Yolanda Díaz rumbo a Ginebra: ella asciende y los suyos también encuentran acomodo
Camaradas:
Hay noticias que no sorprenden, pero que igualmente indignan. El Gobierno de Pedro Sánchez ha oficializado la candidatura de Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, para dirigir la Organización Internacional del Trabajo. Sánchez lo ha presentado como un «honor» en sus redes; ella misma ha hablado de representar «a España, Europa, el Sur Global y toda la comunidad internacional». Palabras grandilocuentes para quien, en casa, ha dejado casi intacta buena parte de la arquitectura laboral heredada de la reforma de 2012.
La operación no es improvisada. La candidatura lleva meses de preparación y Díaz ha mantenido contactos internacionales para recabar apoyos antes de formalizarla. Compite con el actual director general, el togolés Gilbert Houngbo, que aspira a la reelección. La votación está prevista para el 16 de noviembre de 2026 y el mandato del nuevo director general comenzará el 1 de octubre de 2027.
Tiempo de sobra, camaradas, para que esta operación de imagen se cueza a fuego lento mientras aquí seguimos hablando de salarios insuficientes, precariedad y trabajadores que llegan a fin de mes con enormes dificultades.
El maquillaje que no engaña a nadie.
Resulta casi cómico —si no fuera tan indignante— que quien aspira a presentarse como adalid del «trabajo decente» en el mundo se presente ahora como referente internacional mientras en España sigue abierto el debate sobre los límites reales de las reformas laborales. La reforma de 2012 introdujo mecanismos que permitieron modificaciones sustanciales de condiciones de trabajo y reforzó determinadas facultades empresariales. Aunque la reforma laboral de 2021-2022 modificó aspectos importantes, no puede decirse que haya desaparecido toda la capacidad empresarial de modificar determinadas condiciones laborales.
CCOO y UGT, fieles a su papel dentro del actual modelo de diálogo social, han vuelto a presentar acuerdos laborales como grandes conquistas. Desde una perspectiva de sindicalismo de clase, podemos preguntarnos si esos acuerdos representan una transformación profunda de las relaciones laborales o si, por el contrario, terminan funcionando como retoques sobre un sistema que mantiene intactas muchas de sus estructuras fundamentales.
Y, mientras tanto, la precariedad sigue instalada en sectores enteros, el paro juvenil continúa siendo un problema grave y las colas del hambre y los desahucios no han desaparecido de nuestras calles. Esa es la España real que Yolanda Díaz dejaría atrás para instalarse en Ginebra si finalmente obtiene el puesto. El cargo de director general de la OIT tiene, además, una remuneración muy superior a la de un trabajador común, con una retribución anual que supera los 200.000 euros brutos según informaciones publicadas sobre el puesto.
La socialdemocracia siempre encuentra la manera de convertir las carreras políticas en carreras profesionales, mientras a los de abajo se nos sigue pidiendo paciencia, moderación y sacrificio.
Del cielo no baja ni el salario ni la dignidad.
Y, hablando de premiarse con relatos convenientes: hace apenas unos meses, la propia ministra afirmaba que el papa León XIV es «el mejor defensor del trabajo digno en el mundo». Aquellas palabras deberían hacernos reflexionar. ¿Quién tiene la responsabilidad de garantizar los derechos de la clase trabajadora: un líder religioso o los poderes públicos elegidos para ello?
Resulta difícil de entender que quien dispone de instrumentos legales, presupuestarios y administrativos para combatir la explotación laboral señale a una autoridad religiosa como referencia principal en la defensa del trabajo digno. Aquello recordaba, inevitablemente, a cuando Fátima Báñez agradeció en 2012 a la Virgen del Rocío su ayuda para mejorar los datos del paro.
Ni la Virgen creó empleo entonces ni el Papa va a garantizar hoy salarios dignos, jornadas justas o convenios cumplidos. Eso se defiende con leyes, con inspecciones de trabajo dotadas de medios reales y con sanciones a quienes incumplen, no con sermones ni con guiños religiosos desde un Estado que constitucionalmente se declara aconfesional.
El reparto de sillones entre las élites
Y aquí llegamos al verdadero fondo de la cuestión.
Que Trump quiera premiar a Infantino con la ONU y que el PSOE impulse a Yolanda Díaz hacia la OIT no es, desde esta perspectiva, una contradicción: forma parte de una política internacional en la que los dirigentes de las grandes estructuras institucionales circulan de un puesto de poder a otro mientras el trabajo real —el nuestro, el de cada día, el de quien carga palés o ficha turnos de noche— sigue sin encontrar quien lo defienda de verdad.
Las organizaciones internacionales no pueden convertirse en destinos honoríficos ni en premios de consolación para dirigentes que ya han agotado su recorrido político interno.
Y tampoco podemos dejar de preguntarnos qué ocurre con el entorno político que acompaña estas carreras. Porque el problema no es únicamente que una dirigente ascienda: es que, alrededor de determinadas estructuras políticas, aparecen también carreras, cargos, asesorías y puestos bien remunerados que alimentan la percepción de que existe una auténtica maquinaria de promoción de los propios.
Si queremos hablar de regeneración política, tendremos que hablar también de transparencia, de puertas giratorias y de cómo se distribuyen los cargos y las oportunidades dentro de las estructuras de poder.
Camaradas, los derechos no caen del cielo ni se conceden en Ginebra por currículum diplomático. Se conquistan en los centros de trabajo, se legislan con voluntad real y se hacen cumplir mediante inspección y organización sindical de clase, no mediante un diálogo social convertido en gestión ordenada de la derrota obrera.
Menos sillones internacionales y más inspectores de trabajo en la calle.
Menos carreras políticas convertidas en carreras profesionales y más derechos para quienes sostienen este país con su trabajo.
Menos honores para los de arriba y más justicia para quienes fichan turnos de noche.
¡Hasta la victoria siempre! ✊
André Abeledo Fernández

