Juan Manuel Olarieta

Cuatro años después de la polémica sobre los transgénicos provocada por el defenestrado científico francés Gilles Eric Séralini, el priódico Le Monde asegura que -como no podía ser de otra forma- la campaña en su contra fue orquestada por Monsanto, es decir, por una empresa multinacional interesada y afectada por dicha investigación (*).

El capital monopolista manda sobre las publicaciones científicas y, por lo tanto, sobre la ciencia misma porque hoy numerosos científicos confunden muy habitualmente ambas cosas -y otras más- en sus cabezas.

En 2012, después de una paciente y concienzuda investigación, Séralini demostró que la nutrición de ratones con maíz transgénico o tratado con el herbicida Roundup produce grandes tumores en los roedores.

Al bueno de Séralini le llovieron los palos por parte de sus “colegas científicos”, seguidores gregarios del criterio que imponen los grandes intereses capitalistas. En un mundo científico presidido por una corrupción galopante, su artículo fue retirado de la circulación, uno de tantos casos evidentes de censura e intolerancia.

Hoy la ciencia la dictan grandes empresas como Monsanto. Hasta el comisario europeo de Salud atacó a Séralini, pero la historia conoce muchos casos de políticos sin escrúpulos que se ceben en ciertos científicos que van “por libre”.

Lo destacable es que la revista “Food and Chemical Toxicology” que había publicado el artículo científico también quiso borrarlo de la memoria. Si hubieramos estado en la Edad Media lo hubieran quemado en la hoguera, junto al científico. Nunca había ocurrido una cosa semejante, lo cual ya debió empezar a mover todas las alarmas por lo que está ocurriendo con la ciencia.

Del mismo modo que entre la realidad y nosotros están los medios, que se llaman así por su carácter de intermediarios, entre los científicos y la ciencia están los artículos y las revistas científicas. Si buena parte de los científicos no están impulsados por la ciencia sino por sus mezquinos intereses individuales (por su “carrera”), con las revistas ocurre lo mismo.

Como a cualquier otra publicación, a la revistas les mueven intereses económicos. Se venden al mejor postor porque, a su vez, son empresas privadas que tratan con otras empresas privadas. La mercancía que compran y venden son artículos que, en ocasiones, pueden tener algún contenido científico, como esas películas de Hollywood “basadas en hechos reales”.

Tanto los científicos como la ciencia (que son cosas distintas) y los profesores universitarios que la propagan (por no hablar de esos “divulgadores científicos”) han regresado a los peores tiempos de oscurantismo medieval. Se ha impuesto un nuevo “malleus maleficarum” (martillo de herejes), la censura (“peer review”), la corrupción institucionalizada pero, sobre todo, la dirección ideológica, política y económica de todas y cada una de las investigaciones.

“El que paga manda” y los científicos hacen aquello que les ordenan, aquello para lo que les pagan y no deja de ser curioso que los científicos critiquen las injerencias “ajenas” a su disciplina cuando la mayor parte de ellos están encuadrados en grandes burocracias políticas e ideológicas que, incluso, van más allá de un determinado Estado. Cada vez más la ciencia es “política científica” y, en ocasiones, “política” a secas.

Nunca la docilidad de los científicos había sido tan evidente, ni su capacidad crítica había caído tan baja. No hay más que recopilar los topicazos de determinadas publicaciones, como “Investigación y Ciencia” (sucursal en castellano de “Scientific American”), para comprobar una ley que en raras ocasiones falla: la mayor parte de los temas que atraen la atención de la investigación, la universidad y las publicaciones no es que sean verosímiles o falsos sino simplemente absurdos e irrelevantes.

La ciencia se mueve en medio del cinismo y la hipocresía como pez en el agua. A los divulgadores les entusiasman las biografías personales de esos que hoy consideramos grandes científicos pero que en su tiempo fueron perseguidos y denostados por el oscurantismo dominante. Quieren aparentar que ese tipo de situaciones sólo ocurrieron en el pasado. Hoy ya no es así. Por eso ellos asumen el papel inquisidor y censor que otros ejercieron antes; justifican la persecución en nombre de la ciencia y de la “comunidad científica”, no admiten ningún tipo de discusión y desprecian a los que sostienen teorías divergentes.

“Tertium non datur”, diría Leibniz.

(*) http://abonnes.lemonde.fr/planete/article/2017/10/05/l-affaire-seralini-ou-l-histoire-secrete-d-un-torpillage_5196526_3244.html

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