Che Guevara: el hombre que eligió el lado correcto de la historia.

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Che Guevara: el hombre que eligió el lado correcto de la historia.

Camaradas,

Hoy, 9 de octubre, se cumplen cincuenta y nueve años del asesinato de Ernesto Guevara de la Serna en La Higuera, Bolivia. Lo ejecutó el ejército boliviano, a las órdenes del dictador Barrientos y siguiendo las directrices de la CIA. Creyeron que matando al hombre mataban la idea. Se equivocaron, como siempre se equivoca el poder cuando cree que una verdad se puede matar con una bala.

Cruzar la barricada.

Hay personas que nacen al otro lado de la barricada y deciden cruzarla. El Che nació en Rosario, en 1928, en una familia acomodada. Pudo ser un médico de ricos, vivir bien y morir viejo y tranquilo. Eligió mirar de frente la miseria del mundo y ponerse de parte de quienes la sufren.

Recorrió América Latina y vio a los mineros bolivianos, a los campesinos guatemaltecos, al imperialismo yanqui derribando gobiernos que osaban tocar los intereses de las multinacionales. Y entendió lo que muchos médicos no entienden: que no se cura al enfermo sin atacar la causa de la enfermedad. Aquella enfermedad tenía nombre: capitalismo y su brazo armado, el imperialismo.

Un cuadro comunista, no un santo.

Me cansa ver al Che reducido a una camiseta, a un póster de dormitorio, a una marca. Es lógico que el sistema quiera vaciarlo: si la gente lee lo que pensaba y hacía, la camiseta se convierte en conciencia de clase.

El Che fue ministro de Industrias, presidente del Banco Nacional de Cuba, comandante y embajador de la Revolución en el mundo. Se instruyó, teorizó y, lo más importante, participó en la inmensa tarea de construir el socialismo. No fue un romántico ni un aventurero, y tampoco un santo: fue un hombre, un hijo, un padre, un amigo, un comunista consecuente que vivió y murió dando ejemplo.

Codo con codo con la clase obrera.

Lo que más me habla como sindicalista no es la imagen del guerrillero con boina y fusil. Es la del ministro bajando a los muelles de La Habana a trabajar con los estibadores, o junto a los constructores en una obra, compartiendo criterio con obreros, técnicos y profesionales. Eso no lo hace ningún político de los que hoy nos gobiernan. Para el Che la clase obrera no era una pose: era el motor de la revolución y su razón de ser.

Y es lo contrario de lo que predica la derecha, que ve a los trabajadores como un coste a reducir y una variable de ajuste que disciplinar con el miedo al despido. Hoy VOX propone abrir los comercios 365 días al año para que las dependientas no tengan vida fuera del turno. El PP abarata el despido para que el miedo nos mantenga callados. La ultraderecha ataca a los sindicatos para dejar al trabajador solo frente al patrón. Frente al individuo competitivo, consumidor y egoísta que el capital necesita, el Che apostaba por el hombre nuevo: solidario, consciente, comprometido con su comunidad.

Sus errores también enseñan.

Sería deshonesto hablar del Che sin hablar de sus contradicciones. Apostó en exceso por el foco guerrillero y no situó en el centro el trabajo paciente entre las masas. Bolivia fue la consecuencia trágica de ese error estratégico, y un revolucionario honesto no puede ignorarlo. Pero aquellos errores nacían de la urgencia ante el sufrimiento humano, de una impaciencia que se comprende cuando se tiene delante tanta miseria. Lo que hace grande a un revolucionario no es la ausencia de errores, sino la honestidad intelectual y el compromiso inquebrantable con los oprimidos.

La campaña de bulos.

Ahora la derecha recupera el anticomunismo de la guerra fría y la caza de brujas. Aprietan de nuevo las tuercas a la clase trabajadora y temen que se organice. Acusan al Che de machista, de homófobo, de asesino, y se suman también algunos progres cargados de ignorancia.

Juzgar a un personaje histórico sin su contexto es infantilismo o una forma hipócrita de prostituir la historia. Lo llaman asesino por los fusilamientos de La Cabaña. Pero quienes fueron juzgados allí eran torturadores y criminales del régimen de Batista, señalados por sus víctimas, por sus familiares y por testigos. Como en cualquier conflicto bélico y en cualquier salida de una dictadura, se aplicó justicia de excepción: la conoció la Francia liberada y la aplicaron los tribunales aliados tras la Segunda Guerra Mundial. Eso es justicia revolucionaria, no el asesinato de civiles que practicaban otros, con bombas y golpes de Estado, a costa de los pueblos. Que se hable entonces del contexto completo. Y de una época en la que la homofobia estaba institucionalizada en todo el mundo: en España, con la Ley de Peligrosidad Social; en Estados Unidos, con leyes de sodomía y redadas policiales. En ningún país del planeta se reconocían plenamente los derechos de las personas homosexuales, y quienes hoy se indignan con el Che callaban entonces. Ningún mandatario de aquella época aprobaría ese examen: casi todos fueron mucho peores, y en aquel mundo, el capitalista incluido, los derechos de las personas LGTB eran sencillamente pisoteados. Pero nadie le exige cuentas a Eisenhower ni a Franco por ello. La acusación se reserva para un comunista, un héroe revolucionario, porque no pueden atacar su coherencia ni su entrega, y se usa para desprestigiarlo mientras al mundo capitalista de la época nunca se le retrata con el mismo rasero.

Se puede y se debe debatir sobre el Che, pero con rigor, no con consignas de la guerra fría.

Conocer su obra.

En 1997, con 23 años, tuve la suerte de visitar la tumba del Che y sus compañeros en Santa Clara. Para mí era el ejemplo de lo que quería ser, la guía de lo que debía ser un comunista. A día de hoy sigo pensando lo mismo. Y hay una casualidad que me llena de orgullo: él nació un 14 de junio de 1928 y yo, un 14 de junio de 1974.

Seré guevarista hasta la muerte, porque en mi pensamiento revolucionario siempre hubo grandes dosis de amor, un cierto romanticismo, hambre de aventura, de saber y de crecer como persona, y una necesidad de luchar contra las injusticias.

Por eso reivindico que se conozca al Che más allá del merchandising, su biografía pero sobre todo su obra. Muchos llevan su camiseta. Me pregunto cuántos lo han leído y cuántos se esfuerzan cada día por seguir su ejemplo.

El Che eligió su lado de la historia. Nosotros también tenemos que elegir.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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