Por: Alejandro Gumá Ruiz: “Si le pediste a la ley póstuma que proscribiera el mármol o el bronce fue para desafiar en nosotros la calidad de tu sobrevida”

Un cálculo probabilístico convencional nunca hubiera anticipado que podías llegar a ser Fidel. Te acompañaban ventajas disuasivas que no aprovechaste. Blanco, varón, con fortuna que heredar…

Las rebeldías escolares y universitarias aún acarreaban algo de vanidad personal[1], mezclada con la iracundia que iban provocando en ti “prepotencias y hegemonismos”.

Recorriste un camino de la sensibilidad a los ideales. De la honra individual –salvada con piñazos– a la organización política, el plan y el programa –cuya salvación te llevó a soportar, sonriente, insultos y esbirros golpes[2].

Podías haberte convertido en la cabeza de aquel Partido Ortodoxo al que Batista arrebató el triunfo electoral de 1952. Habrías conducido un movimiento ya estructurado, por el “adecentamiento” de la república, de prestigio nacional, que al cabo se habría impuesto en los sillones de gobierno.

Pero ya era otra tu magistratura. La impaciencia de fundar; el apego a la senda más difícil que franquea autenticidad a la condición rebelde.

Revolucionario insurreccional, condujiste en secreto los preparativos de un asalto. La empresa para derrocar a Trujillo te enseñó por contraste el valor de la cautela y la dignidad de los motivos.

Aquella noche previa en la Granjita Siboney debiste haber pensado que la insumisión del carácter vale un comino cuando se es ciudadano de la sumisión patria.

Por eso, la que anunciaste frente al jurado abyecto no fue la absolución de tu biografía, sino la de tu objetivo.

Cuando el fracaso del asalto arreció en tantos el miedo, no te dejaste confundir por la tiranía proyanqui de la bala ni por aquella provecta del dogma. No aceptaste que la razón de un propósito fuese medida por la suerte del empeño que busca realizarlo.

La cacería y muerte de los compañeros por ti convocados, la cárcel y el exilio, te depararon un escarmiento: hay que organizar la violencia como “medio” para derrotar la violencia como “fin” que nos deparan burgueses y luchadores que han perdido la salida del claustro de las “vías pacíficas”.

Ya en el Programa del Moncada habías fundamentado el hambre, los desahucios, las deudas, el desempleo, las misérrimas camas de quienes solo encuentran descanso en sus tumbas, como vectores de una violencia solapada, permanente, segadora de vidas sin escándalo[3].

Entendiste la utilidad de las promesas que una vez hechas es necesario cumplir. De ahí que fecharas en 1956 la disyuntiva: “Seremos libres o seremos mártires”[4].

Y cuando ganaste y todos te siguieron no retrotrajiste la realidad cubana a la observancia de las reglas que violentó Batista. Porque fuiste ajeno a ese error tan caro para Nuestra América de asumir la democracia como alternativa de las dictaduras.

Y contra la “democtadura”[5] de la burguesía emprendiste la lucha más larga.

En el curso de ese trayecto debiste vértelas con la yuxtaposición de tus múltiples roles: jefe de Estado, comandante de un proyecto revolucionario, guía espiritual…

Costos hubo ¿quién lo duda? Como riesgos entraña la separación y eventual retiro de alguno de esos roles del ejercicio de la política.

Era más emotivo que racional nuestro caminar contigo.

Tu pueblo quiso que mandaras mucho. Incluso, que mandaras más que las instituciones y los órganos de poder creados por la revolución. Siempre que hacía falta nos los saltábamos para ir a ti, y tú, para venir a nosotros. Ello desbrozó accesos de entonces mientras obstruía accesos de hoy.

Ahora, cuando tu dirección expedita falta, noctámbula y madrugadora, no es factible postergar más el desafío.

La (re)producción del consenso y cohesión sociales que encarnabas exige de las formas organizativas que nos hemos dado su conversión en la fuente de abasto principal. Para lograrlo, encuentro al menos dos requisitos, Fidel:

1- Cambios profundos en el funcionamiento de los instrumentos con que contamos;

2- Creación tenaz de instrumentos nuevos.

Ambos retos han de fecundarse mutuamente so pena de malograr lo que cada uno debe ofrecer de sí al tiempo de tu posteridad, este tiempo en que eres muy citado, pero en que solo será posible relevarte mediante un liderazgo social que se granjee la espesura e inmediatez de respuesta de tu liderazgo individual.

