El circo de Manhattan: cuando el imperio disfraza el secuestro de justicia
Nueva audiencia, mismo montaje: Washington prolonga el secuestro judicial del presidente venezolano mientras se desmorona la acusación que lo sostiene
Vuelvo a escribir sobre Nicolás Maduro porque el silencio, ante este atropello, sería complicidad. Lo que está sucediendo en el Tribunal Federal de Manhattan no es un juicio: es la puesta en escena de un secuestro de Estado, un montaje diseñado para desgastar, humillar y aniquilar políticamente al presidente legítimo de una nación soberana que se ha atrevido a plantar cara al imperio.
Nicolás Maduro y Cilia Flores volvieron a comparecer ante el juez Alvin Hellerstein, un magistrado casi centenario que sigue sosteniendo, audiencia tras audiencia, la ficción jurídica que Washington necesita mantener en pie. La defensa pidió, con toda razón, anular la causa. Fue desestimada. Como siempre. Porque en este circo el veredicto ya estaba escrito antes de que empezara la función: solo faltaba dilatar el tiempo suficiente para que el desgaste hiciera su trabajo.
Llaman a esta fase «descubrimiento de pruebas». Yo lo llamo por su nombre correcto: invención de pruebas. Ahí está, si no, el propio derrumbe de la acusación estrella, la del supuesto liderazgo de Maduro en el «Cartel de los Soles», un invento que hoy sabemos nació en los despachos de la CIA y no en ninguna organización criminal venezolana. Cuando la mentira fundacional de un proceso se desmorona y el proceso, aun así, continúa, ya no estamos hablando de justicia. Estamos hablando de otra cosa: de guerra política con toga y martillo.
Maduro lo ha dicho con la dignidad que corresponde a un jefe de Estado secuestrado: es un prisionero de guerra. No un narcotraficante procesado por delitos comunes, como pretende la fábula yanqui, sino la víctima de un acto terrorista de captura ilegal ejecutado contra un país soberano. Convertir un conflicto político-militar en un expediente de narcoterrorismo es, precisamente, el truco de manual del imperialismo: criminalizar al adversario para no tener que reconocer que lo que se ha cometido es una agresión.
Y mientras tanto, la propia maquinaria judicial estadounidense se encarga de dejar en evidencia su hipocresía. La OFAC bloquea los fondos venezolanos que pagarían a los abogados de la defensa, vulnerando abiertamente el derecho a una defensa justa que Estados Unidos dice defender en cada discurso sobre «valores democráticos». Si Maduro no puede pagar a sus letrados, tendrá que aceptar un defensor de oficio pagado por el propio Estado que lo secuestra. Ni Kafka se habría atrevido a tanto.
No olvidemos, camaradas, las condiciones de reclusión: el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, la misma prisión donde encierran a capos narcos y terroristas convictos. Un jefe de Estado, aislado la mayor parte del día en una celda, recibiendo la comida por una ranura, sin acceso a internet ni a medios de comunicación, con derecho únicamente a llamadas supervisadas de quince minutos con su familia. Esto no es «proceso judicial». Esto es tortura psicológica institucionalizada, aplicada con la fría burocracia que caracteriza al imperio cuando decide destruir a quien no se arrodilla.
Lo que ocurre en Manhattan es el mismo guion de siempre: cuando un pueblo elige un camino soberano, cuando un gobierno se niega a entregar sus recursos, cuando un país se atreve a desafiar el mandato de Washington, el imperio no discute ideas, secuestra personas. Lo hizo con Cuba durante décadas, lo intenta con toda Nuestra América, y ahora lo escenifica con la crueldad de un tribunal que ni siquiera necesita ya disimular su parcialidad.
Desde aquí, desde la clase trabajadora que sabe reconocer un montaje cuando lo ve, exigimos la libertad inmediata de Nicolás Maduro y Cilia Flores, y denunciamos este simulacro de justicia por lo que realmente es: terrorismo de Estado con forma de proceso penal.
*André Abeledo Fernández

