Juan Manuel Olarieta

Maduro ha pedido la apertura de una investigación para determinar si una homilía del obispo Victor Hugo Basabe constituye un “delito de odio”.

El obispo pronunció su arenga el domingo tras una procesión que conmemoraba el 162 aniversario del milagro de la Divina Pastora. En ella le pedía a la virgen que librara a Venezuela de la peste de la corrupción política, que ha llevado al país “a la ruina moral, económica y social”.

Maduro considera que estas palabras “pretenden generar enfrentamiento entre los venezolanos: violencia, muerte, exclusión y persecución” y demuestran la “maledicencia” de los jerarcas católicos, “su maldad, su veneno, su odio, su perversidad”.

Como se ve, el incidente acapara todos los ingredientes de un sainete ridículo, cuajado de los eufemismos típicos de la politiquería actual, un mal que sacude a todo el mundo, empezando por ese lugar llamado Hispanistán.

En Venezuela a los chavistas no se les ha ocurrido otra cosa que apuntarse a la moda del “odio”, que desempeña hoy la misma función que la piedra filosofal, el éter, el flogisto y tantas otras entelequias que lo mismo sirven para un roto que para un descosido.

Hay pócimas que todos los males curan, lo mismo que hay otras que todos los males causan. El odio pertenece a esta última especie y lo explica casi todo, empezando por los atentados yihadistas y acabando por la halitosis. No hay cretino que no haya aprendido rápidamente a recurrir a los “delitos de odio”.

El antídoto contra el odio es el amor. Las cosas en este mundo irían mucho mejor si los seres humanos nos amáramos los unos a los otros, en lugar de odiarnos, si fuéramos comprensivos, benévolos y… políticamente correctos, impecables, cínicos, hipócritas, falsos…

Esos famosos “delitos de odio” nunca existieron; son un invento moderno para acabar con la libertad de expresión, especialmente en ese “cajón de sastre” que es internet.

Originariamente el “odio” fue un recurso que se introdujo en los tratados internacionales de la posguerra como un límite a la libertad de expresión, correctamente impuesto para la protección de las minorías nacionales, religiosas o sexuales.

No creo que sea necesario aclarar que esa protección se debe a que la mayoría ejerce un poder que la minoría no tiene y, como muy bien dicen los anarquistas, “el poder corrompe”.

Sí es necesario afirmar que no tienen razón los que creen que el ejercicio de un derecho, y más de un derecho fundamental, les habilita para hacer o decir cualquier cosa. Todos los derechos tienen límites, incluidos los derechos fundamentales.

Recordarlo es una obviedad en la que se empeñan los fiscales hispánicos en todos los juicios inquisitoriales que tienen abiertos contra la libertad de expresión.

Ahora bien, cuando alguien se extralimita en el ejercicio de un derecho fundamental, no comete un delito necesariamente; lo que significa es que no ejerce un derecho, que es muy distinto para cualquiera, salvo para un inquisidor con mala baba.

En su sentido jurídico, para que haya “odio” tiene que estar en juego la protección de una minoría. Sin embargo, cuando los fiscales, los policías o el mismísimo Tribunal Supremo, hablan de odio es para proteger a la mayoría, o sea, a sí mismos, de las críticas de una minoría. Han vuelto a darle la vuelta a la tortilla otra vez.

“Con la Iglesia hemos topado Sancho”, dijo el Quijote, el mismo que curaba sus heridas con bálsamo de Fierabrás. Ahora esa misma Iglesia puede decir: “Con los chavistas hemos topado”.

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