El golpe de Estado de 1936: la verdad frente al blanqueamiento del franquismo.

Publicado:

Noticias populares

El golpe de Estado de 1936: la verdad frente al blanqueamiento del franquismo.

El fascismo no volvió: nunca se fue

Hay quienes hablan del ascenso del fascismo en Europa como si fuese una amenaza futura. Como si estuviésemos ante un peligro que todavía pudiera evitarse. Pero en el Estado español conviene empezar diciendo una verdad incómoda: aquí el fascismo nunca desapareció. Nunca fue derrotado. Nunca fue juzgado. Nunca fue depurado. Murió en la cama y se recicló en las instituciones del régimen nacido de la Transición.

Esa es la diferencia fundamental con otros países europeos. Alemania tuvo que enfrentarse al legado del nazismo. Italia procesó a parte de los responsables del fascismo. En España, en cambio, los herederos políticos, económicos, judiciales y mediáticos del franquismo conservaron buena parte de su poder. Cambiaron los uniformes, pero no las estructuras.

Por eso todavía existe una Fundación Francisco Franco dedicada a ensalzar la figura de un dictador responsable de un régimen que la propia ONU definió en 1946 como de carácter fascista. Por eso miles de republicanos continúan enterrados en fosas comunes esperando justicia. Por eso aún existen símbolos franquistas, homenajes a los golpistas y una memoria democrática que avanza con una lentitud desesperante.

Porque el problema nunca fue únicamente Franco. El problema fue el franquismo. Y, sobre todo, la impunidad del franquismo.

Conviene recordar lo que algunos intentan borrar. En 1936 no comenzó una guerra entre dos bandos equivalentes. Lo que hubo fue un golpe de Estado militar contra un gobierno legítimo salido de las urnas. Fueron militares que habían jurado fidelidad a la República quienes traicionaron su palabra. Al fracasar el golpe en buena parte del territorio gracias a la resistencia popular, aquel golpe derivó en una guerra.

Sin la ayuda de la Alemania nazi de Adolf Hitler y de la Italia fascista de Benito Mussolini, el golpe difícilmente habría triunfado. La Legión Cóndor bombardeó ciudades abiertas como laboratorio para la Segunda Guerra Mundial. Decenas de miles de soldados italianos combatieron en suelo español. La Guardia Mora sembró el terror entre la población civil. El fascismo internacional convirtió España en su campo de pruebas.

No fue una cruzada por la patria. Fue una guerra contra el propio pueblo.

Después llegaron cuarenta años de terror, ejecuciones, cárceles, torturas, exilio, expolio y nacionalcatolicismo. Miles de maestros, sindicalistas, intelectuales, campesinos y obreros fueron asesinados simplemente por defender la democracia, la justicia social o la libertad.

Por eso resulta obsceno el esfuerzo permanente por blanquear aquella dictadura. Equiparar a quienes defendían un gobierno democrático con quienes lo destruyeron mediante las armas no es neutralidad histórica: es revisionismo.

La Segunda República fue el primer régimen verdaderamente democrático de nuestra historia. Reconoció el sufragio universal, impulsó la escuela pública, laica y gratuita, avanzó en los derechos de las mujeres, reconoció el divorcio, impulsó reformas sociales y proclamó una República de trabajadores de toda clase organizada en un régimen de libertad y justicia.

Aquello era precisamente lo que aterrorizaba a la oligarquía.

Cuando los trabajadores comenzaron a conquistar derechos y los privilegios de las élites empezaron a verse amenazados, una parte del Ejército, de la Iglesia y de los grandes poderes económicos decidió destruir la democracia antes que aceptar la voluntad popular.

No fue un conflicto inevitable. Fue una contrarrevolución armada.

Hoy algunos pretenden presentar al franquismo como un simple «régimen autoritario». Otros hablan de reconciliación mientras mantienen cerradas las fosas comunes. Otros exigen pasar página sin haberla leído jamás.

