Los responsables de Ceuta tienen nombre y apellidos.

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Los responsables de Ceuta tienen nombre y apellidos.

Cuando una tragedia humanitaria se repite una y otra vez en la misma frontera, con el mismo guion, dejar de señalar responsabilidades concretas es una forma de complicidad. No hay «crisis migratorias» que caigan del cielo, camaradas: hay intereses, hay decisiones y hay nombres propios detrás de cada foto de un cadáver en la orilla. Y toca decirlos, aunque incomode.

Mohamed VI: la migración como arma de presión.

Empecemos por quien tiene la llave material de la frontera. No es la primera vez que Marruecos convierte a personas migrantes en instrumento de presión diplomática: ya ocurrió en mayo de 2021, cuando Rabat relajó deliberadamente el control fronterizo en Ceuta como represalia por la acogida sanitaria en España del líder saharaui Brahim Ghali, y miles de personas cruzaron en cuestión de horas ante la pasividad calculada de la gendarmería marroquí. Es un patrón documentado, no una sospecha: el régimen alauita usa los cuerpos de sus propios ciudadanos y de migrantes subsaharianos como moneda de cambio cada vez que necesita arrancar concesiones a Madrid o a Bruselas, ya sea en pesca, en Sáhara Occidental o en fondos europeos.

Trump, Netanyahu y la arquitectura que lo hace rentable.

Ese chantaje marroquí no ocurre en el vacío: ocurre dentro de una arquitectura de alianzas que Washington y Tel Aviv han construido y siguen alimentando. Fue Donald Trump quien en 2020 reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Rabat normalizara relaciones con Israel dentro de los Acuerdos de Abraham, y quien ha vuelto a reafirmar por escrito esa alianza esta misma semana. Desde entonces, Marruecos ha estrechado su cooperación militar y de inteligencia con el gobierno de Netanyahu. Cuanto más gana Marruecos con ese pacto, más fuerte es su posición para presionar con la frontera cuando le conviene. No hace falta inventar un despacho secreto para ver la conexión: basta con seguir los pactos firmados y hechos públicos.

Abascal, Feijóo, Ayuso: el aprovechamiento xenófobo en casa.

Y luego está la parte que se cocina aquí, sin necesidad de ningún servicio de inteligencia extranjero. Santiago Abascal, que ha pedido «echarlos» con «los medios que sea» y ha responsabilizado por adelantado al Gobierno de «cada futura puñalada». Alberto Núñez Feijóo, que capitaliza electoralmente cada imagen de patera sin ofrecer jamás una sola política real de cooperación con origen o de vías legales de migración. Isabel Díaz Ayuso, amplificando desde Madrid el discurso del miedo con la caverna mediática de fondo. Ninguno de los tres necesita que le paguen desde fuera para hacer de la miseria ajena su combustible electoral: lo hacen porque el racismo y la xenofobia les dan votos, y eso también es una responsabilidad propia, no prestada.

Aznar y González: la deuda histórica que sigue sin pagarse.

Y no podemos olvidar a quienes construyeron el terreno desde antes. José María Aznar, arquitecto de una relación con Rabat siempre supeditada a los intereses empresariales españoles en Marruecos, incapaz de plantar cara al régimen alauita en materia de derechos humanos. Felipe González, que prometió al pueblo saharaui que el PSOE nunca lo abandonaría y hoy tiene mansión en Marruecos defendiendo la soberanía marroquí sobre un territorio que España entregó de forma vergonzosa en 1975. Los dos, de colores distintos, comparten la misma renuncia histórica: anteponer el negocio y la geopolítica a los derechos de los pueblos.

La conclusión que no podemos evitar.

Todos estos actores no necesitan una orden común ni un plan coordinado en la sombra para producir el mismo resultado: cada uno, defendiendo su propio interés —el trono alauita, la alianza Washington-Tel Aviv, el rédito electoral de la ultraderecha española, la herencia diplomática de los gobiernos de siempre— empuja en la misma dirección, y el resultado es la misma tragedia repetida en la misma frontera. Los intereses convergen aunque no exista una conspiración escrita, y esa convergencia basta para explicar por qué Ceuta vuelve a arder cada pocos años con el mismo patrón. Eso, camaradas, no es casualidad: es la lógica del poder, que no necesita conspirar cuando los intereses ya apuntan solos en la misma dirección.

Frente a esos nombres propios, memoria, solidaridad de clase y ningún migrante es ilegal.

 

*André Abeledo Fernández

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