Marruecos no es un país homologable: por qué el Mundial 2030 y la FIFA de Infantino son un insulto al deporte.

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Marruecos no es un país homologable: por qué el Mundial 2030 y la FIFA de Infantino son un insulto al deporte.

Hay un límite que no deberíamos estar dispuestos a cruzar nunca: usar el deporte para blanquear dictaduras. Lo hicimos con la Argentina de Videla en 1978, lo hicimos con el Chile de Pinochet, lo hicimos con Qatar hace apenas unos años, y ahora se pretende repetir la misma operación con Marruecos. No podemos, no debemos, seguir tolerando que un Mundial o unas Olimpiadas sirvan de alfombra roja para sátrapas y asesinos de pueblos.

Marruecos no es un país homologable. No es una democracia. Es una monarquía sátrapa de la que su propio pueblo quiere huir, harto de la opresión y de unas condiciones de vida que no soporta. Y ese mismo régimen, hace apenas unos días, volvió a utilizar a su propia gente —a niños, a jóvenes, a mujeres— como arma arrojadiza contra el Estado español, empujándolos a una frontera para arrancar una ventaja política o económica. Poner en peligro la vida de menores como moneda de cambio geopolítico no es un incidente aislado: es la política de Estado de un régimen que ahora Infantino pretende premiar con la final de una Copa del Mundo.

Porque no hablamos de un gestor deportivo. Hablamos de un cortesano que se pasea de rodillas por las cortes de todos los poderosos del planeta. Infantino ha reunido con el rey de Marruecos para entregarle esa final como quien entrega un favor de palacio. Y esa genuflexión no es nueva: hemos visto cómo intentó privatizar el Mundial de la manera más descarada, dispuesto a repartirlo entre multimillonarios y entre la propia familia de Donald Trump para trocearlo y venderlo. Hemos visto retirar una tarjeta roja por primera vez en la historia del fútbol porque Trump descolgó el teléfono. Hemos visto arbitrajes orientados para favorecer a la Argentina que Infantino quería ver campeona. Hemos visto a la selección de Irán, clasificada para el Mundial, tratada como sospechosa permanente: sin permiso para pernoctar en suelo estadounidense, obligada a volver el mismo día a México tras cada partido, desgastada física y mentalmente antes de pisar el campo. Hemos visto a un árbitro somalí clasificado para dirigir partidos del Mundial al que ni siquiera se le permitía entrar en Estados Unidos, y aquí no ha pasado nada. Y hemos visto, como colofón de lo grotesco, cómo Infantino se ha inventado de la nada un supuesto «premio FIFA de la paz» para regalárselo a Donald Trump: un galardón que no existía, que no existe, que no responde a ningún criterio, fabricado únicamente para hacerle la pelota al hombre más poderoso de la Casa Blanca.

Y ese mismo Infantino, ese mismo aparato, es el que ahora quiere devolverle a Marruecos —socio prioritario del Israel sionista y genocida de Netanyahu, aliado estratégico de los Estados Unidos de Trump, heredero de la ocupación del Sáhara Occidental que Washington bendijo con la Marcha Verde de 1975— el broche de una final mundialista. El triángulo Washington-Tel Aviv-Rabat vuelve a jugar sus cartas, y el balón, una vez más, se pone a su servicio.

Camaradas, cuando el deporte se pone al servicio de esto deja de ser deporte, deja de ser juego, y se convierte en algo directamente nauseabundo. Con Infantino se ha tocado techo en esa degradación. Mientras este personaje ridículo y servil, y los suyos, sigan al frente, la FIFA es una institución a abolir. Y en Marruecos no debería jugarse ni un solo partido del Mundial, y mucho menos una final.

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández 

 

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