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Marisa invadiendo de amor el abismo

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Benicio Corbacho, Esteban Cabrera y Marisa Alonso, fueron sacados de sus casas de madrugada por la “Brigada del amanecer”. La encabezaba el viejo Guardia Civil Avelino Palma, acompañado como siempre por los niños ricos de Falange: Eufemiano, Bonny, el hijo de la marquesa, Juan Ignacio Del Castillo, Cayetano Manrique de Lara, Amadeo Bravo de Laguna, junto a otros miembros de la organización fascista de menor rango social.

Marisa era la novia de Benicio, el joven anarquista procedente de Cuenca, empleado de Correos en Las Palmas de Gran Canaria, la enamorada pareja pensaba casarse en septiembre si su hermano enfermo de tuberculosis mejoraba. La bella muchacha de ojos azules estaba embarazada de 4 meses en aquel julio sangriento, se lo dijo al tabaquero jefe del grupo de falangistas, pero su única respuesta fue un golpe con el fusil en su pecho, lo que la hizo caer redonda al suelo sin sentido en presencia de sus padres en el barrio de San José.

La muchacha hija del famoso luchador del vernáculo deporte isleño apenas contaba con 23 años, siempre había trabajado como jornalera, menos los dos últimos años que dedicaba a cuidar a su hermano desde que contrajo la grave enfermedad. No tenía casi vínculos con ningún movimiento político, solo se había dejado ver junto a su compañero en alguna reunión en la sede los sindicatos, portó una bandera en una manifestación por la calle Triana.

Esteban era empleado en los tomateros de los Betancores en Los Giles, jornalero de profesión pertenecía a la Federación Obrera, ni siquiera era un dirigente destacado, solo colaboraba en cada una de las asambleas, repartía propaganda en los lugares de trabajo, ejercía como defensor de los derechos de las mujeres aparceras explotadas por el caciquismo ancestral, por el derecho de pernada, por todo tipo de abusos y salarios insuficientes para poder vivir dignamente.

El viejo camión se dirigió hacia el Puerto de la Luz, la mujer iba delante entre dos de los jefes falangistas, detrás un grupo indeterminado de unos treinta hombres atados con las manos atrás con hilos de pitera. El tabaquero la manoseaba, le rompió los botones del camisón y le sacó los pechos, ella gritaba y Benicio la escuchaba entre maldiciones e insultos hacia aquellos abusadores. Al rato dejó de escucharse su llanto, los dos hombres la golpearon con una pistola en la sien y la dejaron semiinconsciente, aprovechando para quitarle el vestido entre risas, burlas y tragos de ron de caña.

El vehículo estacionó junto al muelle, allí esperaba un viejo barco militar, una especie de remolcador. Los requetés bajaron a los hombres a golpes y patadas, los tiraron al suelo y allí les ataron las piernas cortándoles casi la circulación de la sangre. Uno a uno los fueron metiendo en sacos de racimos de platano, se escuchaban los llantos, los lamentos de quien sabe que la muerte será inevitable.

En cambio a Marisa se la llevaron hacia el viejo almacén donde secaban las jareas, allí Eufemiano autorizó a los falangistas a violarla de uno en uno. Fue apenas media hora, pero por allí pasaron todos los hombres vestidos de azul y con correajes, pistola al cinto. Las risas y alaridos los escuchaba el pobre Benicio entre las burlas de los guardias civiles, militares de artillería y varios paisanos colaboradores del genocidio en Canarias: “Nos follamos a tu novia hijo de puta rojo, está buena aunque esté preñada”.

Al rato la trajeron atada, el guardia Pernía la tiró al suelo y le ató las piernas, estaba desnuda, sangraba por los muslos, casi no decía nada, solo gemía, lloraba entre balbuceos ininteligibles.

Los subieron al pequeño barco militar de uno en uno, los colocaron como fardos en fila tumbados en el suelo, la mujer aparte, Benicio le gritaba, trataba de animarla en medio de aquella tragedia anunciada, ella no contestaba.

El navío salió inundando el aire de un fuerte olor a gasoil, los fascistas se burlaban, hacían comentarios sobre cómo habían violado a Marisa en el derruido almacén de pescado salado. Una hora de viaje, hasta que apenas se veían las luces de la costa, un istmo lejano entre la Playa de Las Canteras y el barrio de La Isleta. En ese momento el barco se paró, se escuchó el ruido del oxidado ancla hundirse en el mar. Sin casi decir nada comenzaron a tirar a los hombres al mar, uno tras otro, entre gritos, algún insulto ininteligible, llantos,alaridos desesperados.

Los fascistas se burlaban: “Que valientes son estos rojos hediondos”. Solo quedó la muchacha: “De esta puta me encargo yo”, dijo el hijo de la marquesa, tomó el cuerpo en volandas, la mujer no decía nada, era ya un saco de carne y huesos inerte con olor  a perfume de lavanda, que caía en el inmenso océano.

La noche se perfilaba como llegando a su final en el horizonte, algo de claridad inundó la noche estrellada, como si el sol quisiera salir antes para iluminar la oscuridad del inmenso abismo.

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