Desde que en 2003 Estados Unidos invadió Irak los primeros ministros (Iyad Allawi, Ibrahim Al-Jaafari, Nuri Al-Maliki, Haidar Al-Abadi) los han elegido los invasores.

Pero con Trump en la Casa Blanca y las elecciones legislativas de abril, las cosas se han complicado. Tienen que impedir la elección de un candidato amable con Irán y su enviado especial en Oriente Medio, Brett McGurk, despliega una intensa actividad para que los diputados voten por Al-Abadi para que reanude su mandato.

Al-Abadi es un agente del MI-6. Vivió 30 años en Gran Bretaña, tiene nacionalidad británica y no regresó a Irak hasta la invasión de 2003. Es miembro del partido Al-Dawa desde hace 15 años y quien le puso en el cargo que ahora ocupa es McGurk, el auténtico virrey de Bagdad.

En Irak le comparan con Nuri Said, Primer Ministro irakí en la década de los cincuenta, nombrado por el espionaje británico para gobernar bajo los reyes Faysal I y Faysal II para apuntalar la OTAN de Oriente Medio, el Pacto de Bagdad, más tarde rebautizado CENTO.

Eran los tiempos de la Guerra Fría y Said fue ejecutado por los nacionalistas cuando el general Abdul Karim Kassem derrocó la monarquía en 1958. Al-Abadi y sus patronos de Washington saben que los acontecimientos se pueden reproducir en cualquier momento y por eso no sacan a las tropas de Irak.

Irak está al borde de la guerra civil y el motivo inmediato es la presencia de las tropas estadounidenses; el mediato es que Irak tiene una larga frontera con Irán.

El Pentágono tiene entre 5.000 y 7.000 soldados repartidos en 9 bases situadas en el oeste del país que la aviación irakí no puede sobrevolar. Pero a los imperialistas no les basta y pretenden levantar hasta 12 bases.

En la Conferencia de Seguridad de Munich de febrero de este año, Al-Abadi acogió con satisfacción la presencia estadounidense en Irak y más recientemente Ihsan Al-Shamri, uno de sus asesores, dijo que el gobierno quería camuflar la ocupación militar. Había que “cambiar las misiones de los asesores militares estadounidenses de la guerra a la etapa de paz”, lo que supone que las tropas estadounidenses permanecerían en Irak indefinidamente.

El gobierno de Al-Abadi ha ignorado un acuerdo del Parlamento irakí de establecer un calendario para la retirada de las fuerzas extranjeras.

Como buen lacayo, el 7 de agosto dijo que Irak cumplirá con las sanciones contra Irán, lo cual no sólo le enfrenta a Irán sino a los propios irakíes que padecieron en sus propias carnes los estragos del criminal embargo impuesto por los imperialistas durante 12 años.

Quizá el mundo ya no se acuerde de aquello, pero difícilmente los irakíes lo olvidarán jamás y se sienten hermanados con Irán, hasta tal punto que el 14 de agosto dio un paso atrás al decir que le habían malinterpretado, que no cumpliría con las sanciones, sino sólo con la prohibición de comerciar en dólares con Irán.

La torpe política de Al-Abadi le está haciendo perder aliados, lo cual es muy peligroso para su reelección. Unos 15 diputados electos de su Alianza para la Victoria (Al Nasr), han cambiado de bando y han pasado al bloque Amiri-Maliki, partidarios de una relaación más estrecha con Irán.

La fuerza de choque más importante que tiene Irán en Irak son las milicias Hashd Al-Shaabi, que forman parte del ejército regular por medio de Faleh Al-Fayyad, asesor de seguridad de Al-Abadi desde 2011.

Algunos querían relevar a Al-Abadi por Al-Fayyad pero los imperialistas (e Israel) tienen otros planes. Quieren desarmar a Hashd Al-Shaabi, forzaron la dimisión Al-Fayyad y miles de irakíes salieron a la calle para protestar.

Pero quien se tambalea no es sólo Al-Abadi, sino toda su coalición, de la que forma parte Moqtada Sadr, que hasta ahora ha podido alardear de “nacionalismo” sólo por su oposición a Irán, lo que le ha llevado a arrojarse en brazo de los saudíes que, como siempre, es en Oriente Medio la tercera pata de la mesa, con Estados Unidos e Israel.

Las lenguas viperinas aseguran que Sadr cobra 8 millones de dólares al mes de los países del Golfo.

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