América Latina vuelve a estar bajo asedio
La historia de América Latina parece condenada a repetirse una y otra vez. Cambian los nombres, cambian los métodos y cambian los rostros de quienes ocupan la Casa Blanca, pero el objetivo sigue siendo exactamente el mismo: mantener a nuestros pueblos sometidos a los intereses de Washington y de las grandes élites económicas que controlan el mundo.
Durante el siglo XX, los pueblos latinoamericanos sufrieron golpes de Estado, invasiones, bloqueos económicos, campañas de desinformación, asesinatos políticos y dictaduras militares impulsadas o respaldadas por los Estados Unidos. Aquella estrategia criminal recibió el nombre de Operación Cóndor. Hoy, décadas después, asistimos a una nueva versión adaptada a los tiempos modernos, pero con idéntica finalidad: impedir que los pueblos ejerzan plenamente su soberanía y garantizar gobiernos obedientes a los intereses del imperialismo estadounidense.
Venezuela, Cuba y Nicaragua llevan años siendo objeto de agresiones económicas, sanciones, bloqueos y campañas de desestabilización. No porque representen una amenaza militar para nadie, sino porque constituyen ejemplos de resistencia frente a la hegemonía de Washington. El mensaje es claro: cualquier país que pretenda decidir su propio destino será castigado.
Al mismo tiempo, en gran parte de América Latina han ido surgiendo gobiernos alineados con los intereses de Estados Unidos. Argentina, Ecuador, Perú, El Salvador, Honduras y otros países han visto llegar al poder dirigentes que, lejos de defender los intereses nacionales, parecen actuar como administradores locales de una agenda diseñada fuera de sus fronteras. Son gobiernos que hablan de soberanía mientras entregan recursos estratégicos, aceptan imposiciones económicas y subordinan su política exterior a los deseos de la potencia del norte.
La relación de sumisión resulta cada vez más evidente. Donald Trump representa una visión agresiva del poder estadounidense, una visión que considera América Latina como un patio trasero donde Washington tiene derecho a decidir quién gobierna y quién no. Quienes se pliegan reciben apoyo político, financiero y mediático. Quienes se resisten son convertidos inmediatamente en enemigos de la democracia.
La situación boliviana refleja con claridad esta lógica. Cuando los pueblos cuestionan a las élites impuestas o denuncian las traiciones de quienes gobiernan de espaldas a la ciudadanía, las potencias extranjeras intervienen diplomáticamente para proteger el orden establecido. Lo hacen utilizando un lenguaje aparentemente democrático, hablando de estabilidad institucional, orden constitucional y respeto a la voluntad popular, mientras respaldan estructuras de poder que favorecen sus intereses geopolíticos.
Resulta especialmente llamativo observar cómo determinados gobiernos latinoamericanos se alinean automáticamente con cada declaración procedente de Washington. Gobiernos que deberían defender la autodeterminación de los pueblos terminan actuando como simples portavoces de la política exterior estadounidense. La soberanía nacional queda reducida a una consigna vacía cuando las decisiones fundamentales se toman mirando hacia la Casa Blanca en lugar de escuchar a los propios ciudadanos.
La experiencia histórica debería servir de advertencia. Los pueblos latinoamericanos conocen demasiado bien las consecuencias de la dependencia, la subordinación y la intervención extranjera. Conocen los golpes de Estado, las desapariciones, las dictaduras y el saqueo económico que acompañaron a décadas de tutela imperial.
Por eso la verdadera discusión no consiste en elegir entre gobiernos concretos o líderes determinados. La cuestión fundamental es si América Latina seguirá siendo una región sometida a los intereses de potencias extranjeras o si será capaz de construir un futuro basado en la soberanía, la cooperación entre pueblos hermanos y la independencia política y económica.
La historia demuestra que ningún imperio es eterno. También demuestra que los pueblos pueden ser engañados durante un tiempo, pero no para siempre. Cuando la conciencia colectiva despierta y la ciudadanía comprende quién se beneficia realmente de las políticas impuestas desde el exterior, las máscaras caen y las verdades salen a la luz.
América Latina no necesita amos. No necesita tutelas extranjeras. No necesita gobiernos obedientes a intereses ajenos. Necesita soberanía, justicia social y dignidad. Y esas conquistas nunca han sido regaladas por los poderosos; siempre han sido fruto de la lucha de los pueblos.
André Abeledo Fernández

