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Eso que algunos definen como la tormenta perfecta, en la que una serie de cuestiones de calado trascienden la realidad (la insostenibilidad de la deuda, con unos bonos de EE. UU. a 30 años que ya superan el 5 % y los de 10 años que se aproximan a ese nivel; la crisis de los combustibles y suministros, derivada de la guerra del imperialismo contra los pueblos, o las meras tensiones geopolíticas a escala global) son, en realidad, los síntomas de una enfermedad de carácter terminal que afecta al modo de producción capitalista y que todos los apologetas del sistema negaron, a pesar de la profecía marxista y su destino autocumplido.