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No hay delitos de odio sino crímenes fascistas

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Juan Manuel Olarieta

Aquí y en casi todo el mundo son muchos los que se lamentan, una y otra vez, del retroceso de las fuerzas revolucionarias, de la falta de conciencia y del auge de la “ultraderecha” cuando ellos mismos son expresión de ese retroceso y contribuyen a alimentarlo a cada paso.

Recientemente uno de los sitios progresistas más característicos, el Salto Diario, recordaba los 25 años del asesinato de Guillem Agulló, lo que calificaba como uno de esos “delitos de odio” que han hecho famosos últimamente (1) y que, como tantas otras frases vacías, lo mismo sirve para un roto que para un descosido.

El secuestro de la conciencia empieza por el secuestro del lenguaje. Hay que llamar a las cosas por su nombre: el asesinato de Guillen Agulló fue un crimen fascista, uno de tantos.

Como en todos los demás crímenes de la misma naturaleza, a la sangre le siguió otro fenómeno del que todos se lamentan, la impunidad de los criminales, algo sobre lo que nadie repara con el detenimiento que merece.

Sabemos que podemos culpar de un asesinato a personas y grupos a los que también calificamos de manera ambigua y confusa, recurriendo siempre a eufemismos, como “ultras”, por ejemplo, que es otra manera de no decir nada, es decir, que sirve para encubrir la realidad, sobre todo si nos hemos creído que esos grupos son dispersos, locales o autónomos.

La pregunta interesante es: ¿quién es responsable de la impunidad de los crímenes fascistas? Sólo cabe una respuesta: el Estado. No se trata de la protección de unos u otros fascistas. Da lo mismo que el crimen se cometa en Valencia, o en Madrid, o en Barcelona. En pleno siglo XXI los crímenes fascistas quedan impunes porque todos ellos tienen un poderoso cómplice: el Estado.

Cuando el Estado asegura la impunidad de un cierto tipo de delitos es porque quiere promocionarlos y controlarlos. Por lo tanto, el fascismo no son grupos, colectivos, partidos o minorías violentas, sino la instrumentalización política que el Estado hace de sus actividades criminales. Una cosa (los fascistas) no se puede separar de la otra (el Estado). Ambos son igualmente fascistas, pero especialmente el segundo, el Estado.

Esta mañana el titular de un periódico mexicano expone una alarma hipócritca, típica de la manera en que la burguesía encubre este tipo de fenómenos: “Alertan sobre avance de ultraderecha”(2). Otro titular de hace unos días es también característico: “Ultraderecha cobra auge en Europa Central y Oriental” (3).

En un caso la noticia se refiere a Latinoamérica; en el otro a Europa. Blanco y en botella: el fascismo está en auge en todas partes y nadie hace nada por impedirlo, en especial el Estado, que es a quien corresponde perseguir los crímenes fascistas.

No es nada nuevo respecto a los años treinta, la época en la que surgió el fascismo, un movimiento que ascendió en medio de un ola de crímenes, todos los cuales fueron apoyados y sostenidos por los respectivos Estados en los que se cometieron.

Nos suelen acusar de que calificamos a todo como “fascista”. En realidad, son ellos los que reducen el fascismo a las personas y grupos que se reconocen como tales. El Estado no tiene nada que ver con eso, dicen. Incluso el Estado es neutral, lo cual se compadece muy mal con la impunidad de la que ha hecho gala hasta ahora, tanto en lo que se refiere a la memoria histórica como a los crímenes cometidos tras la transición.

Ese ha sido el argumento de un juez de Madrid para sacar a la División Azul de la ley de memoria histórica y mantener el nombre de una calle de la capital dedicada a una unidad que luchó codo con codo en las filas del ejército hitleriano. Para el juez la División Azul no era de color azul.

Es más, los propios jueces no son fascistas, sino independientes; están sometidos a la ley, que tampoco es fascista.

La Iglesia católica en España tampoco es fascista, ni lo fue nunca, a pesar de que una de las denominaciones tradicionales del franquismo fuera el de “nacionalcatolicismo”.

Después los oportunistas sacan a relucir el catálogo de moderneces para difuminar al fascismo en un archipiélago característico: machismo, xenofobia, islamofobia, homofobia… Todas ellas son ajenas al fascismo, a las clases sociales, al imperialismo… El racismo no tiene que nada que ver con eso; son cosas diferentes. Se puede ser racista sin ser fascista. Todos debemos respetar las etiquetas con las que cada cual se define a sí mismo: conservadores, nacionalistas, derechistas, cristianos, identitarios… Lo que nadie se detiene a pensar es que todas esas etiquetas confluyen en las mismas personas.

Cuando la burguesía no quiere ver el fascismo en ninguna parte, es porque ya se ha impuesto por doquier.

(1) http://crimenesdeodio.info/
(2) http://almomento.mx/alertan-sobre-avance-de-ultraderecha/
(3) http://www.ntrguadalajara.com/post.php?id_nota=96024

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