EL SIONISMO NO ES UNA VÍCTIMA DE LA HISTORIA: ES UNA IDEOLOGÍA DE ESTADO RACISTA.
Camaradas,
No hace falta inventar nada. Esa es la primera cosa que hay que decir cuando se habla del sionismo como proyecto político: la realidad documentada, dicha con la propia boca de sus dirigentes históricos y actuales, ya es suficientemente brutal. No necesitamos citas apócrifas ni frases fabricadas en foros de propaganda para demostrar que el sionismo, como ideología de Estado, se construyó sobre la negación sistemática de la existencia, de los derechos y hasta de la humanidad del pueblo palestino.
Lo que dicen sus propios fundadores.
En junio de 1938, en una reunión de la Agencia Judía, David Ben-Gurión —el hombre que fundaría el Estado de Israel diez años después— declaró sin rodeos: «Apoyo el traslado forzoso. No veo nada inmoral en ello.» No era una frase aislada ni sacada de contexto: era la formulación explícita de la política de «transferencia» —eufemismo para limpieza étnica— que la dirección sionista discutía abiertamente tras la Comisión Peel de 1937.
Treinta y un años después, en junio de 1969, la primera ministra Golda Meir lo explicaba aún con más claridad en una entrevista al Sunday Times: «No existía tal cosa como los palestinos… No es que hubiera un pueblo palestino en Palestina que se considerara a sí mismo como pueblo palestino y nosotros viniéramos y los echáramos y les quitáramos su país. No existían.»
Esto no es retórica de un extremista marginal. Es una primera ministra de Israel, en una entrevista oficial, con un registro completo y verificado por la propia historiografía académica occidental.
Cincuenta y cuatro años después, la misma negación.
Lo que más debería inquietarnos no es que estas ideas existieran en 1938 o 1969. Es que siguen ahí, intactas, en boca de quienes hoy gobiernan Israel.
En marzo de 2023, en París, el actual ministro de Finanzas Bezalel Smotrich declaró: «No existe tal cosa como los palestinos porque no existe tal cosa como el pueblo palestino.» «No hay historia palestina. No hay idioma palestino.» El público aplaudió. Francia calificó sus palabras de «vergonzosas e irresponsables»; Jordania convocó al embajador israelí. En 2024, el mismo Smotrich afirmaría que dos millones de palestinos en Gaza querían «degollar, violar y asesinar judíos» —la justificación perfecta, como siempre, para lo que vino después.
Itamar Ben-Gvir, hoy ministro de Seguridad Nacional, fue condenado en 2007 por incitación al racismo y apoyo a una organización terrorista —el movimiento Kach, ilegalizado tras la masacre de 29 fieles palestinos en Hebrón en 1994. Tiene al menos ocho condenas a lo largo de su carrera. En marzo de 2026, celebró la aprobación en el parlamento israelí de una ley que hace de la pena de muerte la sentencia por defecto para palestinos juzgados en tribunales militares.
La religión puesta al servicio de la supremacía.
No es solo la política. Es también la religión oficial convertida en justificación teológica de la desigualdad.
En octubre de 2010, el rabino Ovadia Yosef, entonces líder espiritual del partido Shas y ex Gran Rabino sefardí de Israel, dijo en su sermón semanal: «Los goyim nacieron solo para servirnos. Sin eso, no tienen lugar en el mundo; solo para servir al Pueblo de Israel.» «¿Para qué se necesitan los gentiles? Trabajarán, ararán, cosecharán.» El público rio. El American Jewish Committee calificó las palabras de «aborrecibles y una ofensa a la dignidad humana».
El rabino Mordechai Eliyahu, también ex Gran Rabino sefardí, declaró en 2005 que el tsunami que había matado a 230.000 personas en Asia era un castigo divino por el apoyo internacional a la retirada israelí de Gaza. En 2006 llegó a decir que el asesinato nazi de seis millones de judíos europeos había sido un castigo por los cambios rituales del movimiento Reformista.
Y luego está Torat HaMelej —»La Torá del Rey»—, el libro escrito por los rabinos Yitzhak Shapira y Yosef Elitzur, que discute en detalle las circunstancias bajo las cuales supuestamente es lícito matar a no judíos, incluidos bebés, «porque está claro que crecerán para hacernos daño». El Tribunal Supremo israelí, tras investigarlo, declaró que «es difícil dudar del enfoque racista de los autores». El rabino Dov Lior, que respaldó el libro, fue arrestado en 2011 por negarse a declarar. Cuando era rabino jefe del ejército israelí ya había dicho: «No existen los civiles en tiempos de guerra… ¡mil vidas no judías no valen la uña de un judío!». En 2014 emitió un dictamen religioso afirmando que la ley judía permitía la destrucción de Gaza para «exterminar al enemigo».
El odio no se detiene en los palestinos musulmanes.
En diciembre de 2015, Benzi Gopstein, líder del movimiento Lehava, publicó un artículo calificando a los cristianos de «vampiros chupasangre» y llamando a su expulsión de Tierra Santa: «Debemos eliminar a los vampiros antes de que vuelvan a beber nuestra sangre.» La Asamblea de Obispos Católicos de Tierra Santa condenó sus palabras. En 2024, los Estados Unidos sancionaron a Gopstein y a Lehava por su papel en el fomento de la violencia de colonos contra los palestinos.
Cuando el «político» se convierte en genocida.
