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En el Donbas el ejército masacra a su propio pueblo y no encuentra la manera de disimularlo

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El héroe Kolmogorov en el banquillo

Poco después del golpe de Estado de 2014 en Kiev, comenzó una vasta operación terrorista que el gobierno califica como “antiterrorista”. Kiev trató de aplastar a su propia población con aviones y tanques y algunas regiones, como el Donbas, resistieron. Así comenzó una guerra civil que aún no ha acabado porque los que la iniciaron no quieren acabarla.

En una guerra desatada por un gobierno contra su propio pueblo ocurren cosas como la del 9 de setiembre de 2014, cuando en un control de carreteras en Mariupol, el soldado Serguei Kolmogorov, perteneciente a un batallón de guardafronteras, disparó sobre un vehículo que ocupaban dos personas de Donetsk, Evgueny Rojkov, de 29 años de edad, y su mujer Inna, de 31. Él resultó herido y ella murió a causa de los disparos.

Es una de tantas situaciones típicas que ocurren cuando un gobierno se enfrenta a su propio pueblo, con la diferencia de que el crimen era tan evidente y arbitrario que se abrió una investigación que acabó con la condena del pistolero a 13 años de prisión por asesinato con premeditación y abuso de poder, lo cual no sólo describía bien lo ocurrido aquel día sino la situación general en Ucrania.

Desde entonces los fascistas iniciaron de Kiev una campaña a favor del asesino que acabó el lunes cuando el Tribunal Supremo revisió la condena y les dio la razón: Kolmogorov no había hecho otra cosa que cumplir con las órdenes recibidas, por lo que debía salir absuelto. El relato cambia la realidad por completo y sonará muy manoseado: un soldado da orden al vehículo para que se detenga en el control; el conductor no hace caso y acelera para embestir la barrera; el soldado no quería disparar, pero no le dejaron opción; la responsabilidad es del conductor.

Por fin se ha hecho justicia. La alegría y el alivio salpican el ambiente en Kiev. Casi se puede decir que el soldado Kolmogorov es un héroe por matar al matrimonio. ¿Acaso los jueces no se habían dado cuenta de que Ucrania vive una guerra? Pues deberían saberlo, porque una guerra justifica cualquier cosa, como la ocurrida en Mariupol en setiembre de 2014.

Poroshenko, jefe de las fuerzas armadas, ha sido el primero en felicitar al asesino. El Tribunal Supremo ha tenido en cuenta las complejas circunstancias del caso. “Estamos en guerra”, escribe, una época difícil, y nosotros no hemos sido los que la hemos comenzado. No somos los culpables sino las víctimas. “La patria debe tomar bajo su protección a sus defensores”, añade. Los defensores de la patria son los asesinos.

Si el lector despertara de un profundo sueño pensaría hallarse en Catalunya. El lenguaje jurídico también se ha cambiado de sitio. Los culpables son sus víctimas, y al revés. A partir de ese punto de inflexión, la historia se reescribe por completo. Es un verdadero exorcismo: Ucrania padece la agresión de una potencia exterior, Rusia, que siempre puede arder en el infierno como chivo expiatorio de todos los males.

No es el ejército el que ataca al pueblo sino al revés. El joven Rojkov no debió acelerar el vehículo, sino todo lo contrario. Él es culpable de la muerte de su mujer y de sus propias heridas.

Como en cualquier otro akelarre judicial, el Tribunal Supremo ha lavado la conciencia impúdica, convirtiéndola en pública. La hipótesis de Agustín de Hipona y Hans Kelsen, la aparición de un Estado-delincuente, es imposible. El Estado es siempre lo contrario del delincuente; lucha contra los delincuentes, los deteniene, juzga y encarcela, pero no se puede poner la soga al cuello a sí mismo.

Otro ritual del exorcismo: en Ucrania no hay una guerra civil (contra el pueblo) sino exterior, una agresión rusa, en donde la población del Donbas desempeña el papel de los colaboracionistas o, quizá peor, de los terroristas cómplices de Rusia. A la población no se la puede matar así como así, pero con los extranjeros (y sus cómplices) siempre es diferente porque las leyes (“no matarás”) se hacen para los primeros pero nunca para los segundos. Recuerden lo que ocurrió en Tarajal.

Este tipo de situaciones hay que marcarlas indeleble y jurídicamente, como hacían los asirios: en bloques de mármol. El parlamento ucraniano quiere aprobar una ley sobre la reintegración del Donbas a fin de reconocer oficialmente a Rusia como Estado agresor. “Rusia debe asumir la responsabilidad de todo lo que ocurre en el Donbas”, ha dicho el diputado Maxim Burbak.

Pero los leguleyos de Kiev no son más que la voz de su amo; bajo la mesa se agacha Estados Unidos, interesado en darle la vuelta a la tortilla: Rusia no es un tercero ajeno a la guerra; ni es imparcial ni tampoco un garante de los Acuerdos de Minsk, como creíamos. En el Donbas se ha entablado una guerra entre Ucrania y Rusia, por lo que es necesario oficializar la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países.

Cambiar el decorado no es tan fácil como parece. Extrañamente, son millones los ucranianos que trabajan en Rusia. Es lo menos parecido a una guerra y a un agresor. El gobierno de Poroshenko debe ser más imaginativo si quiere que le consideremos como una víctima y no como un delincuente.

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