Les preocupan las cosas rotas, no las vidas rotas
Propiedad privada, gente privada
Les preocupa la propiedad privada, pero no la gente privada de toda propiedad. Son los mismos a quienes les importan los niños hasta que nacen: se oponen al aborto, pero amparan a presuntos pederastas. Los mismos que reclaman el derecho a decidir sobre el cuerpo de las mujeres para obligarlas a parir, pero miran hacia otro lado mientras en Palestina asesinan a miles y miles de niños.
Hipócritas.
Quienes lo miden todo en dinero
Esta ultraderecha, estos liberales, esta gente sin empatía, lo miden todo por su valor en dinero. No piensan en la vida ni en las personas, porque para ellos todo es economía. Son clasistas: se creen por encima de nosotros porque piensan que quienes estamos abajo somos menos que ellos o no somos nada.
Y son los mismos que dicen representarnos. Nos representan como el pastor que lleva al ganado al matadero, como quien nos reprime cuando protestamos, como el capataz que empuñaba el látigo en tiempos de la esclavitud. Ahora se llevan las manos a la cabeza cuando el pueblo estalla y lo llaman violento.
Pero ¿quién ejerce la violencia? El Estado, cuando reprime a quienes exigen sus derechos, una vida digna, poder vivir y no solo sobrevivir. Y para ellos eso no es violencia: no lo es condenarnos a la miseria. Solo somos violentos nosotros cuando intentamos defendernos. ¿Es así? Pues, si esa es vuestra visión, es la visión del amo. Y muchos de nosotros no hemos nacido para ser perros ni esclavos.
Un sistema que no valora la vida
El capitalismo pone precio a las cosas y quita valor a las personas. Ese es el problema: vivimos en un sistema que no valora la vida y, por tanto, en el que nuestra vida no vale nada.
Mirad lo que pasa cada día. Un piso vacío cotiza al alza mientras la familia desahuciada duerme en el coche. Un obrero cae de un andamio y la noticia es el retraso de la obra. Una trabajadora de caja suma cada día miles de euros ajenos y llega a fin de mes sin que le salgan las cuentas propias. Las cosas tienen precio; nosotros, apenas un coste.
Llega un momento en que los pueblos alcanzan su límite y no les queda otro remedio que luchar. Hacia ahí nos empujan. Y lucharemos. Venceremos. Y no seremos esclavos.
¡Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

