar
Hay discursos que retratan una forma de entender la sociedad mucho mejor que cualquier programa electoral. Cada vez que Alberto Núñez Feijóo habla de las bajas laborales, del salario mínimo o de los derechos de los trabajadores, queda claro qué intereses defiende el Partido Popular. No los de quienes madrugan cada día para levantar este país, sino los de quienes consideran que cualquier derecho laboral es un coste que hay que recortar.
Ahora resulta que las bajas laborales son poco menos que un cáncer para la economía. Si seguimos esa lógica, el problema ya no sería la enfermedad, sino el enfermo. El trabajador deja de ser una persona con derechos para convertirse en una sospecha permanente. En alguien al que hay que vigilar, señalar y castigar.
Porque eso es lo que realmente propone Feijóo cuando plantea que quien está de baja debería cobrar todavía menos. Lo dice como si actualmente un trabajador de baja mantuviera íntegro su salario. Y eso, sencillamente, no es cierto. La legislación ya prevé una pérdida de ingresos en muchos casos y, además, existen empresas que, incluso cuando el convenio reconoce determinados complementos, retiran otros conceptos salariales que reducen notablemente lo que percibe el trabajador enfermo.
Es decir, quien enferma ya paga un precio económico. Pero parece que para la derecha eso no basta. Hay que castigarlo más. Como si enfermar fuera una decisión personal y no una circunstancia que puede afectar a cualquiera.
La contradicción resulta todavía más llamativa cuando quienes lanzan ese discurso han faltado a su actividad política por motivos de salud o han defendido para sí mismos derechos que ahora cuestionan para el resto de la población trabajadora. Parece que cuando la enfermedad afecta a un dirigente político merece comprensión, pero cuando afecta a un cajero, a una limpiadora, a un transportista o a un reponedor se convierte automáticamente en sospecha.
En Galicia, además, el gobierno de Alfonso Rueda ha impulsado medidas para incentivar la reducción del absentismo mediante objetivos vinculados a las bajas médicas. El debate sobre cómo diseñar esos incentivos es legítimo, pero también lo es preguntarse si un sistema así puede generar presión sobre los profesionales sanitarios y hacer que algunos pacientes teman no recibir una baja cuando realmente la necesitan. La prioridad de un médico debe ser siempre la salud del paciente, no cumplir estadísticas.
Mientras tanto, Feijóo sigue cargando contra el salario mínimo. Para la derecha, siempre parece ser demasiado alto, aunque miles de trabajadores continúen teniendo enormes dificultades para llegar a fin de mes. Nunca hablan de salarios insuficientes, de alquileres imposibles o del encarecimiento de la vida. Siempre encuentran excesivos los derechos de quienes menos tienen.
Y tampoco hablan de otro dato mucho más incómodo: los millones de horas extraordinarias que se realizan cada año y que, en numerosos casos, ni siquiera son remuneradas. Ahí no hay discursos inflamados. Ahí no hay indignación. Ahí desaparece de repente la preocupación por la productividad y el absentismo.
También sorprende escuchar que las vacaciones están sobrevaloradas cuando quienes lo afirman disfrutan de condiciones laborales y retributivas que nada tienen que ver con la realidad de la inmensa mayoría de la población. El descanso no es un privilegio. Es un derecho conquistado tras décadas de lucha obrera y una necesidad para proteger la salud física y mental.
La derecha lleva años transmitiendo la misma idea: trabajar más, cobrar menos y tener menos derechos. Siempre en nombre de la competitividad. Siempre sacrificando a los mismos. Mientras tanto, algunos de sus referentes llegan incluso a plantear retrasar todavía más la edad de jubilación, como si todos los trabajadores llegaran a los setenta años en las mismas condiciones físicas que quienes han desarrollado toda su carrera en despachos.
Quien ha pasado décadas levantando peso, trabajando de noche, soportando temperaturas extremas o atendiendo al público sabe perfectamente que el cuerpo tiene límites. Los trabajadores no son máquinas. Enferman. Se lesionan. Se desgastan. Y precisamente por eso existen las bajas médicas, las vacaciones, la prevención de riesgos laborales y la protección social.
La diferencia entre unos y otros es muy sencilla. Nosotros defendemos que una persona tiene derecho a recuperarse cuando enferma. Ellos parecen empeñados en convertir la enfermedad en un motivo de castigo.
Y esa diferencia no es menor. Es la diferencia entre entender el trabajo como un derecho vinculado a la dignidad humana o entender al trabajador como una pieza sustituible cuyo único valor consiste en producir beneficios para otros.
La clase trabajadora debería tomar buena nota. Porque cuando se cuestiona el derecho a enfermar, mañana se cuestionará el derecho a descansar, después el derecho a un salario digno y, finalmente, cualquier conquista social conseguida durante generaciones de lucha obrera. Así avanza una derecha cada vez más extrema en sus planteamientos: normalizando que perder derechos sea presentado como una virtud y que defenderlos sea señalado como un problema.
André Abeledo Fernández

