Trump, el aprendiz de brujo que ya no controla su propio incendio
Donald Trump anuncia ahora que «detendrá» los ataques contra Irán porque, según él, es un Estado fallido que «caerá solo». A buenas horas llega esta ocurrencia, después de meses de guerra ilegal, de miles de muertos, de magnicidios políticos y de un bloqueo del estrecho de Ormuz que ha puesto de rodillas a la economía energética mundial. El inquilino de la Casa Blanca descubre ahora, con el arsenal de misiles de su Pentágono bajo mínimos, que quizás no hacía falta desatar el infierno. Qué generosidad la suya.
No nos engañemos: esto no es un gesto de contención ni un arrebato de lucidez tardía. Es el reconocimiento, disfrazado de estrategia, de que el imperio se ha quedado sin munición —literal y políticamente— para sostener una guerra que nunca debió empezar. Trump no «detiene» nada por humanidad. Detiene lo que ya no puede financiar ni sostener.
Este mismo hombre, que ahora se permite el lujo de la displicencia geopolítica, es el que ha sostenido sin fisuras al Israel genocida de Netanyahu mientras Gaza era arrasada bajo la mirada cómplice de las cancillerías occidentales. Es el mismo que ha bendecido un ataque cobarde e ilegal contra Irán en pleno proceso de negociación diplomática, reventando cualquier posibilidad de paz para satisfacer su ego imperial y los intereses del complejo militar-industrial que lo sostiene. Y es el mismo cuya aventura bélica ha provocado una crisis energética y económica que golpea, como siempre, a los pueblos trabajadores del mundo, no a los accionistas de Lockheed Martin ni a los fondos de inversión que especulan con el petróleo mientras arden ciudades.
Trump no es simplemente un mentiroso compulsivo ni un anciano errático que confunde ruedas de prensa con espectáculos de variedades. Es la cabeza visible —grotesca, sí, pero funcional— de un sistema imperialista que necesita guerras permanentes para sostener su hegemonía en declive. Cada bomba lanzada sobre Irán, cada niña asesinada bajo los escombros de una escuela primaria, cada buque hundido en Ormuz, no es un «error» ni un «exceso»: es la lógica misma del capitalismo en su fase más depredadora, la del imperialismo que necesita sangre ajena para financiar su decadencia.
Frente a esto, la clase trabajadora del mundo no puede limitarse a contemplar el espectáculo. La solidaridad internacionalista con el pueblo iraní, como con el pueblo palestino, no es una opción retórica: es una obligación de clase. Quien calla ante el genocidio, calla ante el imperio. Quien no denuncia a Trump y a sus socios —Netanyahu y toda la internacional reaccionaria que los sostiene— es cómplice por omisión.
No hay «estadista» en Trump. Hay un peligro para la humanidad entera, un hombre que juega con arsenales nucleares y bloqueos económicos como quien juega al póker con fichas ajenas, sin medir que cada ficha es una vida humana. Que ahora hable de Irán como «Estado fallido» que «caerá solo» no es sino la confirmación de su cinismo: primero se bombardea, se asesina, se bloquea y, cuando el coste se vuelve insostenible, se disfraza la retirada de sabiduría estratégica.
La historia, sin embargo, no olvida. Ni olvidará a las víctimas de esta guerra imperialista ni la complicidad de quienes, desde los despachos europeos, miraron para otro lado mientras Oriente Medio ardía. La única salida real pasa por el fin de las agresiones imperialistas, el respeto a la soberanía de los pueblos y la solidaridad internacionalista de la clase trabajadora frente a quienes, desde el poder, juegan con la vida de millones como si fueran piezas de ajedrez.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

