«Marx era satanista»: la broma macabra de tener a un ignorante como presidente
Camaradas:
Javier Milei ha dicho que el marxismo «implica el exterminio físico de individuos» y que «el programa de Dios trae abundancia y armonía; la elección no es política, es moral». Sería una broma de mal gusto si no fuese terriblemente serio que semejante personaje gobierne un país. Lo dice el mismo individuo al que se acusa de dejar a enfermos de cáncer sin medicamentos y a ancianos con pensiones insuficientes. Ahí está la verdadera moral de Milei: la del sálvese quien pueda, la del desprecio absoluto por quien sufre.
Porque satánico, si hay que utilizar su propio vocabulario religioso, es quien no siente ninguna empatía por el dolor ajeno y considera terrorismo la justicia social. Un hombre que ha hablado públicamente de su consumo de medicación psiquiátrica y que ha protagonizado declaraciones extravagantes sobre sus perros, mientras pretende presentarse como referente moral, está muy lejos de cualquier prédica de humanidad.
Vivimos tiempos oscuros en los que el neofascismo y el capitalismo salvaje avanzan sin freno a escala global. Nos venden recetas mágicas disfrazadas de rebeldía, pero la realidad golpea siempre a los mismos: a la clase trabajadora. El ejemplo más brutal de esta barbarie lo tenemos hoy en la Argentina de Milei.
A Milei le encanta presentarse como adalid de la libertad, «anarcocapitalista» que venía a destruir los privilegios de la casta. Esa fue, desde el primer día, la gran estafa. Quienes defendemos a los de abajo sabemos perfectamente que, para el neoliberalismo más extremo, la palabra «libertad» solo significa una cosa: la libertad de los poderosos para explotar sin límite y el sálvese quien pueda para todos los demás.
La realidad demuestra que la «casta» contra la que Milei decía luchar nunca fueron los grandes empresarios ni los fondos buitre. La verdadera casta que su gobierno ha decidido aplastar es la clase trabajadora con derechos. Quienes sufren sus políticas no son los millonarios: son los obreros que pierden su empleo, los pensionistas desamparados y las familias que tienen dificultades para llegar a fin de mes mientras ven deteriorarse los servicios públicos. Milei solo gusta a quien tiene la barriga llena.
El verdadero peligro de figuras mesiánicas como esta es que no surgen de la nada. Son también el resultado del fracaso de una izquierda institucional que se alejó de la calle, que hizo política de salón y que contribuyó a dejar espacio a la extrema derecha. Cuando el pueblo se siente desprotegido y carece de una organización fuerte, es más fácil engañarlo con discursos de odio y promesas vacías.
Argentina es hoy una lección dolorosa para toda la clase obrera mundial: nos muestra de forma dramática qué ocurre cuando un pueblo pierde la conciencia de clase. Sin conciencia colectiva ni organización sindical, es mucho más fácil que los trabajadores sean dominados y que sus derechos sean recortados.
Milei representa, a juicio de quienes sufrimos sus políticas, el capitalismo en una de sus formas más deshumanizadas: una máquina de generar desigualdad que, de seguir así, puede arrastrar al país a un profundo abismo social. Dolarización, aumento del coste de numerosos servicios y alimentos, privatización de lo público y reducción de ayudas a los sectores más vulnerables: eso es lo que preocupa a la clase trabajadora argentina.
Y hay que decirlo sin medias tintas: Milei es un sionista confeso, que ha convertido su alineamiento con Israel en una de las señas centrales de su política exterior, dispuesto a subordinar la soberanía argentina a intereses extranjeros. No parece defender una política exterior basada prioritariamente en las necesidades de su pueblo, sino una alineación internacional muy concreta. Porque Milei, además de representar una determinada concepción neoliberal, actúa —a juicio de sus críticos— como un auténtico vendepatrias: su verdadera patria parece ser el dinero, venga de donde venga.
Pero la historia también enseña que el pueblo organizado termina despertando. La respuesta frente al salvajismo neoliberal debe ser la movilización, la solidaridad internacionalista y la lucha social para recuperar cada derecho que pretenden arrebatarnos. Milei puede gustar a quien no pasa hambre en Argentina o a quien conserva su empleo. Pero resulta mucho más difícil que convenza a quien no puede alimentar a sus hijos, a quien ha perdido su trabajo o a quien se siente estafado por un discurso contra la casta que terminó dirigiéndose contra buena parte de la propia clase trabajadora.
Votaron a un anarcocapitalista y ahora Argentina atraviesa una profunda transformación económica y social. Milei pasará a la historia por haber llegado al poder con un discurso basado en la ruptura radical, los insultos, las consignas contra la «casta» y la imagen de la motosierra, prometiendo que recetas ya aplicadas en otros lugares serían la solución para su país. Apagar un incendio con gasolina: esa es la imagen que muchos argentinos utilizan para describir unas políticas que consideran agravantes de una situación ya desesperada.
Milei en Argentina es, para quienes observamos la política española desde la izquierda, una advertencia sobre lo que podría significar un gobierno de Vox o del PP con mayoría absoluta y una agenda neoliberal radical. Argentina es una lección para la clase trabajadora de todo el planeta. Los ricos creen que los pobres se conforman con cualquier miseria, y eso es lo que reparten hasta el día en que la clase trabajadora se canse y decida disputar el poder económico y político. Quienes administran esa miseria a cuentagotas, disfrazándola de caridad o de reforma, también forman parte del problema: no hay una buena gestión de la miseria; hay redistribución, derechos y lucha social.
No existe gobierno alguno, por autoritario que se crea, capaz de ignorar indefinidamente la fuerza de una sociedad organizada. Una huelga general sostenida, acompañada de movilización social y participación popular, puede alterar profundamente el equilibrio político y económico de un país. Ese es el poder real que tiene la clase obrera cuando se organiza y deja de mirar hacia otro lado: el poder de detener la producción, el transporte y los servicios hasta que el capital entienda que, sin nuestras manos, no mueve un solo engranaje.
Por eso la oligarquía necesita, en muchas ocasiones, dirigentes sindicales dóciles y estructuras sindicales que negocien únicamente migajas y llamen a la calma cuando debería existir una respuesta firme. Necesita dividir nuestras filas porque sabe que, unidos y organizados, los trabajadores tenemos una fuerza que ninguna motosierra puede detener.
La lección argentina es también una lección sindical: donde el movimiento obrero se debilita, se burocratiza o se deja domesticar, el capital avanza sin freno. Donde se organiza, resiste y planta cara en la calle, el capital encuentra límites. No hay término medio frente a un proyecto que considera que los derechos sociales son prescindibles.
¡Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

