Cuando el fútbol habla en el campo, el poder se queda sin argumentos
Hay victorias que valen un título y otras que sirven para desmontar relatos. La de España frente a Francia pertenece a la segunda categoría. Porque durante noventa minutos no hubo polémicas arbitrales, ni decisiones del VAR que cambiaran el rumbo del encuentro, ni factores externos que explicaran el resultado. Solo hubo un equipo que quiso el balón, dominó el juego de principio a fin y fue claramente superior a otro que llegaba como uno de los grandes favoritos.
Francia había demostrado durante todo el campeonato por qué muchos la consideraban la principal candidata al título. Había superado con autoridad a sus rivales y llegaba a la semifinal con una plantilla repleta de talento. Sin embargo, cuando enfrente tuvo a una España capaz de monopolizar la posesión, presionar arriba y controlar el ritmo del partido, todas esas estrellas quedaron completamente apagadas.
El marcador reflejó un 2-0, pero cualquiera que viera el encuentro sabe que la diferencia futbolística fue bastante mayor. España dominó todas las facetas del juego. Francia apenas encontró espacios, apenas pudo imponer su físico y apenas fue capaz de generar peligro real. Si el resultado hubiera terminado con un 4-0, nadie habría podido considerarlo injusto.
Y esa es precisamente la grandeza del fútbol cuando se juega de verdad: que el balón acaba poniendo a cada uno en su sitio.
Llevo mucho tiempo denunciando cómo la FIFA se ha convertido en una organización cada vez más alejada del deporte y más cercana a los intereses económicos y políticos de unas élites que utilizan el fútbol como un gigantesco negocio. También he criticado en numerosas ocasiones el peso creciente de decisiones arbitrales, del VAR utilizado de forma desigual y de un modelo que, demasiadas veces, parece proteger a determinados equipos y selecciones.
Precisamente por eso, cuando un partido se decide únicamente sobre el césped, conviene reconocerlo. España no necesitó ayudas. No necesitó que un árbitro inclinara el campo. No necesitó interpretaciones discutibles del VAR. Ni mucho menos necesitó la influencia de quienes hoy dirigen el fútbol mundial desde los despachos.
Ganó porque fue mejor.
Eso también debería servir para recordar otra cuestión. En los últimos años se ha construido una especie de aura de invencibilidad alrededor de algunas selecciones que, cuando desaparecen determinados factores externos, muestran muchas más limitaciones de las que suele reconocerse.
Es conocida mi opinión sobre el funcionamiento de la FIFA y sobre el papel que ha desempeñado en determinados campeonatos internacionales. Sigo creyendo que el organismo necesita una transformación profunda para recuperar la credibilidad perdida. Pero precisamente por respeto al fútbol conviene separar las críticas estructurales de lo que ocurre en un partido concreto.
Frente a Francia no hizo falta buscar conspiraciones. España fue superior desde el primer hasta el último minuto. El balón fue suyo, el control fue suyo y la autoridad también.
Porque, al final, cuando el fútbol habla con tanta claridad sobre el terreno de juego, los despachos se quedan sin argumentos y solo queda aplaudir al mejor.
André Abeledo Fernández