En julio de 2014, un día antes de que colonos israelíes secuestraran y quemaran vivo al adolescente palestino Mohammed Abu Khdeir, la entonces diputada Ayelet Shaked —más tarde ministra de Justicia— compartió en Facebook un texto del fallecido Uri Elitzur, exjefe de gabinete de Netanyahu: «El pueblo palestino nos ha declarado la guerra, y debemos responder con guerra… Son todos combatientes enemigos, y su sangre caerá sobre sus cabezas. Esto también incluye ahora a las madres de los mártires… Deberían irse, igual que las casas físicas en las que criaron a las serpientes. Si no, allí se criarán más pequeñas serpientes.»
Esto se escribió y compartió desde un escaño parlamentario israelí. Y fue compartido miles de veces con miles de «me gusta».
Cuando el «rescate» también es propaganda: el caso de Colombia.
Y por si alguien piensa que esto es solo historia o política de otro continente, miremos lo que pasó hace apenas unas semanas, en agosto de 2026, en Colombia.
El 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente colombiano: más de 290 muertos, cerca de 4.000 heridos, más de 350 desaparecidos. Ese mismo día —el mismo día de la tragedia—, el nuevo gobierno de ultraderecha de Abelardo de la Espriella reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, territorio sirio ocupado por Israel desde 1967 y condenado por la Resolución 497 del Consejo de Seguridad de la ONU. No fue casualidad: formó parte de un giro de ciento ochenta grados en política exterior que en apenas siete días llevó también al reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y a la autorización de operaciones militares estadounidenses en territorio colombiano, anunciadas —ni siquiera por el propio gobierno colombiano, sino por el secretario de Guerra de EEUU, Pete Hegseth— en una cumbre en Panamá.
Israel envió a Colombia una delegación de 82 personas de las Fuerzas de Defensa de Israel —rescatistas, ingenieros y tecnólogos militares—, encabezada por Roni Kaplan, portavoz activo del ejército israelí en castellano. La delegación llegó el 14 de agosto, cuatro días después del terremoto, cuando ya terminaba la fase crítica de rescate de supervivientes. México, con 255 militares especializados y veinte binomios caninos preparados, se quedó esperando: el gobierno de De la Espriella nunca le cursó petición formal. Tampoco se la pidió a las Naciones Unidas, que confirmaron no haber recibido ninguna solicitud oficial de asistencia internacional. Colombia limitó los apoyos autorizados a cuatro países: Estados Unidos, Israel, El Salvador y Ecuador —tres de ellos aliados ideológicos declarados del nuevo gobierno.
El propio Kaplan fue grabado en un vídeo metido en un agujero completamente limpio, sin polvo en el traje, sin guantes, describiendo con voz grave «diez cadáveres» bajo sus pies, en una escenificación tan evidente que hasta medios generalistas como *Público* la calificaron de «pantomima». Concejales y diputados colombianos, entre ellos Santiago Osorio, exigieron la retirada inmediata del contingente por considerar que su presencia —soldados en activo de un ejército extranjero operando en territorio nacional sin aval del Senado— constituye una violación constitucional de la soberanía colombiana. El exconcejal de Bogotá Carlos Carrillo lo resumió con una frase que lo dice todo: «No vienen hoy a Colombia a ayudar, vienen a hacer política con el dolor de la tragedia.»
Y es eso, exactamente eso, lo que llevan haciendo desde 1948: convertir cada tragedia ajena en una oportunidad de lavado de imagen, mientras el mismo ejército que envía «soldados de paz» a Cali sigue bombardeando Gaza. No hay contradicción en eso para ellos. Es la misma lógica que recorre todo este artículo: la vida palestina no cuenta, y la compasión hacia el resto del mundo es, sobre todo, una herramienta de relaciones públicas.
La conclusión que no necesita adornos.
No hace falta inventar citas de Menachem Begin sobre «razas de amos» —esa en concreto es apócrifa, y usarla solo sirve para que los defensores del sionismo descalifiquen todo lo demás por el precio de un hecho comprobable. Lo que no es apócrifo, lo que está documentado por agencias de noticias, hemerotecas, el Tribunal Supremo israelí y las propias palabras grabadas de los protagonistas, ya basta y sobra para decir esto con toda claridad:
El sionismo, como ideología de Estado, no nació como respuesta defensiva de un pueblo sin tierra. Nació, creció y gobierna hoy sobre la negación explícita, repetida y orgullosa de la existencia de otro pueblo. Desde Ben-Gurión hasta Smotrich, desde Golda Meir hasta Ben-Gvir, la línea es continua y reconocida por los propios protagonistas.
Más de diez mil niños asesinados en Gaza. Un Estado que sanciona a organizaciones que llaman «vampiros» a los cristianos pero no consigue procesar a los rabinos que justifican matar bebés. Un ministro de Finanzas que niega la existencia de un pueblo entero mientras celebra la pena de muerte para sus hijos.
Esto no es antisemitismo decirlo. Es historia documentada. Y quien tolera esto en silencio, también es cómplice.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández
—*Nota metodológica: todas las citas incluidas en este artículo fueron verificadas contra fuentes primarias y hemerotecas contrastadas —agencias de noticias (JTA, AP, Reuters), prensa internacional (Times of Israel, Haaretz, CNN, Al Jazeera, BBC), organismos oficiales (Tribunal Supremo de Israel, departamentos de Estado de varios países) y trabajos académicos revisados. Se descartó deliberadamente una cita atribuida a Menachem Begin («raza de amos») por carecer de fuente primaria verificable y tener origen rastreable en un texto de propaganda antisemita de 2003.*

