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Durante los primeros años de la Guerra Fría, el Pentágono se preparó para emplear una serie de nuevas armas envenenadas, escribe el experto en temas de defensa, Joseph Trevithick.

En su artículo para The National Interest, el autor indica que un documental de 1952 recientemente desclasificado nos proporciona un repaso detallado de aquellos planes de Washington.

Según afirma el narrador del vídeo, la guerra bioquímica tiene dos objetivos principales. El primero consiste en reducir los alimentos mediante la destrucción de los cultivos y el ganado del enemigo. El segundo objetivo es incapacitar a las fuerzas armadas enemigas y a aquella parte de la población que las apoya directamente.

“Esta descripción clínica e inquietante de cómo causar la muerte química y biológica de un oponente se acompaña de imágenes de campos, cerdos y tropas soviéticas en marcha”, detalla Trevithick.

El narrador del documental describe los resultados que conllevarían los ataques de armas químicas, además de mostrar los equipos diseñados para rociar partículas tóxicas desde aviones, buques y submarinos, entre otros.

Cuerpo Químico

El autor también destaca que el Pentágono ordenó que el Ejército de EEUU se encargara de formar una unidad especial de agentes para estos fines. Así, el Servicio de Guerra Química nacido en 1918 durante la Primera Guerra Mundial, adoptó el nombre de Cuerpo Químico (Chemical Corps) y se puso a investigar decenas de posibles cargas útiles.
No obstante, los militares de esta brigada no eran debutantes en este oficio. EEUU se apropió del trabajo llevado a cabo por los nazis con los organofosforados que atacan el sistema nervioso central y evitan que el cerebro de una persona se comunique adecuadamente con sus órganos vitales.

“El Cuerpo Químico exploró la posibilidad de convertir diversas bacterias, virus y toxinas en armas. Los experimentos incluyeron el trabajo con el ántrax, la peste bubónica, la viruela y la ricina, entre otros”, profundiza.

Asimismo, se llevaron a cabo estudios para poder crear agentes químicos y biológicos capaces de matar específicamente a los cultivos y al ganado. De esta manera, el Pentágono “ya disponía de un programa de defoliación avanzado mucho antes de pulverizar galones del Agente Naranja sobre las selvas vietnamitas”.

Mientras el Ejército se encargaba de encontrar los productos químicos, la Armada de EEUU centró sus esfuerzos en los sistemas de entrega.

Buques

Así, la Armada llevó a cabo sus primeras pruebas desde buques en 1950. Según el narrador, un sistema de pulverización bastante crudo se instaló en un minador el cual “roció unos 50 galones de estimulante biológico a lo largo de una pista de entre dos y cinco millas (3.2-8 km) de la costa”.

Además, el Pentágono utilizó de manera regular bacterias no amenazantes o esporas para probar en secreto hasta dónde se extendería un arma de gérmenes real. En el marco de la prueba en California, los técnicos utilizaron colectores especiales para determinar que la pulverización cubriría 48 millas cuadradas (124 km2) de la superficie total.

“Si se hubiera utilizado un agente infeccioso en la pulverización, podría haber habido 210.000 víctimas”, dice el narrador.

Más tarde, en abril de 1952, el dragaminas USS Tercel pulverizó más de 110 kilogramos de sulfuro de cadmio de zinc a lo largo de las costas de Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia.

Submarinos

“Sin embargo, los buques de superficie, como el Tercel, serían vulnerables a los ataques durante una guerra real. Al reconocer esta vulnerabilidad, la Armada planeó montar pulverizadores en los submarinos para operaciones reales”, prosigue Trevithick.

De esta manera, en el marco del nuevo concepto, tras alcanzar la profundidad de periscopio, los sumergibles ventilarían sus cargas mortales a la atmósfera antes de sumergirse y escapar sin que nadie en la tierra supiera aún que al ataque había sucedido.

La Armada también trabajó en las minas químicas y biológicas subacuáticas. Se presuponía que un submarino pondría estos dispositivos a lo largo del fondo del océano y se iría de la zona. Después, la mina flotaría a la superficie con un tubo saliendo de la parte superior y liberando gases o gérmenes.

Aviones

Según el autor, un avión sería capaz de llevar a bordo las mismas armas y soltarlas en lagos y ríos en la tierra. Algunos de los primeros conceptos presuponían el uso de los depósitos de combustible con pompas y boquillas, los cuales podían llevar equipos de pulverización cargados con gases tóxicos, partículas biológicas o defoliantes.

“Casi todos los cazas o aviones de guerra con motores de hélice basados en portaviones de la Armada, incluidos el F4U Corsair y AD Skyraider, podrían cargar este equipo”, explica Trevithick.

Misiles

Sin embargo, los militares estadounidenses no pararon allí. La Armada tenía planeado instalar las unidades de pulverización más pequeñas sobre sus nuevos misiles de crucero Gorgon V de un alcance de 50 kilómetros y capaces de alcanzar la velocidad del sonido. Estas características permitían que los pilotos pudieran lanzar las armas lejos de los sistemas de defensa aérea enemigos.

“Además, los misiles de crucero Regulus, que superaban a los Gorgon, también podían convertirse en armas químicas”, apunta.

Comandos

La Armada también sometió a sus comandos de los Equipos de Demolición Submarina (Underwater Demolition Teams, los predecesores de los Navy SEALs) a una preparación específica. Según el concepto, ellos deberían saltar al agua cerca de la costa, alcanzar la playa y prepararla para un ataque anfibio.

Según explica el narrador de la película, “estos nadadores pueden ser descargados a través de torpedos de submarinos sumergidos […] para remolcar los depósitos [de gases tóxicos] hasta un punto cerca de la playa”.

La Armada de EEUU también se preparaba para defenderse de un enemigo que podría lanzar ataques similares. Así, varios sistemas de aspersión de agua especiales y purificadores de aire se instalaban en los buques. Asimismo, los militares tenían máscaras antigás y otros equipos de protección.

Más de una década después, en los años 60, la Armada comenzó el programa de Riesgo de a bordo y defensa (Shipboard Hazard and Defense, o SHAD) para determinar lo vulnerable que era la flota a los venenos y gérmenes. Las pruebas eran parte del proyecto ultrasecreto del Pentágono Project 112.

No obstante, el Pentágono decidió centrarse en el desarrollo de las armas nucleares como el principal medio de contrarrestar una posible ofensiva soviética.

En el año 2000, el Pentágono y el Departamento de Asuntos de los Veteranos de EEUU empezaron a buscar problemas de salud derivados de los experimentos biológicos llevados a cabo en el marco del Project 112.

La Convención sobre Armas Biológicas de 1972 y la Convención sobre Armas Químicas de 1992 prohíben el uso de este tipo de armas.

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