Pero no existe reconciliación posible sin verdad, justicia y reparación.

Mientras miles de familias continúen buscando a sus desaparecidos, mientras existan organizaciones que exalten al dictador, mientras la memoria democrática dependa del color político de cada gobierno, seguirá existiendo una deuda histórica con quienes defendieron la libertad.

Y esa impunidad explica muchas cosas.

Explica por qué la extrema derecha española no necesita romper con el franquismo para crecer electoralmente. Explica por qué Vox puede reivindicar parte del legado ideológico del régimen sin sufrir el aislamiento político que sufriría una organización semejante en otros países europeos. Explica también por qué una parte del Partido Popular continúa resistiéndose a condenar con claridad la dictadura o participa del revisionismo histórico.

La ultraderecha no nació de la nada.

Nació sobre décadas de silencio, de equidistancia y de una Transición que garantizó estabilidad, pero dejó intactos demasiados centros de poder.

El fascismo tampoco consiste simplemente en llevar una bandera con el águila o levantar el brazo. El fascismo aparece cuando se normaliza el odio al diferente, cuando se criminaliza al inmigrante para ocultar al explotador, cuando se persigue al sindicalismo mientras se protege a los grandes poderes económicos, cuando se limita el derecho de huelga, cuando se banalizan los crímenes de la dictadura o cuando se utiliza el nacionalismo excluyente para enfrentar a la propia clase trabajadora.

Por eso también es un error comparar fascismo y comunismo como si fueran extremos equivalentes.

El fascismo nació para defender mediante el terror los intereses de las élites económicas frente al avance del movimiento obrero. El nazismo construyó una ideología basada en la supremacía racial, el expansionismo militar y el exterminio.

El comunismo, por el contrario, plantea la socialización de los medios de producción, la propiedad colectiva de los sectores estratégicos y la construcción de una sociedad basada en la igualdad social y económica. Puede discutirse su aplicación histórica o criticarse cualquier experiencia concreta, pero no convertir dos proyectos antagónicos en equivalentes sin vaciar completamente de contenido la historia.

Tampoco conviene olvidar que fue la Unión Soviética quien soportó el mayor peso militar en la derrota del nazismo, pagando un precio humano inmenso para liberar Europa del mayor monstruo que había conocido el siglo XX.

La historia importa.

Porque quien manipula el pasado pretende controlar el presente.

Y quien consigue que un pueblo olvide cómo perdió su democracia, terminará convenciéndolo de que nunca la tuvo.

Por eso la lucha por la República sigue teniendo plena vigencia.

No como un ejercicio de nostalgia, sino como un proyecto democrático de futuro. Una República donde la jefatura del Estado sea elegida por la ciudadanía y no heredada por sangre. Una República que sitúe la economía al servicio de la mayoría social y no de una minoría privilegiada. Una República que haga efectivo el derecho al trabajo, a la vivienda, a la sanidad, a la educación y a una vida digna.

Porque no habrá una democracia plenamente desarrollada mientras sobrevivan las estructuras heredadas del franquismo.

Y porque el antifascismo no pertenece al pasado.

Es una obligación democrática del presente.

El fascismo no murió. Cambió de traje, aprendió a hablar el lenguaje de la democracia liberal y siguió ocupando espacios de poder. Ahora vuelve a quitarse la máscara.

La pregunta ya no es si existe.

La pregunta es si esta vez seremos capaces de reconocerlo antes de que sea demasiado tarde.

 

André Abeledo Fernández 

DEJA UN COMENTARIO (si eres fascista, oportunista, revisionista, liberal, maleducado, trol o extraterrestre, no pierdas tiempo; tu mensaje no se publicará)

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas noticias

O golpe de Estado de 1936: a verdade fronte ao branqueamento do franquismo

O golpe de Estado de 1936: a verdade fronte ao branqueamento do franquismo O fascismo nunca foi derrotado no Estado...

Le puede interesar: