CUBA: LA DIGNIDAD QUE WASHINGTON NUNCA PERDONARÁ

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CUBA: LA DIGNIDAD QUE WASHINGTON NUNCA PERDONARÁ

Camaradas:

Hay una contradicción que atraviesa más de seis décadas de política exterior estadounidense: Washington hizo las paces con Vietnam, pero nunca hizo las paces con Cuba.

Estados Unidos combatió durante años en Vietnam, empleó napalm y agente naranja y dejó una devastadora huella humana. Sin embargo, décadas después normalizó sus relaciones con aquel país y desarrolló con él importantes vínculos comerciales.

Con Cuba ocurrió lo contrario.

A noventa millas de sus costas, una revolución socialista rompió con la tutela estadounidense y estableció un proyecto político propio. Ese es el punto que permite entender la persistencia del conflicto: Cuba no solo adoptó un modelo ideológico distinto; desafió la hegemonía de Washington en su propio hemisferio.

EL DESAFÍO CUBANO

La Revolución cubana triunfó en 1959 y pronto entró en confrontación con los intereses estadounidenses. La invasión de Playa Girón fracasó, pero la política de presión continuó.

Fidel Castro resumió la cuestión al señalar que lo que Estados Unidos no podía perdonar era que una revolución socialista hubiera triunfado «en sus propias narices».

Más allá de la retórica revolucionaria, hay un hecho histórico difícil de ignorar: la existencia de una Cuba independiente de Washington cuestionaba la idea de que América Latina y el Caribe debían permanecer dentro de su esfera de influencia.

Por eso Cuba adquirió una importancia que desbordaba su tamaño.

EL EMBARGO COMO INSTRUMENTO DE PRESIÓN

En 1962 Estados Unidos formalizó el embargo económico contra Cuba. Posteriormente, las leyes Torricelli y Helms-Burton ampliaron y consolidaron sus mecanismos.

El objetivo político de esta estrategia ha sido ejercer presión económica para provocar cambios en la conducta y en el sistema político cubano.

El problema es que la presión económica sobre un Estado nunca afecta únicamente a sus dirigentes. Sus consecuencias alcanzan también a empresas, trabajadores y familias, especialmente cuando se prolonga durante décadas.

Eso no significa atribuir todos los problemas de la economía cubana al embargo. Sería una simplificación. Las decisiones del Gobierno cubano, sus políticas económicas y sus propios errores también forman parte de la explicación.

Pero la existencia de responsabilidades internas no convierte en irrelevante la presión externa.

Ambas realidades pueden coexistir.

UNA POLÍTICA QUE SOBREVIVE A LOS PRESIDENTES

La Administración Obama inició en 2015 un proceso de acercamiento con La Habana, pero no eliminó el entramado legal del embargo.

Donald Trump revirtió buena parte de esa apertura y endureció nuevamente la política hacia Cuba.

Joe Biden introdujo algunos cambios, pero mantuvo buena parte de las restricciones heredadas.

El resultado es significativo: el enfrentamiento con Cuba ha sobrevivido a administraciones demócratas y republicanas, al final de la Guerra Fría y a profundas transformaciones del escenario internacional.

Eso demuestra que no estamos ante una simple decisión personal de un presidente.

Es una cuestión estructural de la política exterior estadounidense.

LA DOCTRINA MONROE Y LA SOBERANÍA LATINOAMERICANA

La historia de Cuba tampoco puede separarse de la relación entre Estados Unidos y América Latina.

Desde la Doctrina Monroe, Washington desarrolló una concepción del hemisferio occidental como un espacio de influencia privilegiada. La historia posterior estuvo marcada por intervenciones, presiones y conflictos con gobiernos que cuestionaron esa posición.

Cuba representa uno de los casos más prolongados de resistencia a esa lógica. Y por eso la cuestión cubana trasciende a la propia isla.

El verdadero debate es si los países latinoamericanos tienen derecho a elegir su modelo político y sus alianzas internacionales sin quedar sometidos a la aprobación de Washington.

DEFENDER LA SOBERANÍA NO SIGNIFICA IDEALIZAR A CUBA

La defensa de Cuba no exige negar sus problemas.

Se puede criticar al Gobierno cubano, cuestionar sus políticas, defender mayores libertades y denunciar aquello que consideremos injusto dentro de la isla.

Pero también se puede sostener, al mismo tiempo, que ninguna potencia extranjera debería utilizar su poder económico para imponer a otro pueblo el sistema político que considera aceptable.

Esa distinción es fundamental.

Porque si la soberanía solo se defiende cuando el Gobierno de turno nos gusta, entonces no estamos defendiendo realmente la soberanía: estamos defendiendo nuestra propia preferencia política.

LO QUE CUBA REPRESENTA

Cuba sigue siendo una cuestión incómoda porque demuestra que un país pequeño puede desafiar durante décadas la voluntad de una superpotencia.

Con sus aciertos y sus errores, la Revolución cubana sobrevivió al mundo que la vio nacer.

Y esa supervivencia tiene una dimensión política que trasciende las fronteras de la isla: cuestiona la idea de que la hegemonía de una potencia sobre su entorno sea inevitable.

Por eso la cuestión cubana no debería reducirse a una defensa ciega del Gobierno cubano ni a una condena automática de todo lo que ocurre en la isla.

La cuestión fundamental es otra:

¿Quién tiene derecho a decidir el futuro de Cuba?

La respuesta, si creemos realmente en la soberanía de los pueblos, solo puede ser una: el pueblo cubano. No Washington. No la Casa Blanca. No ninguna potencia extranjera.

Cuba podrá ser criticada. Su Gobierno podrá ser cuestionado. Sus políticas podrán ser debatidas.

Pero su futuro no debería decidirse mediante presiones externas.

Esa es, en última instancia, la dignidad que Washington nunca consiguió doblegar.

 

¡Hasta la victoria siempre! ✊

 

André Abeledo Fernández

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