Cristo, Gengis Kan y el escupitajo: el desprecio del sionismo hacia el cristianismo se hace público.
Camaradas,
A veces no hace falta buscar en textos antiguos ni en polémicas teológicas para entender cómo mira el poder sionista al cristianismo. Basta con escuchar a quienes hoy gobiernan Israel cuando bajan la guardia y dicen lo que realmente piensan. En marzo de este año lo hizo Netanyahu. Antes lo había hecho, con mucha menos elegancia retórica, su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir. Los dos episodios, juntos, dibujan algo más que una anécdota diplomática: dibujan una jerarquía.
Netanyahu y el desprecio disfrazado de erudición.
El pasado marzo, en plena ofensiva conjunta con Estados Unidos contra Irán, Netanyahu quiso presumir de cultura ante la prensa. Citó al historiador Will Durant y afirmó, en sus propias palabras, que la Historia demuestra que, lamentablemente y tristemente, Jesucristo no tiene ninguna ventaja sobre Gengis Kan, y remató la idea señalando que si se es suficientemente fuerte y despiadado, el mal termina por imponerse al bien. La comparación no fue casual ni improvisada: la usó para justificar la lógica de la fuerza bruta como principio rector de la política exterior israelí, con el ejemplo del Kan mongol —uno de los conquistadores más sanguinarios de la historia— puesto al mismo nivel moral que la figura central del cristianismo.
Cuando la reacción de sectores cristianos de medio mundo se le vino encima, Netanyahu recurrió al truco de siempre: la cita ajena como escudo. Alegó que Durant era, según él, un ferviente admirador de Jesucristo y que solo pretendía subrayar que la moralidad, por sí sola, no basta para garantizar la supervivencia de una civilización. La aclaración no borra el gesto. Un jefe de Estado no necesita rebajar a Cristo a la altura de un genocida de las estepas para justificar un bombardeo; lo hace porque, en el fondo, ese es exactamente el marco mental con el que opera: el poder desnudo por encima de cualquier principio ético, cristiano o de cualquier otro signo, y una superioridad implícita de quien ostenta la fuerza sobre quien predica la moderación.
Ben-Gvir y el escupitajo como doctrina de Estado.
Si Netanyahu disimula con citas de historiador, su ministro de Seguridad Nacional no se molesta ni en eso. Itamar Ben-Gvir, ideólogo del kahanismo y máximo responsable de la seguridad interior israelí, ha defendido en repetidas ocasiones las agresiones de colonos y ultraortodoxos contra sacerdotes, monjas y peregrinos cristianos en Jerusalén. Sus palabras, recogidas por organismos que documentan estos ataques, no dejan lugar a la ambigüedad: existe una antigua tradición judía según la cual, al pasar cerca de un monasterio o un sacerdote, se escupe, y a partir de ahí concluyó que discutir la costumbre es una cosa, pero convertir el escupitajo en delito penal es, para él, excesivo.
No es una salida de tono aislada. Ben-Gvir ya sostenía esa misma justificación antes de llegar al Gobierno, y una vez en el poder rebajó de nuevo la gravedad de los ataques documentados contra cristianos en la Ciudad Vieja de Jerusalén, alegando que el problema debía resolverse con educación y no con arrestos. Conviene decir, para no caer en la misma trampa de la generalización que ya denunciamos en un artículo anterior, que estas declaraciones fueron rechazadas por el propio Netanyahu, por el alcalde de Jerusalén y por varios rabinos y ministros israelíes, que las calificaron de ajenas a los valores judíos. Esa distancia interna es exactamente el dato que Ben-Gvir y compañía prefieren que se olvide.
Lo que revelan estos dos episodios.
Lo que une a Netanyahu y a Ben-Gvir no es una teología compartida, sino una misma lógica de poder: la convicción de que la fuerza y la pertenencia étnico-nacional priman sobre cualquier otra consideración, incluida la del respeto a otra fe. Uno lo dice con cita erudita en rueda de prensa internacional; el otro lo dice escupiendo, literalmente, a un cura en una calle de Jerusalén. El resultado es el mismo: el cristianismo, y los cristianos de carne y hueso que viven en Tierra Santa —muchos de ellos palestinos que llevan siglos allí, no visitantes—, quedan relegados a una categoría inferior en la jerarquía real del proyecto sionista, más allá de lo que digan sus leyes sobre la libertad de culto.
Este es el mismo Estado que se presenta ante las cancillerías occidentales, y muy especialmente ante la derecha evangélica norteamericana, como el gran aliado y guardián de la civilización judeocristiana. Los hechos, cuando se documentan con nombres y citas propias, cuentan una historia bastante distinta.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

