El obrero que se cree capitalista (y el lacayo que sueña con heredar la empresa)
Camaradas, hay una confusión que se extiende por los vestuarios, las cadenas de montaje y las cajas de los supermercados: la de aquel trabajador que, sueldo en mano, se declara capitalista. Y no, compañeros, no lo es. Ni se le parece.
Ser capitalista no es una actitud, es una posición.
Ser capitalista no es un estado de ánimo ni una simpatía ideológica que se compra en una tertulia de bar. Ser capitalista es ocupar una posición material y objetiva: ser propietario de los medios de producción y vivir del trabajo ajeno. Y aquí está la prueba del algodón: poder dejar de trabajar un año entero y que no pase absolutamente nada. Ese es el capitalista real. El que no depende de un salario, sino que el salario de otros depende de él.
El trabajador asalariado puede ganar mucho o poco, tener un buen coche, incluso ahorrar algo. Puede decir que es capitalista, puede votar como un capitalista, puede sentirse superior a sus propios compañeros. Pero ninguna de esas cosas lo convierte en propietario de los medios de producción. La propiedad no es una cuestión de actitud.
Al trabajador lo despiden; al dueño, no. El trabajador depende de un empleo. Si la empresa decide prescindir de él, puede quedarse sin salario de la noche a la mañana. El capitalista propietario no tiene ese problema: al dueño no lo despiden, porque el dueño no puede despedirse a sí mismo.
Puede quebrar, puede perder patrimonio, incluso arruinarse —pero eso es otra cosa muy distinta: una quiebra no lo convierte en un trabajador despedido. Son posiciones diferentes.
Él no tiene que levantarse cada mañana preguntándose si mañana seguirá teniendo trabajo. Ese es uno de los privilegios fundamentales de la propiedad del capital.
El sueldazo no convierte a nadie en capitalista.
Por mucho que gane hoy, si mañana lo despiden y tiene deudas —que las tiene, porque este sistema empuja a todos a endeudarse—, no las puede pagar. Se hunde. Se queda sin nada. La pobreza, o directamente la miseria, lo espera a la vuelta de la esquina, salvo que tenga una familia que lo sostenga.
Ese es el abismo que separa al asalariado del capitalista, y ningún sueldo, por alto que sea, lo cierra.
Compartir mesa no es ser de los suyos.
Por eso, el trabajador que cree compartir mesa con los capitalistas —cualquiera que sea su rango, su sueldo o su cargo— en realidad está debajo de esa mesa, esperando las migajas. La sirve, sí. Pero no es uno de ellos.
Y el que tiene clarísimo que jamás será uno de ellos es, paradójicamente, el trabajador con conciencia de clase más lúcido de todos.
El esquirol y el chivato: el desprecio de todos.
Pero hay un escalón todavía más bajo: el del que hace la pelota, el que se cree que por currar más horas, por hacer de esquirol o por chivarse de sus compañeros va a heredar la empresa.
La empresa no se hereda por obedecer, ni por delatar, ni por ser el más dócil.
El capitalista lo usa mientras le resulte útil, y cuando deja de serlo, lo desecha sin más.
Ese personaje no solo no merece respeto —porque ha renunciado a su dignidad—, sino que es despreciado por los dos bandos: por el capitalista, que lo usa y lo desprecia igual, y por el trabajador con conciencia de clase, que no perdona la traición.
Camaradas, la lección es clara: no hay sueldo que compre la seguridad del capital, ni servilismo que compre el respeto de nadie.
Hay que elegir de qué lado de la mesa se está, y sobre todo, con qué dignidad.
Até a vitoria sempre!.
André Abeledo Fernández

