Si gobierna el PP-VOX, no habrá España de la que irse.
La derecha española quiere importar el trumpismo cuando hasta su propio modelo empieza a hacer aguas.
Hay algo profundamente ridículo, además de peligroso, en una derecha española que sigue mirando a Donald Trump como si fuera un referente político al que imitar. El trumpismo se resquebraja en Estados Unidos y aquí tenemos al PP y a VOX empeñados en importar sus recetas, sus discursos, sus guerras culturales y su desprecio por los derechos de la clase trabajadora.
Son una derecha servil, políticamente atrasada y económicamente sometida a los mismos intereses de siempre. Copian al imperio incluso cuando el imperio empieza a mostrar sus costuras. No tienen proyecto propio para mejorar la vida de la mayoría social, pero sí tienen muy claro a quién quieren proteger: a quienes acumulan riqueza a costa del trabajo ajeno.
Y conviene entender algo: cuando la derecha habla de libertad, casi siempre se refiere a la libertad de los poderosos para hacer lo que quieran con los derechos de los demás.
La patronal ya ha elegido de qué lado está.
La patronal quiere que el Gobierno no suba ahora el salario mínimo interprofesional y que la decisión quede en manos de quien gobierne después de las elecciones del 29 de noviembre. No es una petición inocente ni una cuestión de calendario. Es una declaración de intenciones.
La CEOE sabe perfectamente qué intereses representa y qué escenario político le resulta más favorable. Cuando pide aplazar una mejora salarial, lo que está haciendo es ganar tiempo para que sean otros quienes decidan cuánto vale el trabajo de millones de personas.
Mientras tanto, el Gobierno ya ha puesto en marcha la subida del SMI para 2027 y los sindicatos reclaman un incremento del 7 %. La diferencia entre unos y otros no puede ser más evidente: unos hablan de salarios porque de ellos depende la vida de millones de familias; otros hablan de costes laborales porque para ellos las personas trabajadoras son, ante todo, un gasto que conviene reducir.
No olvidemos que los avances salariales no han caído del cielo. Cada subida del salario mínimo ha sido resultado de décadas de lucha obrera, negociación colectiva, movilización sindical y presión política. También hubo gobiernos que congelaron el SMI y que hicieron de la contención salarial una virtud económica.
Quien crea que los derechos laborales se mantienen solos no ha entendido nada de la historia del movimiento obrero.
Si gobierna el PP-VOX, la amenaza es evidente: menos protección social, más precariedad, más facilidades para los empresarios y más dificultades para quienes viven de una nómina. No hace falta imaginar demasiado para saber quién pagará la factura.
Si gana la derecha, España puede convertirse en una versión europea de la Argentina de Milei: un laboratorio de recortes, privatizaciones y desmantelamiento de lo público, donde se pide sacrificio a quienes menos tienen mientras se protege a quienes más acumulan.
Y entonces sí que tendremos un problema: no habrá España de la que irse, porque habremos convertido nuestro propio país en un lugar del que millones de personas no podrán permitirse vivir.
¿Dónde está el patriotismo de quienes presumen de patria?.
Hay una contradicción enorme en quienes llenan la boca con banderas, himnos y discursos patrióticos, pero consideran negociables los salarios, las pensiones, la sanidad pública y los derechos laborales de sus compatriotas.
¿De qué patria hablan? ¿De la de los fondos de inversión, los grandes propietarios y las cuentas bancarias en paraísos fiscales? ¿De la de quienes acumulan beneficios mientras hay familias que no llegan a fin de mes?.
Porque una patria no es solamente un territorio, una bandera o una frontera. También es la gente que la habita, trabaja, cuida, construye y sostiene con su esfuerzo.
Y hay algo todavía más preocupante: la facilidad con la que una parte de la clase trabajadora ha terminado asumiendo como propios los intereses de quienes la explotan.
Hay trabajadores asalariados que se proclaman capitalistas sin poseer una empresa, sin controlar medios de producción y sin obtener sus ingresos de la explotación del trabajo ajeno. Confunden consumir productos con pertenecer a la clase propietaria. Confunden aspirar a ser ricos con formar parte de quienes realmente poseen la riqueza.
Eso no es conciencia de clase. Es una identificación equivocada con los intereses de quienes están en el lado contrario de la relación laboral.
El capitalismo no necesita que todos seamos propietarios. Le basta con que quienes no lo somos defendamos sus privilegios.
Cuando la clase trabajadora olvida quién es, pierde también la capacidad de reconocer quién está enfrente y quién está a su lado. Y una clase trabajadora dividida, enfrentada y desorganizada es mucho más fácil de explotar.
Esa es una de las grandes victorias ideológicas de la derecha: conseguir que quienes comparten problemas económicos terminen enfrentándose por cuestiones que los mantienen distraídos de sus verdaderos intereses.
Feijóo y Abascal: mucho discurso y poca vida laboral.
Y aquí llegamos a dos personajes que pretenden dar lecciones de trabajo, esfuerzo y sacrificio a quienes llevan toda una vida levantándose para ganarse el pan.
Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal se presentan como defensores de España y de los españoles trabajadores. Sin embargo, sus trayectorias vitales y profesionales están muy alejadas de la realidad cotidiana de quienes viven de su salario.
