El imperio yanqui de la rapiña y su Calígula, Trump.
Roma no es Washington.
Cada cierto tiempo, alguien compara a los Estados Unidos con el Imperio romano. La comparación es una injusticia, y se comete contra Roma. Fue un imperialismo brutal, de legiones, esclavitud y saqueo; nadie lo discute. Pero también dejó calzadas, acueductos, derecho, urbanismo y una lengua común. Los pueblos conquistados sufrieron la espada y, aun así, recibieron una aportación cultural y técnica que perduró siglos después de la caída del Imperio. En Galicia sabemos algo de eso.
Robo, expolio y destrucción cultural.
El imperio norteamericano es de otra naturaleza. Es un imperio construido sobre el robo, el expolio y la destrucción cultural. No levanta: arrasa. Allí donde interviene, ya sea con bombas, bloqueos, golpes de Estado o «ayuda humanitaria», condena a esas naciones a la involución, a la destrucción o, directamente, al genocidio. Las convierte en cementerios o en manicomios. Pregúntenselo a Irak, a Libia, a Afganistán, a Haití o a Chile. Ninguno de esos países ha dejado de ser un laboratorio del saqueo para convertirse en un país mejor.
Trump, el Nerón de la decadencia.
Donald Trump no es un accidente. Es la demostración de que el imperio de la rapiña ha tocado fondo y de que su degeneración anuncia su final. Es su Nerón, su Calígula, pero con la inteligencia política del caballo al que, según cuenta la tradición, el desequilibrado emperador quiso nombrar senador. El espectáculo grotesco, la ignorancia como bandera, el desprecio por cualquier norma y la vulgaridad convertida en método de gobierno no son el problema del imperio. Son su síntoma.
Los imperios nacen, crecen, degeneran y mueren.
La historia no hace excepciones. Los imperios nacen, crecen, degeneran y mueren, y a todos les llega su hora. Lo que venga después no lo escribirán los emperadores de feria ni los banqueros de Wall Street, sino los pueblos. Nosotros, la clase trabajadora de todos los países, tenemos que estar organizados para cuando el gigante con pies de barro termine de caer, para que lo que nazca de sus ruinas sea un mundo de cooperación entre naciones libres y no otro amo con una bandera distinta.
¡Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

