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Nicolás Maduro y lo que no se ha dicho

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“Y quiero que ustedes elijan como Presidente a Nicolás Maduro”, recuerdo haber soltado lo que tenía en las manos mientra cocinaba y haber corrido a ver el televisor; junto al presidente Chávez, Diosdado, el tantas veces imaginado como sucesor inmediato, no sólo por gran parte del chavismo sino también por el enemigo, permanecía con la postura fuerte, con el rostro indescifrable, la mirada en el horizonte. En el otro extremo Nicolás, visiblemente nervioso, contrariado, miraba una y otra vez al Presidente como diciéndole “ya va, achanta un pelo ahí”.

Frente a la pantalla, yo, miles, millones, quizás con las mismas interrogantes, la misma sorpresa, la misma duda, con la misma necesidad infinita de imaginar por qué el Coman decía lo que decía y nos pedía cumplir esa orden.

Un clamor -si se quiere- que aún permanece en mis adentros, es haber querido que aquella alocución se extendiera en poco más, si hubiese sabido que esa sería la última vez que lo veríamos habría pedido una canción más, un poema más, una anécdota más.

Martes, eran los días de la semana en que durante aquella “aventura” que me lancé en Caracas, me tocaba ver clases de Cardiología en el piso 11 del Hospital Militar (pretendía yo por aquellos días convertirme en una “especialista certificada en cuidados del paciente críticamente enfermo”), corrían los días de febrero de 2013 y ya Chávez había regresado al país. Por un lado sorteábamos diariamente todo tipo de especulación mediática con respecto a su salud, por el otro nos apegábamos a los informes que podían hacerse públicos por los voceros del alto gobierno, a las fotos que pudieron publicarse durante ese tiempo y a sus tuits.

Cerca del mediodía de ese martes tomé uno de los ascensores para bajar hasta la salida del Hospimil, se volvió cotidiano tropezarse con oficiales de Casa Militar en cualquier pasillo del hospital, en un ala del piso 8, el ascensor se abrió: frente a mí y al resto de los que íbamos en el ascensor, se vio la figura altísima de Nicolás Maduro, conversaba con algunos militares, médicos seguramente. Durante ese instante en que dura un ascensor con las puertas abiertas hasta el próximo llamado, volvieron a mí las interrogantes primarias sobre ese tipo.

Hoy, cuatro años después, se han completado algunas respuestas.

Valoremos el papel del presidente Maduro en su justa dimensión

Nicolás Maduro, ese al que la mediática internacional se encargó de dibujar como el incapaz y de denigrar como el chofer, el bruto, ha neutralizado y desarmado durante su mandato y con una gran voluntad, por lo menos dos intentos de revolución de color en el país. A aquellos que han aplicado todas las recetas y manuales de Guerra No Convencional en países que han querido implosionar y les ha funcionado, en Venezuela, el chofer -junto al resto del directorio, por supuesto- se encargó de volvérselas añicos. No han podido.

Mi amigo William Serafino lo resume mejor: “De Maduro podrán decir lo que quieran, pero que hoy no tengamos las heridas de Libia y Siria es gracias a él. Aunque le duela a los letrados”.

Después de Chávez, no ha habido un líder político tan atropellado por la mediática internacional y nacional. De Maduro se ha dicho de todo, de Maduro se habla diariamente en los países de Europa y en Estados Unidos. Los grandes conglomerados mediáticos siguen dándole salida a esa táctica de desprestigio sobre un liderazgo político que les es incómodo a sus intereses. A la par, el asedio económico y diplomático no ha cesado, los enemigos internos cumplieron bien la labor de crear caos focalizado durante más de tres meses, lograron los muertos necesarios para sembrar terror en gran parte de la población, lograron minar instituciones públicas para que lo que apenas funcionaba dejaran de hacerlo.

En medio de ese contexto general es que puede divisarse el triunfo político que como líder se acaba de anotar Maduro y el pueblo chavista todo. Sobrevivimos chavistamente a la imposición de una guerra, y hago énfasis en lo chavista porque fue bajo ese método que el Presidente logró encauzar estrategias para dirimir los conflictos, dispersarlos y obligar incluso a los factores más radicales de la oposición a retomar la vía política. Una verdad innegable es que eso no lo logró acudiendo a los vencidos manuales de la izquierda empantuflada, el resto es lloriqueo.

A Maduro no lo conocí como Canciller, no como a Delcy, o como candidato. A Maduro lo tuve que conocer inmediatamente como Presidente, y ahora entiendo un poco mejor aquel lineamiento del Coman, y reconozco también seguir en la tarea permanente de mantenerme firme frente a esa orden, no por retórica, no por demagogia, no por la falta de opciones; por disciplina, por lealtad.

Contrario a todo el pronóstico que lanzaron los grandes analistas políticos de la región, a los números de encuestólogos, a las amenazas de Ramos Allup, a los planes del Departamento de Estado, a los titulares y editoriales de The New York Times, a la antipolítica desplegada por Freddy Guevara, a las sanciones del Departamento del Tesoro, a la campaña de Lilian Titori y Marco Rubio, contrario a todo eso, Nicolás Maduro ganó una batalla y puso a todo el mundo a bailar al son de la Constituyente.

Ah, y va a terminar su mandato. Valoremos eso en su justa dimensión.

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