Los legados no son para remedarlos, sino para trabajar con ellos y enriquecerlos. Contigo, ni asombro que nos contraiga el cuello, ni pueril alabanza. A ti podemos mirarte de lado, como a un paisano que nos reclama el hombro.

Pero sabemos que los símbolos son siempre disputados por sus usos.

Muchos te querrán cerca de sus brasas y tomarán de ti cuanto las atice. También nosotros, que solo desde la práctica responderemos quiénes somos. Pero lo decisivo será cuál brasa sirva mejor al reencantamiento del socialismo como cultura de liberación en la gente. Esa es la primera instancia de su sostenibilidad, que a diferencia de los reportes porcentuales del crecimiento PIB, se pulsa todos los días.

Los que fijan en indicadores económicos el alcance del socialismo obviarán que hiciste de este último la condición del desarrollo[6] para el mundo “residual” del capitalismo.

Los que hacen de las relaciones con los yanquis un termostato del antimperialismo y el anticapitalismo, se alejarán donde tu temperatura invariable no les alcance la piel.

Los que negocian y urden de espaldas al pueblo temerán a tu verdad sin intermediarios que la expliquen.

Los que asumen al socialismo como un corrector de excesos y le llaman “regulación” a la garantía de un pago puntual de impuestos, el cumplimiento de normas sanitarias o la jurisdicción sobre el límite de trabajadores que pueden ser explotados, pero enmudecen ante la manilla que reza: “marcando la diferencia” en un bar privado de La Habana, o ante el derecho de admisión, o ante la creciente influencia en nuestra sociedad del dinero como garante de oportunidades, te esconderán en sus recepciones, en los platos que te gustaban y hasta en una imagen o frase tuyas que protejan la ambigüedad de “cuenta propia”[7], pero les irritará tu pregunta: ¿a cuenta de qué?

Los enemigos: torpes o sutiles, mercenarios o sin paga, domésticos o internacionales, intentarán amordazar lo bien que los conoces, para evitarnos saber que se secundan, unos haciendo ruido distractor, otros socavando plazas en silencio.

Si le pediste a la ley póstuma que proscribiera el mármol o el bronce fue para desafiar en nosotros la calidad de tu sobrevida.

Si atravesaste de nuevo el país después del último viaje fue para enseñarnos a conocer mejor nuestras fuerzas, que atestiguaron aquellas interminables, mixtas filas, despersonalizar su objeto y transmutarlas en fuerzas de conducción colectiva para profundizar el socialismo, para llevar más lejos su promesa.

Si tú desaprovechaste las ventajas que podían apartarte de la revolución, para permanecer fundidos en ella, renovar y trascender sus conquistas –único modo eficaz de preservarlas– y para no desaprovechar la herencia que nos dejas, nosotros optaremos también, en cada prueba y circunstancia, por la senda más difícil: sin pañuelo, Fidel… ni canción.

Notas:

[1] Véase: Blanco Castiñeira, Katiuska (2011): Fidel Castro Ruz. Guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, Casa Editora Abril, p. 337, La Habana.

[2] Ver: Ibídem, p.333.

[3] Ver: Castro Ruz, Fidel (2007): La historia me absolverá, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.

[4] http://www.granma.cu/granmad/2006/05/20/nacional/artic01.html

[5] Este concepto puede ser útil para entender la esencia dictatorial y explotadora del capitalismo aunque sus administraciones revistan formas “democráticas”. Subrayado del autor.

[6] “Marx concibió el socialismo como resultado del desarrollo. Hoy para el mundo subdesarrollado el socialismo ya es incluso condición del desarrollo”. Fidel Castro a los 244 graduados del Instituto de Economía de la Universidad de La Habana, 20 de diciembre de 1969, Ver: Pensamiento Crítico núm. 36, La Habana, enero de 1970, pp. 133–184.

[7] El “cuentapropismo” es el término con que se designa en Cuba al grupo poblacional que no labora en el sector estatal. Como concepto presenta el problema de englobar realidades heterogéneas y posicionamientos diferentes respecto a la posesión de los medios de producción y a la apropiación de los resultados de trabajo. Puede designar por igual a un vendedor ambulante como al dueño de un negocio gastronómico con varios empleados. Nota del autor.

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