Feijóo ha desarrollado prácticamente toda su carrera profesional en la Administración y en cargos de responsabilidad política. Eso no es ningún delito, pero convendría que tuviera un poco más de respeto antes de dar lecciones sobre la vida laboral de los demás.
Este verano llegó a calificar las bajas por enfermedad como un «cáncer» y cuestionó que los trabajadores enfermos cobren lo mismo, sin aportar pruebas que acreditasen el supuesto fraude generalizado que insinuaba. Un año antes ya había despachado las vacaciones con una broma sobre lo sobrevaloradas que están.
Es muy fácil frivolizar sobre las bajas laborales cuando no tienes que pasar ocho horas de pie atendiendo una caja, cargando mercancía o trabajando en una cadena de producción. Es muy sencillo hablar de absentismo desde un despacho cuando no sabes lo que significa levantarte con dolor, acudir al trabajo porque necesitas cobrar y aguantar una jornada que tu cuerpo ya no puede soportar.
Quien pretende gobernar un país debería empezar por comprender la vida de quienes lo mantienen funcionando.
Y Santiago Abascal tampoco está precisamente en condiciones de repartir certificados de esfuerzo.
Lleva décadas viviendo de la política y del dinero público, pero se presenta como el representante de «la España que madruga». Una expresión que tiene bastante de provocación cuando se utiliza para dar lecciones a quienes madrugan de verdad.
Su experiencia empresarial más conocida fue su participación en un negocio hostelero en Vitoria, vinculado a la empresa Hammer Hostelería SL. Según las informaciones publicadas sobre aquella aventura empresarial, el negocio terminó cerrando con importantes pérdidas y la empresa tuvo que afrontar posteriormente reclamaciones judiciales de trabajadoras por cantidades salariales y finiquitos pendientes.
No estamos hablando de un empresario que haya construido un gran proyecto productivo y generado riqueza. Estamos hablando de alguien cuya trayectoria empresarial conocida dista bastante de la imagen de éxito y eficacia que pretende vender.
Sin embargo, su trayectoria en los cargos públicos ha sido mucho más prolongada. Según los datos publicados sobre su recorrido político, entre 1999 y 2013 recibió cerca de medio millón de euros de dinero público, ocupando distintos puestos institucionales y de responsabilidad.
El mismo personaje que arremete contra las ayudas públicas, las prestaciones y las supuestas paguitas ha encontrado durante buena parte de su vida profesional su sustento en los presupuestos públicos.
También resulta llamativo su discurso sobre el servicio militar obligatorio. Abascal defiende que los jóvenes vuelvan a asumir una obligación que él no llegó a cumplir, después de encadenar prórrogas hasta la desaparición de la mili obligatoria en España.
Y, por supuesto, no podía faltar su defensa de la familia tradicional, acompañada de una trayectoria personal que no encaja precisamente con la imagen de familia que pretende imponer a los demás.
Cada cual puede organizar su vida como quiera. El problema no es su vida privada, sino la hipocresía de quien pretende convertir sus convicciones particulares en normas para toda la sociedad.
Feijóo y Abascal tienen todo el derecho a dedicarse a la política. Lo que no tienen es autoridad moral para despreciar a quienes enferman, cuestionar los derechos de quienes trabajan o presentarse como portavoces de una clase social cuyas condiciones de vida conocen, como mucho, de oídas.
No hay patria sin justicia social.
La derecha quiere convencernos de que defender España consiste en defender sus símbolos mientras se debilitan los derechos de quienes viven en ella.
Pero no hay patriotismo en condenar a una familia a la pobreza mientras se protegen los beneficios empresariales. No hay patriotismo en deteriorar la sanidad pública, precarizar el empleo o dificultar el acceso a una vivienda digna. Tampoco lo hay en enfrentar a trabajadores contra trabajadores mientras quienes acumulan riqueza contemplan tranquilamente el espectáculo.
El patriotismo de la clase trabajadora no se mide por el tamaño de una bandera, sino por la voluntad de defender a quienes construyen este país con sus manos y su esfuerzo.
No hay patria sin pan, no hay orgullo nacional con salarios de miseria y no hay libertad real cuando una persona tiene que aceptar cualquier condición laboral para poder sobrevivir.
Por eso, frente a quienes utilizan la bandera para dividirnos, reivindicamos la solidaridad, la conciencia de clase y la organización de quienes vivimos de nuestro trabajo.
Hay que organizarse, afiliarse, defender los sindicatos, participar políticamente y votar con conciencia de clase. Hay que proteger cada derecho conquistado, porque lo que hoy parece garantizado mañana puede convertirse en un privilegio perdido.
Que nadie nos robe la memoria: las vacaciones, las pensiones, las bajas laborales, la jornada de ocho horas, los salarios dignos y los derechos sociales no fueron regalos de ningún empresario ni concesiones generosas de ningún gobierno. Fueron conquistas arrancadas mediante décadas de lucha.
Y no vamos a permitir que quienes nunca tuvieron que conquistar esos derechos se dediquen ahora a arrebatárnoslos.
Porque cuando la derecha habla de sacrificios, siempre parece que los sacrificados tenemos que ser los mismos.
La clase trabajadora no necesita que la derecha le explique qué es España. Necesita que nadie le quite lo que tanto le ha costado conquistar.
Frente a la explotación, conciencia de clase. Frente a la división, solidaridad. Frente al retroceso, lucha y organización.
Até á vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

