«Se ha cumplido el pasado mes de marzo, el 25 aniversario de la muerte de nuestro entrañable poeta Miguel Hernández. Entre los innumerables y monstruosos crímenes contra el pueblo español de la actual oligarquía reaccionaria en el poder, se cuenta el asesinato en las mazmorras franquistas de uno de los más grandes y populares poetas de nuestra época. Miguel Hernández murió en la cárcel fascista el 25 de marzo de 1942.

Pero su muerte precoz, lejos de hacerlo olvidar, sólo ha dado una mayor dimensión y valor a su figura y a su obra. En las tinieblas de la noche franquista, después de la subida al poder de la sangrienta dictadura en medio de asesinatos y mentiras, la poesía de Miguel Hernández ha seguido inspirando y alentando a muchos jóvenes que no comprendían ni conocían bien el sentido de la lucha habida. Sin duda alguna, la poesía de Miguel Hernández ha servido y sirve de foco orientador, de aliento y ejemplo.

Hijo de humildes pastores de Orihuela, pastor él mismo durante los primeros años de su juventud, Miguel Hernández, empujado por su afán de superación y su inquietud, se esforzó cuanto pudo por instruirse, sintiéndose desde los primeros momentos irresistiblemente atraído por la poesía. Es innegable que sus primeros escritos están profundamente marcados por los autores de nuestro Siglo de Oro, particularmente por el estilo barroco de Góngora. Su primer libro publicado, titulado «Perito en lunas», que fue publicado .en Murcia en el año 1933, aunque escrito bastante antes, es un claro ejemplo de esa influencia a la que más tarde había de escapar, después de pasar por toda una serie de fases y modas poéticas más o menos culteranas.

Pero estas formas de expresión que tanto contrastaban con su esencial sencillez, sólo eran transitorias en su apasionada y rápida evolución hacia el dominio de su propia expresión poética.

«Un amor hacia todo me atormenta», dice en uno de sus versos. Por el curso y el desenlace de su propia vida, podemos decir que pocos poetas han vivido una vida tan entrelazada con su propia creación poética. «Hablo y el corazón me sale del aliento», y este verso le sale al poeta en verdad de lo más profundo de su sentimiento y de su corazón; no es un mero juego de palabras ni de estilo, sino un grito de su popular corazón cargado de amor por su pueblo, de amor por la justicia ausente. «Me duele este niño hambriento», dice en uno de los versos del conocido poema titulado «El niño yuntero». Esta poesía constituye, en efecto, una feroz denuncia de la despiadada explotación a la que someten los terratenientes a los pobres del campo. Miguel Hernández, pastor de Orihuala, nos muestra que no ha olvidado lo que ha visto y lo que ha vivido en los campos de su tierra natal, en Orihuela. Por eso, el corazón le sale en esos dolidos versos cuando dice;

Me duele este niño hambriento

como una grandiosa espina,y su vivir ceniciento revuelve mi alma de encina,.

Le veo arar los rastrojos y devorar un mendrugo, y declarar con los ojos que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho y su vida en la garganta y sufro viendo el barbecho tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará este chiquillo ‘ menor que un grano de avena?

¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros.

Desde el primer momento, cuando se produjo el estallido del levantamiento fascista el 18 de julio de 1936, Miguel Hernández se situó junto al pueblo, sin titubear un instante, contra las fuerzas de la reacción. Ante el generoso heroismo del pueblo en su lucha contra el fascismo, su poesía adquirió un estilo directo, conciso y claro de elevados acentos épicos y de inigualado lirismo. Se dirigía al pueblo, a los campesinos y obreros, a la juventud heroica. Ningún poeta durante los 33 meses de lucha fue más popular ni llegó más profundamente al corazón del pueblo que Miguel Hernández. Su poesía inflamada de odio contra los traidores y criminales fascistas que atacaban al pueblo explotado, contribuyó poderosamente a despertar y a movilizar a las masas para la lucha. Su apasionado amor por la justicia y por el pueblo, se reflejaba con fuerza en todas sus poesías que eran verdaderos manifiestos de valor y de patriotismo. En las trincheras, en el campo, en las barricadas de las ciudades asediadas, él mismo leyó más de una vez a los milicianos y soldados, a los campesinos y a los jóvenes sus propias poesías frente a las líneas enemigas. En su poema «Sentado sobre los muertos», Miguel Hernández vierte con una fuerza y una pasión difícil de superar, su más profundo sentir y declara su vinculación y su compenetración vitales e indisolubles con el pueblo en armas. Nada mejor que recordar aquí algunos de sus versos para darse cuenta de su irresistible fuerza:

Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué ponerse, hambriento y sin qué comer, y el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento justamente.

En sus manos los fusiles leones quieren volverse para acabar con las fieras que lo han sido tantas veces.

Aunque te falten las armas, pueblo de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere mientras que te queden puños, uñas, saliva, y te queden corazón, entrañas, tripas, cosas de varón y dientes.

Bravo como el viento bravo, leve como el viento leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu corazón y él vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes. Canta con la voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple, y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece.

Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un sólo trago la muerte.

Resulta casi innecesario señalar la patente actualidad de la inmortal poesía escrita por Miguel Hernández en aquellos trágicos momentos, titulada «Llamo a la juventud»; ninguna poesía escrita en aquella época ha expresado con mayor fuerza la patética e ineluctable necesidad de atreverse a luchar para aplastar a las fuerzas de la reacción que quieren aherrojar al pueblo y que traicionan a la patria. Esa poesía de Miguel Hernández constituye en verdad un estremecedor grito de advertencia que conserva, como hemos dicho, toda la vigencia y toda su fuerza. Diríamos que está escrita en los momentos actuales. Decía Miguel Hernández en aquel entonces viendo a la patria agredida por los extranjeros y traicionada por un puñado de generales felones:

Juventud solar de España: que pase el tiempo y se quede con un murmullo, de huesos heroicos en su corriente.

Echa tus huesos al campo, echa las fuerzas que tienes a las cordilleras foscas y al olivo, y al olivo del aceite.

Reluce por los collados, y apaga la mala gente, y atrévete con el plomo, y el hombro y la pierna extiende. Sangre que no se desborda, juventud que no se atreve, ni es sangre, ni es juventud, ni relucen, ni florecen.

Cuerpos que nacen vencidos, vencidos y grises mueren: vienen con la edad de un siglo y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja, la juventud siempre vence, y la salvación de España de su juventud depende.

La muerte junto al fusil, antes que se nos destierre, antes que se nos escupa, antes que se nos afrente y antes que entre las cenizas que de nuestro pueblo queden arrastrados sin remedio gritemos amargamente:

¡Ay España de mi vida, ay España de mi muerte!

En 1939, Miguel Hernández fue encarcelado por las fuerzas fascistas. Su precaria salud, irremediablemente quebrantada por sus atroces sufrimientos morales y por el feroz trato que sufrió en manos de los fascistas, no le permitió resistir durante mucho tiempo esa situación y el 25 de marzo de 1942, Miguel Hernández dejaba de vivir.

Su único delito fue el haber defendido la causa del pueblo trabajador y haber denunciado y condenado sin temor a los traidores, a los explotadores del pueblo.

Miguel Hernández, poeta del pueblo, poeta de la juventud combatiente, odiaba a los explotadores y amaba apasionadamente al pueblo. Nada tiene que ver su vida ni su obra con los plumíferos a sueldo del actual régimen franquista que lo asesinó y que hoy pretenden, al cumplirse el 25 aniversario de su muerte, que su poesía es una poesía de circunstancias, a la que no se debe conceder demasiada importancia en lo que a su contenido se refiere.

Su vida y su obra deben servir de ejemplo a todos los actuales poetas y escritores para que con sus escritos, con su acción, contribuyan junto al pueblo a la lucha para arrojar a la dictadura fascista del poder, y a los criminales imperialistas norteamericanos de España». (Elena Ódena; Miguel Hernandez poeta del pueblo, poeta pastor, vigencia de su patriótica poesía, 1967)

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